Opinión
Sobre Mario Franco
El querido y recordado Mario Franco bordea su propia ausencia en este mundo desde el margen de la muerte. Como un cirujano mete su cuchillo funeral y dicta sus clases en una dimensión pessoiana. El maldito de la sociología local reaparece en la pluma de sus discípulos. “El Mario” fundó, sin saberlo, una escuela de pensamiento que circula en un puñado de sociólogos del pago. Teoría y análisis, cine y literatura. Tango y nacionalismo popular. Decidió morirse hace nueve años el 18 de noviembrea las nueve de la mañana, en plan de evasión. Juan Manuel Lucas y Claudio Fernández (ex alumnos de su Escuela maldita) lo evocan a continuación en “Los pescadores de pollos, Althusser, y el último Mario Franco”, y “Plazoleta Mario Franco”.
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Los pescadores de pollos, Althusser, y el último Mario Franco
Juan Manuel Lucas (sociólogo)
“Detrás de nuestra voz armada,
detrás de los nosotros que ustedes ven,
detrás estamos ustedes”.
Mayor Ana María. Encuentro Intergaláctico Zapatista. 1995.
El Mario Franco tenía la misma voz que Edmundo Rivero. Daba clases con esa cadencia pesada y avasallante con que Rivero cantaba sus camperas. Con la misma elegancia arrabalera del “Feo”, el Mario remataba sus argumentaciones con un puntazo de humor que te hacía explotar en una carcajada cómplice y reveladora. Explicaba Hegel, por ejemplo, remontándose a su propia infancia, recordando a los “pescadores de pollos”: dos pibitos que se subían al techo del gallinero, ponían choclo en los anzuelos de las cañas, y “pescaban” plumíferos desde los techos de chapa de los viejos conventillos de la calle Juan B. Justo. Las hipótesis que los pibitos se planteaban sobre la suerte y el destino, la voluntad y la praxis, le servían al Mario para ilustrar las intrincadas relaciones entre Hegel, la historia, y el espíritu absoluto. Y el muy cabrón te la dejaba siempre adentro. Aunque ninguno de nosotros recuerda a ciencia cierta cómo carajo es que hacía para explicar Hegel, todos tenemos la certeza de haber entendido la dialéctica idealista gracias a sus metáforas desopilantes. Entonces, como la extravagante inteligencia del tipo nos queda demasiado grande, sus acólitos nos conformamos con soplar la brasa de su leyenda bohemia: “Peronista, tanguero y althusseriano”, el mito que hemos forjado sobre sus “tres fuentes y partes integrantes” a veces se parece demasiado a una caricatura.
Y lo cierto es que -para decirlo desde una de sus obsesiones predilectas-, si hubo un “último” Marx y un “último” Althusser, también hubo un “último” Mario. El tipo que dictó los seminarios sobre “La crisis del Marxismo” y que reconoció en el Zapatismo los fundamentos de una nueva política revolucionaria, estaba lejos de habitar esa síntesis a que lo reducimos. Siguiendo los pasos del Althusser que escribió “Marx dentro de sus límites”, el Mario transitaba los senderos de un “materialismo aleatorio” de raíz epicúrea que se proponía romper definitivamente con cualquier teleología. Ser materialista –decía el Mario invocando a su maestro - era “no contarse cuentos”, y para eso, había que romper definitivamente con el sistema de tensiones y dicotomías constitutivas del pensamiento filosófico occidental. Particularmente, con aquellas que organizaban las propuestas del propio marxismo althusseriano: materialismo-idealismo, ciencia-ideología, estructura-superestructura, etc.
Estábamos en los inicios de algo así como el “post-althusserianismo”, pero ese prefijo nos causaba escozor por entonces. Eso nos impidió pensar las proyecciones con que el Mario se aproximaba a un campo que, grosso modo, podríamos definir como postestructuralista. En primer lugar, Derrida. Porque el núcleo irreductible de “lectura sintomática althusseriana” que conservaban las invocaciones a la formación de una “anti-filosofía”, parecía proyectarse en las estrategias con que la deconstrucción le tira la cola a “la diferencia” diluyendo las dicotomías constitutivas del logocentrismo occidental. En segundo lugar, Deleuze. El “materialismo aleatorio” se proponía dejar de pensar la lucha política desde aquella intensión iluminista de saldar la diferencia entre “clase en sí” y “clase para sí” en términos de triunfo del “conocimiento científico” sobre las “ilusiones ideológicas”. Y por eso, Spinoza. Y por eso, una tradición que podía proyectarse hasta el autor de “Diferencia y Repetición”. Sin Spinoza y sin Deleuze, era imposible reconocer las múltiples formas en que “el deseo y contingencia” sodomizan los “intereses objetivos de clase” en que anclan todos los reduccionismos marxistas y su proyección ética y política más cuestionable: “la indignidad de hablar por los otros”.
Esa “anti-filosofía” o “materialismo del encuentro” intentaba encontrar un nuevo lenguaje, una nueva sintaxis, una nueva gramática, para dar cuenta de los nuevos procesos de lucha y resistencia política, desde el reconocimiento fraterno con esas subjetividades políticas emergentes que el marxismo tradicional era incapaz de reconocer. En tal sentido, el zapatismo chiapaneco inauguraba una diferencia fundamental con respecto a los procesos de emancipación latinoamericanos. La radicalidad de su basismo y la intransigencia de su autonomismo, se proyectaban en nuevos ejercicios de escritura que trascendían los órdenes y criterios de verdad occidentales. Durante los últimos seminarios que dictó, el Mario ya no citaba tanto a Hegel, Marx, o Althusser. Prefería centrar sus clases en textos menos académicos y, precisamente por eso, mucho más potentes en términos políticos. Abría la puerta del aula con cara de pícaro, sacaba un cigarrillo de la camisa, y lo tiraba hacia arriba. El pucho giraba en el aire como una hélice, y el Mario hacía una cabriola ridícula para atraparlo con la boca. Irremediablemente, la pirueta salía mal. Sin levantar el cigarrillo del suelo, sacaba algún librito de debajo del brazo, y leía versos como los que abren esta semblanza que me duele y que, sin embargo, también me hace reír.
Plazoleta Mario Franco
Claudio Fernández (sociólogo)
La Plazoleta Mario Franco es el único reducto urbano de este barrio metafísico donde los negros feos y fieros son más sensibles y más sensuales que la puta madre que los parió. Es una plazoleta con una sola esquina, está ubica en las periferias del barrio, justo donde comienza la calle de Los Piojos y termina un pasaje oscuro y sucio llamado pomposamente “El Pasaje de los pensamientos”, pasadizo ponzoñoso donde a nadie se le ocurriría detenerse a pensar ni muchos menos se dedicaría a sembrar flores. El pequeño triángulo está galardonado con una pérgola de glicinas y jazmines de leche donde suelen dormir los mendigos casi todas las noches, siempre y cuando no haya milongas ni entreveros. Sucede que todos los lunes a la noche las pebetas percantas de los burdeles del Boulevard Timoner van a bailar tangos imaginarios sobre sus baldosas rojas y blancas con los albañiles que vuelven de entregar su fuerza de trabajo a los dueños de sus vidas. Cada tanguito danzado por las estrafalarias parejas va lustrando la pista y calentando el ambiente bohemio para que todos los martes a la noche se ejecuten las famosas y tradicionales “Clases de Milonga”. Se trata de clases magistrales dictadas por unos viejos engominados, trajeados y con aroma a naftalina y albahaca, gallos de riñas ya casi pasados de hervor que sacan provecho de su imagen de abuelitos cándidos y de la inocencia de sus jovencitas aprendices, niñas apurándose a ser mujeres, para apretujar la pasión antes que ésta se les convierta en melancolía. Mientras las púberes se concentran en los cortes y quebradas los viejos les aprietan la cintura como con una cincha, les abren las gambas como todavía nadie lo ha hecho, le tocan el culo con la más hermosa ternura y por poco se ilusionan que su verga muerta se erecta y eyacula penosamente. La repugnante cátedra celebra cada viernes una demostración de talento ante el público conocedor, pero eso sí, a diferencia de las demás milongas a cielo abierto del mundo, en la Plazoleta Mario Franco nadie viene a echar el ojo, cada transeúnte que se detenga a estirar el cogote para mirotear el espectáculo está obligado participar, a tal efecto están designadas una legión de comadronas que rápidamente enlazan a dos desconocidos, las trasmutan en una infeliz pareja y los instan a seguir los compases lisonjeros, si algún percherón se empaca o alguna pituca se reúsa ahí no más son corridos a cascotazos por una bandada de niños sin nombre ni consuelo que suelen pernoctar por esta zona, niños sin identidad que también sufren de transmutaciones permanentes, ya que a pesar de que la naturaleza los intime al crecimiento y la madurez, ellos siguen siendo niños casi todas las noches hasta que una madrugada cualquiera se convierten en paisaje.
Dicen las tristes vírgenes que todas las noches de luna creciente en esa esquina única de la Plazoleta se lleva a cabo un encuentro sobrenatural entre dos guapos. ¡Pero dos guapos bien guapos! Malevos de facón al cinto y pañuelo al cuello. Dos criollazos germinados en la levadura de un menjunje genético propio de la mezcla de mulato, pobre y guacho. Morenos de rostros angulosos y de ojitos achinados, bocas de labios gruesos remarcados con bigotitos muy finitos. Sobre la mollera ambos lucen chambergos de una sola ala para disimular sus cabellos gruesos, verdaderas crines azabaches que parecieran haber sido cortadas a chuzazos. Dicen que fueron compadres en otros tiempos y que ahora se encuentras para arreglar cuentas. Cada uno viene por su lado y se va por el sendero contrario, cada uno es el pasado y el destino del otro. Uno baja por la calle de los Piojos y se pierde en la lúgubre letanía del “Pasaje de los Pensamientos”, y el otro repite exactamente el mismo camino pero a la inversa. En cada encuentro se increpan como dos hermanos, a los gritos y sin disimular sus sentimientos y pasiones, discuten sobre la materialidad del espíritu, la cientificidad de los complejos de Edipo curados a cachetazos, el enigma que encierra el magnetismo de los cuerpos que experimentan los niños al pescar pollos desde el techo de una Iglesia, la magnanimidad incalculable de una mandarina lanzada desde la tribuna y devuelta por un crack un domingo por la tarde, la condena de tener una hermana gemela a la que no podrán poseer y a la que buscaran en todas las demás mujeres del planeta para no encontrarla jamás. Nunca llegan a un acurdo, cada uno posee un modo de pensamiento que no da tregua, sus estocadas no dan concesiones, no conocen la sumisión, son capaces de morir en sus porfía antes de admitir una derrota.
De día no es más que una pintoresca plazoleta sin estatua ni busto que la ennoblezca, simplemente hace unos años se colocó una placa que reza esta sentencia "aquí se murió de risa el ilustre cínico del barrio Mario Franco, segundos antes había decidido salir a volar".


