Opinión
Barbarie o civilización
Si el objetivo era combatir las palabras, dinamitarlas en pleno centro del lenguaje cuando todos balbucean a plena luz; hay que decirlo: el trabajo continúa. Será de mil formas, en diferentes trincheras, en inverosímiles guerras de maniobras nos encontrarán junto a los holgazanes, haciéndolo. Por eso es que cada noche salgo y mando los mensajes a través de la única luna salvaje que nos queda, la que goteará su leche enmohecida casi cortada, nunca podrida; para avisarles que aquí queremos pelear.
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Palabras moreteadas, inflamadas, sin cura, maldecidas todas. En puñados las robamos y guardamos porque nunca fueron nuestras. Jamás las pediremos prestadas, nunca llenaremos un formulario para pedir permiso para usarlas. Venimos de la selva jeroglífica a colonizar un humus que creemos incierto. Velos, ademanes, hipérboles, metáforas, sinécdoques, palabras con espasmos, miedosas, chicas, tímidas. Palabras que no vomitan bilis sino angustia de cobardes poetistas. Fundar un lenguaje es fundir otro. Fundar un amor es naufragar con sus pactos.
Palabras religiosas, políticamente correctas, belladonas urticantes. Palabras de dios y del papa que vive en Roma. Son esas nuestras palabras enemigas, sobre todo en su articulación significante que por la magia ideológica nos gasean de noche cuando dormimos o nos ametrallan de día cuando prendemos la tele. Palabras de libros de autoayuda, de salvaciones terapéuticas, de cofradías celosas.
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Nos han mentido de niños. Porque nuestro lenguaje era otro. Era acción. Erección. Por eso corríamos como liebres unos a otros. En definitiva, teníamos otro lenguaje. Poníamos el cuerpo, gastábamos el cuerpo. No temíamos al sol ni a la luna. Como dije, si fuimos holgazanes deberemos retomar la huella o hacer otras. Saltar las avenidas y con los hombros pechar para fundir lo construido.
Que digan “Ahí vienen los que no hablan, los bárbaros”. A desalambrar el orden, a violar la ley para que vuelva a imponerse la ley de la calle. La de los románticos lobos que siguen corriendo a pesar de llevar el perdigón hundido en el cuello.

