Soberbia y mentira: cinco siglos igual
“Es que sus palabras no reflejan mi visión del mundo”, me decía con un dejo de angustia Víctor Zárate, poeta qom, y en esa grieta alcancé a ver, por un segundo, algo fundamental. ¿Cómo explicar, con palabras de este mundo, la misteriosa fuerza que ha hecho coincidir en el tiempo, en las coordenadas precisas de la comunidad La Primavera de Formosa, los nacimientos de alguien como Félix Díaz, como Charo Bogarín, como Víctor Zárate? ¿La de todos los seres que un buen día decidieron decir basta, en esa ruta donde Roberto López pierde la vida, por represión policial en plena democracia? ¿La fuerza de los que resisten desde años -siglos igual- los reiterados que parezca un accidente de Insfrán, Capitanich, o quien sea que esté de turno en el rol que detenta la violencia de Estado?
La voz intensa de Charo Bogarín instaló en las occidentalizadas almas de los argentinos una plegaria ancestral: “sombras de Koktá y Nohuék/ viejos brujos de los montes/ no abandonen a sus hijos/ gente buena, gente pobre”. Un puente de belleza, Tonolec, nos hacía bailar en los boliches esa invocación, y fue escuchada. Porque el qarashé Félix Díaz y su gente le dieron un nombre digno y un rostro real al antes invisible pobre toba reducido, con sus domesticados caciques/presidentes de la entidad con personería jurídica qom, Fernando Sanabria y Cristino Sanabria, gildistas. Puro palabrerío, personería jurídica, que no representa su visión del mundo. Una que no cabe en las estrechas ventanas de esos deptos (“Tipología de Vivienda Modalidad Aborigen” es el pomposo título que les da Insfrán) donde no pueden ubicar sus gallinas, sus perros, sus gatos, su modo de vida. Ni pueden transar, por las 1069 cajas alimentarias que el Ministerio da a la comunidad la Primavera a cambio de un voto –otro de esos elementos extraños- aquel espíritu cazador de la charata, la onza, el tatú.
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Tal vez eso explique las miradas perdidas y apagadas de todos los que abrazan y rodean para la foto a la cara de póker de Gildo Insfrán, en el curioso material distribuido en el “Primer Congreso Pedagógico Provincial: desafíos para una educación basada en el desarrollo de capacidades y escolarización plena”, celebrado en Formosa del 14 al 16 del corriente. Una carpeta con apenas 5 páginas de contenido pedagógico (ponele), en las que abundan las citas del veterinario Insfrán sobre cómo se debe educar al “hombre nuevo”. En franco contraste numérico con el dossier de veintiocho páginas (28!!!) dedicadas a ensalzar las Políticas Indígenas del susodicho veterinario, que lleva veinte años en el poder, y a juzgar por la cartelería callejera formoseña, se proyecta al 2020 sin despeinarse.
Besarte los pies, cinco siglos igual
Cuatro páginas de ese informe en particular, son las que motivan esta nota. En ellas se da cuenta de la historia oficial que Gildo quiere imponerle a los estudiantes y docentes que asistieron a ese congreso en el que sé, de buena fuente, no se dio lugar ni a un solo debate. En ellas puede leerse, textual: “En noviembre de 2010 se reiteran las denuncias de cortes de alambrados y construcción de asentamientos precarios, razón por la cual en la mañana del 23/11 una comisión policial encabezada por el jefe de la comisaría de Laguna Blanca y 5 efectivos policiales se constituyeron en el lugar para realizar la constatación de lo denunciado. Llegados al lugar, fueron agredidos físicamente por Félix Díaz, Pablo Asijak y otros indígenas que superaban en número a la comisión, oportunidad en la que fueron sustraídas las armas reglamentarias de dos efectivos. La comisión incluía a un personal femenino, la cual fue golpeada en el cuello con un palo perdiendo el equilibrio, luego de lo cual, de rodillas, la tomaron con una liana por el cuello y le abrieron la camisa, manoseándola.” Podría parecer una historia de Angaú (que en guaraní quiere decir “va en joda”), un periódico local irónico y genial, que cuenta los mismos hechos de ese día más o menos así:
“Aprovechando la superioridad numérica, los hermanos aborígenes imitan a Caín y atacan a los hermanos policías. Los hermanos policías regresan al paraje La Primavera con otros 500 miembros de la familia. Se hace un llamado a los manifestantes indígenas a que depongan su actitud. El mensaje tiene un fuerte impacto sobre los aborígenes, principalmente sobre caras y espaldas. Un oficial cae herido de muerte por un disparo de escopeta. El aborigen autor del disparo se suicida de un disparo en la espalda y tres disparos más en la cabeza. Dos indígenas más intentan suicidarse del mismo modo. Uno de ellos muere horas después. Conscientes de lo que hicieron, varios indígenas se arrojan balas de goma y de plomo. Se procede a la desconcentración. Se vuelve a rezar el Ave María”.
Pero no va en joda. Como tampoco fue ningún chiste que, dos días después de estos crímenes, la presidenta de los DDHH hablara por videoconferencia con el genocida Insfrán, para felicitarlo por una red de tendido eléctrico, y ni se mencionara este crimen que todos podemos entender: policías con balas de plomo en la ruta, nada de cianuro, glifosato, radioactividad de plantas nucleares, esas formas de exterminio y tortura que todavía cuesta llamarlas por su nombre: delitos de lesa humanidad.
Pero volvamos a la versión de Gildo. La palabra liana duele particularmente aquí. Porque la aparición de esta mujer policía en la farsa montada por Insfrán para desprestigiar a Félix Díaz y a la resistencia qom evoca (y tal vez intenta contrapesar) el asesinato de la quinceañera qom Emilia Juana Gómez, violada y atada a un árbol. O el de la sobrina de Félix Díaz, atropellada junto a su esposo –que parezca un accidente- a la que se le negó durante horas críticas la asistencia médica.
Mucho se ha hablado ya del delirante “ganamos en la Antártida y en la Comunidad la Primavera”, de las correspondientes desmentidas, de los DNI de los qom sustraídos y quemados. Poco y nada, de esta asimetría: ninguno de los policías involucrados en la represión estuvo siquiera sancionado, mientras que la mayoría de los hermanos qoms que estuvieron ese día en esa ruta están siendo procesados: tienen que ir a una cosa llamada tribunales a responderle a unos abogados, en la lógica extraña que los culpa por haber recibido balazos y palos. Por querer vivir a su manera en tierras ancestrales que las familias Church y Celía, la Universidad formoseña, les alambran por la fuerza. Alegando unos papeles redactados en español (y en tiempos de militares, en el caso de los Celía). Justo a ellos, que saben que la tierra no le pertenece a los seres humanos, que es más bien al revés: somos los seres humanos los que le pertenecemos a la tierra. La lógica de la propiedad privada ha de ser tan absurda a sus ojos antes nómades, siempre comunitarios. Como el hecho de que los policías que ese día apretaron los gatillos estén libres, ese día en que hasta los chicos de doce años se los llevaban esposados.
La puesta en escena de Insfrán en el Congreso de Pedagogía, avalado por importantes figuras del gobierno, como Irene Kit, Presidenta de la Asociación Civil Educación Para Todos, la local Marta Fierro, y Sara Melgar, autora de casi todos los manuales que se están dando hoy en los colegios, además de desnudar la permanente bajada de línea, adoctrinamiento y manipulación a la que son sometidos los docentes y estudiantes, trae a mi memoria otra cosa.
Sigo el tema de los qom desde hace años. Estuve muy cerca, en Clorinda, el día en que Félix fue elegido qarashé, la policía no nos dejó cruzar esos pocos kilómetros de barro y lluvia que nos separaban de la Comunidad la Primavera. Entonces, hablé con la gente. Si mal no recuerdo, una mujer cuyo nombre original significaba luz de luna, o mejor, una palabra que en nuestro lenguaje, en nuestra visión del mundo no existe, quería decir algo así como esas noches plenamente iluminadas por la luna. Me mostró su DNI, con el que tenía que ir a votar, a pedir su plan social, en fin, con el que tenía que realizar cada trámite que nuestra visión del mundo le impone, donde tenía que responder al nombre de Vaca, Primitiva Concha de. Me contaron, muchas voces, muchas veces, que los encerraban en corrales los días de votación, que los llevaban como ganado al cuarto oscuro.
Cuando las cámaras apuntan, cuando los ojos del mundo están atentos, las cosas cambian, deberían cambiar. El 15 de agosto, mientras Insfrán montaba este congreso y esparcía esta mentira en folletos a todo color, un puntero-patotero suyo, Hugo Arrúa, agredía a Félix Díaz. Otra vez. Ya lo han atropellado, golpeado y amenazado, a él y a toda su familia, tantas veces, que sólo se puede comprender cómo resisten si se atiende a esa fuerza misteriosa, esa cosmovisión que los sostiene.
Tal vez si los escucháramos, si tuviéramos la humildad de escucharlos, comprenderíamos esto que mi amigo Víctor Zárate, pasero de lenguas ancestrales, dice en su poema Te quiero por sociológico: “Me costaba descifrar tus códigos manipulantes, invasores/ de palabras desconcertantes que divagaban en los misteriosos latires de más allá”.
Y si pudiéramos dar ese pasito más allá, entenderíamos algo más: la simple y hermosa fuerza que nos hermana…