Oclocracia y mediocridad: las enfermedades políticas de nuestro país
Un día como cualquier otro, hace algunos años, de cursado en la facultad, el profesor titular de la cátedra de derecho procesal constitucional me hizo una pregunta: ¿sabe usted lo que es la OCLOCRACIA?
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A lo que tuve que responder que no. Lo cierto es que no tenía ni la más mínima noción de lo que era aquello, por lo que él me dijo búsquelo y estúdielo, porque se lo voy a preguntar en el examen final.
No puedo negar mi mal humor ante aquel suceso, pero en cuanto llegué a mi casa, busqué de qué se trataba ese concepto hasta entonces desconocido para mí.
Al encontrar la respuesta debo decir que me sentí muy desilusionada, no por el concepto en sí, sino porque me di cuenta de que era esa la enfermedad política que padece nuestro querido país
“Oclocracia”, dice Polibio ( 200 AC-118 AC, político e historiador griego) es el fruto de la acción demagógica, a la que definió como la tiranía de las mayorías incultas. Explica el pensador griego, que cuando la democracia se mancha de ilegalidad y violencia, se constituye en oclocracia, es decir en la peor forma de gobierno.
Según El contrato social de Jean Jacques Rousseau, se define oclocracia como la degeneración de la democracia. El origen de esta degeneración es una desnaturalización de la voluntad general, que deja de ser general tan pronto como comienza a presentar vicios en sí misma, encarnando los intereses de algunos y no de la población en general, pudiendo tratarse esta, en última instancia, de una "voluntad de todos" o "voluntad de la mayoría", pero no de una voluntad general.
Podríamos decir que es común que esta situación sea llevada a cabo por un grupo cuyos intereses son mantener el poder en forma corrupta buscando una ilusoria legitimidad en los sectores más vulnerados de la sociedad, ya sea por bajo nivel económico, social o cultural, hacia el cual vuelcan sus mejores esfuerzos propagandísticos y manipuladores.
El desarrollo de esta política no tiene en cuenta los reales intereses del país, no aplica políticas estructurales ni plantea soluciones a largo plazo, como es en el caso de la educación, cuyos verdaderos remedios van a dar frutos en 5, 10 o 20 años, pero, claro, ningún gobernante quiere que el mérito se lo lleve su sucesor, por eso es más fácil y rápido construir un puente o una calle. Pero no toda la culpa es del gobernante, la población tampoco espera soluciones a largo plazo, se conforma con lo que puede ver o palpar en el momento, la voluntad de la mayoría entonces también está viciada.
Este grupo busca mediante la acción demagógica en sus múltiples formas apelando a emociones irracionales, mediante estrategias como la promoción de discriminaciones, fanatismos y sentimientos nacionalistas exacerbados, el fomento de los miedos e inquietudes irracionales, la creación de deseos injustificados o inalcanzables, etc., para ganar el apoyo popular, frecuentemente mediante el uso de la oratoria, la retórica y el control de la población. La apropiación de los medios de comunicación y de las estructuras educativas y culturales de parte de dichos sectores de poder son los puntos clave para quien busca esta modalidad de gobernar, a fin de utilizar la desinformación… ¡Cualquier semejanza con la realidad actual de la Argentina es pura coincidencia!
El gran y hoy poco recordado José Ingenieros, en su célebre obra El hombre mediocre, destacaba que “cuando se entibian los ideales y se reemplaza lo cualitativo por lo cuantitativo aparecen los mediocres, los cuales se arrebañan en partidos, hacen crecer su influencia, la mediocridad se condensa y se convierte en sistema, intentan disfrazar con ideas su monopolio del Estado. Y los que así mienten son enemigos de la patria, deshonrando en ella a sus padres y a sus hijos, carcomiendo la dignidad común. Todos mienten y cada hombre pone precio a su complicidad, un precio que oscila entre un empleo y una decoración, florecen legisladores, aumenta indiscriminadamente el número de funcionarios, las leyes se multiplican sin reforzar por ello su eficacia, las artes se tornan industrias patrocinadas por el Estado”.
“Los políticos sin ideal marcan el cero absoluto del termómetro de la historia”, en épocas de mediocridad, los gobernantes que no piensan parecen prudentes, los que no roban resultan ejemplares y así el concepto de mérito se torna negativo.
Con la terrible mediocridad las miserias morales asolan un país y esto es culpa de todos los que por falta de cultura o de ideal, no han sabido amarlo como patria y de todos los que vivieron de ella sin trabajar para ella.
Pese a ello, que no cunda el desánimo. Hay que tener sueños comunes, anhelar juntos grandes cosas y sentirse decididos a realizarlas, la patria es comunidad de esperanza, es solidaridad, es ideales fuertes. No nos podemos quedar con esta Argentina, nuestro país fue fuente de hombres probos, de ciencia, de arte, de cultura, de educación, de capital humano…
Vamos argentinos, ¡la Patria nos demanda!