Opinión
El "recen por mí" de CFK
No bien el porteño Jorge Bergoglio fue consagrado como papa Francisco por sus pares cardenales de todo el mundo, imponiéndolo como Jefe del Estado Vaticano y máximo líder de la Iglesia Católica, los analistas políticos señalaron que, indudablemente, su posición –que a todas luces, se quiera o no, se la acepte o se lo niegue- es política e influiría en la Argentina.
Se dijo que primero incidiría en el ánimo de los argentinos y que, luego, ese estado de ánimo de trasladaría a la política. A la hora de elegir –se interpretó entonces- un gesto o un guiño del ahora Pontífice equivaldría a un mensaje de, nada menos, que el representante de Dios en la Tierra.
Bueno, ahora llegó ese momento y si bien los laderos de la Presidenta sostienen que sus ataques iniciales contra Bergoglio sirvieron para que no venga a la Argentina hasta después de las elecciones (y probablemente resulte cierto) el poder de influencia de esa persona que está siendo reproducido por millones de televisores que lo muestran cercano, humilde, latino excede su ubicación física para llegar a todos en directo por televisión: el líder católico, omnipresente desde los rayos catódicos.
Pero es ella quien logra asestar el primero tanto: cambia su actitud hostil, lo visita, lo tutea y, ahora, viaja para asistir a misa junto a su principal candidato: un desconocido intendente bonaerense a quien el kirchnerismo le cargó la mochila de conservarles el espacio de poder que, tras 10 años de uso, pugna por su consolidación o replanteo.
Latinoamérica necesita de ídolos a quienes adorar. Lo dicen los acólitos de ideas políticas fuertemente personalistas y autoritarias y lo aceptan, sin más, sus detractores. La racionalidad está muy condicionada por las emociones. El triunfo de la conquista española, rige 500 años después y provoca el nacimiento de pequeños retoños que, de poder, se perpetuarían –como aquellas ideas traídas a tierra aborigen- por 500 años también.
El papa Francisco ha llegado para demostrar ese poder. Hace todo lo posible por consolidar un liderazgo carismático aceptado como “suficiente” para una feligresía que, a nivel masivo, solo reclama eso y esperanza, aquí en esta vida o en la que venga, de acuerdo a la creencia cristiana. Nada de hurgar en cómo se aceita esa maquinaria: Banco Vaticano, pujas de poder, mafias, negociaciones, ocultamiento, extorsiones.
Ese mecanismo fue sintetizado hace unos años, durante el menemismo, con una frase antológica: “Roba, pero hace”. Lo que importa es el resultado, no cómo conseguirlo, podría explicarse. Y si esa consecuencia nos beneficia o, al menos, nos da esperanza (en esta vida, ese es el terreno místico de los políticos), “vamos para adelante”.
Hoy dos formas de idolatría que se encuentran en Rio de Janeiro: la impulsada por Cristina Fernández de Kirchner, que exige sumisión ante su ecléctico y cambiante “modelo”, y la milenaria de la Iglesia Católica que ha encontrado en el papa Francisco un verdadero motor de multiplicación de sus panes.
Ella intentará que ambos poderes de seducción de masas se fusionen. No sabemos qué hará él, pero por lo pronto sabemos que todas las sospechas del oficialismo están puestas en que “algo hará” para perjudicar al kirchnerismo, que lo enfrentó a cara descubierta hasta que no le convino seguir haciéndolo y al que él mismo combatió con hechos y palabras críticas en sus tiempos de arzobispo y cardenal.
Ambos piden que recen por ellos. A uno le basta con la aclamación y la oración. A la otra, con que las elecciones se conviertan en un ritual repetitivo que le permita confirmarse frente al espejo.
El papa lo hace en forma expresa, cada vez que tiene oportunidad de hacerlo. Pide que le transfieran fuerza por la vía del entusiasmo de las masas. Tiene la alegría del “papa de la sonrisa” que fue Juan Pablo I, (que murió tempranamente) pero todavía desconocemos si posee la cintura política de Juan Pablo II o la determinación transformadora de Juan XXIII.
Ella hace lo propio y a su manera. Lo hace, avisándole a los que están en la maquinaria del poder que un día no va a estar más, que “no soy eterna”. Algunos analizan que trata de convencerse a sí misma de lo que establece la Constitución. Pero otros están viendo que se trata más de una amenaza que de un gesto: “Si yo no estoy, qué será de ustedes”.
En este tiempo, los caminos políticos se han vuelto intangibles. Transitarlos no se logra a través de la razón. Mucho menos por lo divertido o ingenioso de un spot de televisión. Es un camino de emoción, pasión y sentimientos. Y, por lo tanto, es trascendental. Probablemente, por primera vez en mucho tiempo, no se vote “con el bolsillo”, sino con el corazón.