Canción de cuna para mis amados enemigos
Me celebro y me canto a mí mismo.
Y lo que yo diga ahora de mí, lo digo de ti,
porque lo que yo tengo, lo tenés vos
y cada átomo de mi cuerpo es tuyo también.
Vago e invito a vagar a mi alma.
Vago y me tumbo a mi antojo sobre la tierra
para ver cómo crece la hierba del estío.
Mi lengua y cada molécula de mi sangre nacieron aquí,
de esta tierra y de estos vientos.
Me engendraron padres que nacieron aquí,
de padres que engendraron otros padres que nacieron aquí,
de padres hijos de esta tierra y de estos vientos también.
Walt Whitman, “Canto a mí mismo”.
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Mi amiga Sol se fue a la India, a aprender a respirar con los ojos cerrados, el corazón atento al espacio entre los dos latidos y el torso casi desnudo como un Buda roquero. Antes, hacía lo mismo, pero de otro modo: estuvo años haciendo buceo en una pileta climatizada (es curioso eso de hacer buceo, sumergirse en un mundo de zumbidos, presiones, falta de oxígeno e imágenes que concede la caridad del agua, con la íntima misión de estar solos unos segundos). Está claro que está buscando algo y poco importa lo que busca; la vida la ha bendecido con la inquietud, el ansia, la duda, la sed y la necesidad de aventura. Allí donde algunos buscan tarjetas de crédito para sus turísticas vacaciones, ella busca el despojo del viajero, la brújula partida y los destinos inhóspitos. Sol no piensa como yo: de hecho, es bastante distinta. Ahora, de vuelta por aquí, se muestra harta de los “K” y los “AntiK” y no quiere oír hablar de política. A ella, en el fondo, no le interesan los cambios sociales, sino las formas de alejamiento y es un hecho que jamás debió hacer malabares para parar la olla o sacar tickets aéreos. Yo soy lo distinto de ella, pero no puedo evitar quererla; quererla y entenderla y, entonces, me digo, bueno, “mejor no hablar de ciertas cosas”, para encontrarme en su mundo. Hay gente que ha nacido no para hablar con vos, sino para callar con vos. Así es ella.
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Diego es radical, profundo radical, de esos que me gustan a mí: progresista, con sentido de lo social, lo comunitario y con las banderas de Alem, de Yrigoyen y de los derechos humanos marcándole un norte. Diego, en realidad, es como todos los radicales jóvenes que he conocido, especialmente los de Franja Morada, llenos de utopía, de compromiso y de hambre de cambio del mundo. La diferencia con el resto radica en que, con el paso de los años, Diego no ha bajado sus banderas ni cambiado su mirada ni ha sido cooptado por un aparato partidario, que termina volviendo conservadores hasta a tipos como El Che, Bart Simpson, Maradona o Antonin Artaud. Viendo hoy que hay en primera línea radicales de derecha como Petri o peronistas de derecha como Cassia, uno no puede menos que agradecer sentirse bendecido por la amistad de hombres como éste, llenos de luz en sus ojos. No obstante, sabemos que somos distintos: él milita en política y yo jamás lo he hecho, pero esto es lo de menos. Los dos concluimos en que lo importante es que siempre estaremos de acuerdo a la hora de levantar una pared, defender la democracia o comernos un asado con varios vinos al costado de nuestros brazos que se cruzan. Si hubiera más tipo como él, la Unión Cívica Radical volvería a lo que ha sido. Por eso, es mi amigo. Voto por él.
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Maxi es un fino intelectual kirchnerista. Tiene esa notable capacidad de algunos de convertir la lucidez en herramienta de un cuerpo orgánico: piensa para construir realidad, no para derrotar a sus enemigos dialécticos. A diferencia de muchos peronistas, él siempre se toma un minuto para poner su sentencia en la balanza. Tiene ojos para lo blanco, lo negro y lo gris. Sabe a ciencia cierta que todo discurso es ideológico y que el poder es algo más enrevesado que una gestión determinada. Le gusta escuchar, como un Sócrates titulado, y preguntar después. Sabe que pensamos cosas distintas y respeta mis contradicciones como yo respeto las suyas. Cuando charlamos o chateamos, coincidimos de pleno en que esta década es década ganada y también en las cosas que hay que mejorar, bajo este rumbo trazado. Es peronista por sabiduría, más que por militancia y, por eso, entiende que yo no lo sea e incluso que yo abrace el periodismo como una forma de escape elegante o salida de emergencia a esa forma de compromiso llamada militancia. Él sabe que cualquier periodista se hace el rebelde en la cornisa, pero que todos estamos asegurados y que casi ninguno se estrella. Sabe también que todo esto es un negocio. Conoce mis límites y miserias y me defiende de los fundamentalistas K que me piden que inmole a lo bonzo mi carrera profesional como acto de despojo ante la hipocresía periodística reinante. Lo quiero por eso: porque sabe cómo soy y construye desde mi mísera noción epistemológica, una interpretación válida de aquello que escribo. En un espectro de cínicos bufones carísimos como Lanata, él me aporta pensamiento que involucra cambio social.
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Ahí están mis amados caceroleros también, algunos incluso en mi propia familia. Les gusta decir que todos los políticos del país son corruptos –como si la corrupción no fuera inherente a las conductas de toda laya y como si en EEUU o Alemania no los hubiera– pero poco construyen de ciudadanía y, cuando salen a la calle, una vez cada dos o tres años, es para oponerse a algo o para defender sus dólares o cuando asesinan a alguna persona bien, de esas que califican de la mitad de la tabla para arriba. Jamás confiesan que estos, sin dudas, son los mejores años de sus vidas en lo económico –puedo asegurarlo, pues los he visto galguear de lo lindo y ahora les va bien–. No obstante, el acceso a un concepto de cultura determinado de la mitad de tabla para arriba (y sobre todo urdido por los que determinan los promedios para el descenso), los ha convencido de ciertas cosas: que las cosas se ganan con esfuerzo y ellos se han roto el lomo, que Dios es todopoderoso y que aquí no trabaja el que no quiere. Y algo más: que lo diverso, en lugar de enriquecer, enrarece, envilece, daña. Y utilizan la materia prima de esa cultura para construir espadas y escudos contra los distintos, a los que jamás les hacen un lugarcito en el banquete, del mismo modo que los que están por encima de ellos, jamás se lo hacen a ellos. Cuando los que ellos promueven fracasan, Menem por ejemplo, hacen silencio y ponen cara de yo no fui, entonces, lanzan sus sentencias: “todos los políticos son corruptos”, “este país está perdido”, “éramos el granero del mundo” o “yo sabía, yo sabía…”, y llenan la despensa con alimentos no perecederos y manotean lo que juntaron y esperan a que salga el sol. Cuando están solos y cansados, al llegar por las noches al hogar, se relajan y prenden la televisión, alimentan al rottweiler y rezan para lograr envejecer sin sobresaltos. Sin embargo, sépanlo: yo los amo, porque se parecen a mí en muchas cosas y a ciencia cierta no hay nada que me indique que soy mejor que ellos (incluso aseguro que muchos de ellos son mejores personas que yo). ¿Qué nos diferencia? El lugar de la tabla de posiciones hacia donde miramos, no mucho más. Como quieren lo mejor para ellos, tal vez, si desparraman la mirada, quieran lo mejor para todos también. A veces, con un poco de paciencia y buenos ejemplos que no abundan, lamentablemente, ellos reflexionan lo suyo y se afeitan los prejuicios y salen al sol a sonreír. Esta imagen, es esperanza para muchos de nosotros.
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Nadie es mejor que nadie y nadie se lleva nada. Aquí estamos todos –buzos, artistas, radicales, kirchneristas, familiares, caceroleros, rottweilers, bufones y periodistas–, apiñados bajo este tinglado que nos oculta del infinito por unas mezquinas décadas, hasta que nos caemos sin más y nos convertimos en pasto de los gusanos y, ya poco después, absolutamente en nada.
Mientras tanto, vivimos, aprendemos y escapamos de algo y se nos pasan los años y hacemos asados y los pagamos entre todos y cometemos todos los delitos que nuestro linaje nos permite y nos cansamos y entonces encontramos en el amor la llave al sosiego y la casa y el auto en cuotas y la ilusión de que nos espera un paraíso. Para otros, lo contrario: el amor como llave a la locura y al viento en la cara o el amor como llave a la perfecta soledad de estar acompañado por otro o el amor como una herida que mata. Algunos, también los hay, no encuentran nunca el amor y lo compran o te piden un poco con sus ademanes del fiado o se marchitan bajo un alero, sin que jamás pase delante el cadáver de sus enemigos, porque no hay enemigos, porque somos todos hermosamente semejantes y el peor enemigo vive en casa.
No hay muchos secretos más, mientras gastamos –bien gastada– parte de la vida en oponernos o apoyar, la otra parte de la vida nos está pidiendo que aprendamos a escuchar, ya sea el latido del mundo o bien la dulce insensatez de los prójimos, porque la única nutrición posible, reside en el músculo de lo raro, la geografía de lo distinto, el viento de lo desconocido pegándonos en la cara.
Ciertamente, amigos, todos estamos solos. Repitámoslo: estamos todos muy solos y es muy breve el lapso de tiempo entre pañales y mortaja. Esto no es nada nuevo y tampoco el hecho de que, en el mundo, nadie piensa exactamente como nadie.
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Mientras termino esta columna, anochece en este estupendo invierno mendocino y me como un estupendo pomelo –jugoso, rosado y ácido como un soneto de Quevedo– del árbol que Teresa y el Cacho, atesoran en su patio del barrio Trapiche.
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Hace como cincuenta años que este par de hermosas personas se ama: han crecido y envejecido juntos, como juntos envejecen los dedos de una mano. Se aman.
Se aman, de hecho, desde antes de plantar ese árbol en su hogar.
¿Saben, amigos, para qué hicieron crecer ese árbol de pomelo? Para convidar sus frutos.
Bueno, pues bien, he aquí la única enseñanza posible, el único legado cierto que ha tramado nuestra raza en este paso por el cuero de la Tierra: uno debe vivir para dar frutos y repartirlos. Sólo por esto justificaremos haber pasado por los días y sus sombras. Buenas noches.
Ulises Naranjo.








