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Opinión

Lado B: Sra. Ministra, el Eulalio la espera

Muy mal lo trataron en la Feria del Libro, y después de tanto tiempo, nadie le explica por qué.

“Che, Cano, te anda buscando el Eulalio, creo que te va a llamar por teléfono”, me dice el Ulises como de pasada. Y no es lo mismo que si te dicen “te anda buscando el Carlos” o “te anda buscando la Adriana”. Carlos, Adriana, Marcelo, Viviana, cualquier otro nombre exige que uno pida más señas; “¿qué Carlos, Adriana, Marcelo, Viviana o quien sea?”. Pero si te dicen que te anda buscando el Eulalio, sólo puede tratarse de uno solo. El Eulalio González, obrero de la construcción o, como a él le gusta decir y  como dice uno de sus poemas, “albañil de mi pueblo”.

Me anda buscando, me llama por teléfono y me encuentra, claro, no es tan difícil, y menos para él. Qué va a ser difícil para un hombre que todos los días monta su bicicleta y sale desde Rodeo de la Cruz, donde vive, para llegar adonde sea que los ladrillos (y los sueños que se amontonan como los ladrillos, uno sobre el otro) lo lleven. Ahora está trabajando en una obra en Carrodilla, y esta mañana, como todos los días, salió de su casa en su bicicleta, y nos reímos un poco cuando cuenta que el viento Zonda casi se lo lleva, porque una ráfaga lo agarró de costado y lo empujó para el centro de la calle, así que ahí nomás se bajó y caminó un rato.

Me gusta mucho hablar con el Eulalio, y eso que sólo nos hemos visto algunas veces. Recuerdo una cuando yo trabajaba en El Sol, y otra que nos encontramos en la Feria del Libro de Buenos Aires. Y es que el Eulalio es también poeta, creo que ya lo dije, creo que ya lo saben. El Eulalio ha escrito cosas como “Aparceros del camino/ les dejo en verso/ lo que aprendí del vino”. Y ahí anda, con sus libros bajo el brazo.

El Eulalio es una de esas personas ante las que te sentís muy pequeño. No es alto, no es morrudo, no se impone con la voz. No, es todo lo contrario, por eso se impone. Su ritmo al hablar desentona con el mundo. Es un tipo único, y por eso tanto se lo quiere.

Anda en su bicicleta, con su bolso, con su ropa de trabajo, con sus libros, esos que han llegado a muchos lados, a distantes lugares, y donde llegan sus libros llega también Eulalio, por eso hay tanta gente que lo reconoce. Si le preguntás, te cuenta. Si no, no. Pero si le preguntás te cuenta de las cartas que ha recibido de gente que ha leído su poesía y le agradece poder haberlo hecho. Gente de Israel, de Jamaica, de Cuba, tipos de las universidades de Houston y California.

Y querés que te diga más, ¿sabés quiénes le han ayudado a pagar las ediciones de sus libros? Anotá, Luis Triviño y Reinaldo Belmonte Ríos, entre otros. Y hay una anécdota buenísima sobre esto: viene un arquitecto cordobés, Eduardo Roitman, y le ofrece al Eulalio darle una mano con dinero para arreglar su casa, viajar a su Bolivia natal para reencontrarse con sus orígenes o hacer una segunda edición de su libro Vivencias de mi yo. Y supongo que ya te imaginás la respuesta. Sí, el Eulalio eligió reeditar el libro.

Y está claro por qué eligió eso. Porque el Eulalio va a las escuelas esas que están perdidas en el medio de la nada, regala sus libros y habla con los chicos, les cuenta sus experiencias, los pone delante de su poesía. Y también sobre esto hay una anécdota que me viene a la memoria. Fue en una escuela perdida en Cuadro Nacional, San Rafael, donde los pibes, sabiendo que iba a ir él a regalarles sus libros y su compañía, juntaron durante varios días parte del dinero que tenían para la merienda, lo metieron en un sobre y se lo entregaron como agradecimiento por haber llegado hasta ellos. “Y no me querían dejar venir si no aceptaba el sobre con la plata”, cuenta el Eulalio.

El Eulalio es boliviano, no sé si ya lo dije. Bueno, es boliviano, y recién el año pasado volvió a su tierra natal, después de 43 años sin hacerlo. Llegó a Mendoza en 1969, cuando tenía 14 años, y recién pudo regresar a Bolivia en el 2012. Pero este año va a ir de nuevo, porque lo han invitado, antes de que terminen las clases, a recorrer escuelas para hacer lo mismo que hace acá en Mendoza, contarles a los chicos su experiencia, acercarlos a la poesía, acariciarlos con palabras.

Compartimos un rato de charla y después se va. Se retira con la misma paz que llegó y deja en el ambiente una extraña sensación de que los demas no hemos entendido y no entenderemos nunca el valor del tiempo. Ahí se va Eulalio, y es entonces cuando recuerdo lo que le sucedió el año pasado en la Feria del Libro de Mendoza.

Parece increíble, che, que este tipo, que el Eulalio, haya tenido que sufrir los maltratos que sufrió. Hasta hubo alguien que le dijo que no conocía su trayectoria. Una de esas personas que organizan ferias del libro conociendo poquito de lo que pasa acá con las letras y menos aún de lo que representan personas como el Eulalio. ¿Al Eulalio le vas a pedir datos sobre su trayectoria? Yo te los digo, si querés: todos los días se levanta para poner ladrillo sobre ladrillo y agradecerle a la vida, y cuando puede se sienta rodeado de pibes que seguramente se reflejan en sus poemas.

El resto averígualo vos, porque si estás organizando una feria del libro, te corresponde.

Vicente Mamaní y Adrián Carreño se encargaron de organizarle la presentación a su amigo Eulalio, y hasta le hicieron un póster para poner a la entrada de la sala en la que iba a estar el Eulalio, pero resulta que otros se lo hicieron sacar. Vaya a saber por qué. Y eso es sólo una de las tantas que le hicieron.

¿Y sabés qué hizo el Eulalio? Se quedó callado, tranquilo, como es él, viste, y después de la presentación elevó una nota al Ministerio de Cultura para que alguien lo atendiera y le explicara por qué lo habían tratado así.

Mirá vos el tipo de persona que es el Eulalio. Eleva una carta para pedir audiencia para que le expliquen por qué lo trataron así.

Cuando él me lo contó, tenía ganas de decirle que perdiera las esperanzas, porque si un tipo es capaz de decir que la Feria del Libro es “su” casa y a “su” casa invita al que quiere, no se iba a bajar de su soberbia para atenderlo a él. Pero no se lo dije, porque el Eulalio camina lento pero siempre llega adonde quiere.

Claro que esta vez le está costando un poco más, porque ha tenido que ir seis veces (sí, seis veces) al Ministerio de Cultura para ver qué es lo que ha pasado, por qué todavía nadie lo recibe para explicarle por qué lo trataron tan mal.

“A lo mejor la señora ministra no sabe que quiero hablar con ella, tal vez no se lo han dicho”, arriesga el Eulalio como hipótesis para explicar el silencio que le llega desde el Ministerio de Cultura.

Sí, tal vez, Eulalio, la señora ministra ni se ha enterado de que la andás buscando para que alguien te explique por qué te trataron mal, pero seguí insistiendo con tu mirada calma, con tu paso sin prisa, con tu voz tenue que ni sospecha los gritos, que seguramente vas a llegar a ella, empujado por el mismo tesón que te llevó de vuelta a tu Bolivia natal después de cuatro décadas y tantos libros y tantas casas que construiste para los demás.