Paranoicos por los secuestros
No alcanza con que haya gente que lo denuncie periódicamente, gente que invierta cada minuto de su vida en poner de manifiesto las situaciones que nos preocupan a todos pero de las que no nos damos cuenta hasta que nos pican al lado, hasta que nos suceden, hasta que ya puede ser demasiado tarde.
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Los intentos de secuestro de las últimas semanas pusieron en boca de la gente y en la agenda del Estado la protección de la población ante estos hechos. Pero hay algo que anda circulando por ahí, un de boca en boca que sostiene que ahora todos nos preocupamos porque ha sucedido en el Gran Mendoza, pero que son situaciones comunes en los departamentos más alejados y a las que pocas veces se les da relevancia.
Y ahí están las ausencias de Johana Chacón y Soledad Olivera como punta de lanza de varios casos similares que no han ocupado y no ocuparán nunca las tapas de los diarios.
El secuestro de jóvenes para su explotación laboral o sexual no es algo nuevo y mucho menos desconocido, pero aún no hay políticas de Estado o acciones concretas que hayan podido reducir su impacto, y, peor aún, no hay un compromiso real de la sociedad para erradicarlo.
Como con muchos otros temas, la preocupación llega a la gente pero no se internaliza hasta que, como ya dijimos, no se vive en carne propia, y es entonces cuando se convierte en paranoia.
En los últimos días han aumentado los llamados al 911 para alertar sobre posibles secuestros. Pareciera como si de repente hubiéramos comenzado a ver secuestradores en todos lados. Claro que, por lo que hemos podido saber, ninguna de esas alertas ante la inminencia de un secuestro ha resultado cierta.
Sería bueno pensar que ahora estamos más atentos, pero la evidencia (los llamados desesperados ante alguien a quien no conocemos, la sospecha sobre cualquier tráfic blanca y demás) demuestra que más que atentos estamos paranoicos. Y tan es así que se llegó al extremo de utilizar esta sensibilización de la sociedad para casi justificar que una mujer golpeara a la maestra de su hijo.
Y en la diferencia entre estar atentos y vivir paranoicos está el punto necesario de análisis.
Estar atentos implicaría nuestro compromiso no sólo con nuestros hijos, sino también con los de los demás, con la comunidad toda. Estar atentos implica una internalización de los hechos como son, es decir, solidaridad con todos, ojo abierto para atender lo que sucede a nuestro alrededor, para observar esos pequeños indicios, sin que esto implique que se nos vaya la vida prejuzgando al primer desconocido que vemos en una plaza. Estar atentos es, en definitiva, haber comprendido que no se trata de algo que terminará cuando los medios de comunicación hayan entronizado otro tema, sino que es una problemática que existió, existe y existirá hasta vaya a saber uno cuándo.
Por el contrario, convertir lo sucedido en una paranoia social es todo lo contrario, porque es entonces cuando vemos en cada cara desconocida a un sospechoso, cuando nos interesan sólo las personas más próximas, cuando se fortalece el no te metás, cuando acompañamos en el dolor al otro, al que le sucedió, pero damos gracias de que le haya pasado a ese otro y no a nosotros.
Pero lo que quizá es lo peor de la paranoia es que se transforma en patología si no la podemos controlar, entonces vemos fantasmas donde no los hay y todo el mundo nos quiere atacar sólo a nosotros, y en un caso como el del secuestro de adolescentes y niños para su esclavización no podemos pensar sólo en nuestro ombligo.
Los últimos días nos enfrentan a un gran desafío como sociedad: exigir en conjunto al Estado que cumpla con su deber y solidarizarnos sin condicionamientos.

