¿Y la reunión de CFK, Macri y Scioli?
La Argentina suma más muertos a quiénes llorar, en una realidad que se torna bipolar sistemáticamente: de la alegría extrema por alguna cosa, a la mayor de las tristezas, por otras cuestiones.
Nada puede ser pronosticado, prevenido ni planificado en un país en el que la experiencia parece no dejar lecciones aprendidas.
Los milagros sólo los esperan los muy desesperados o los muy acomodados, que tienen necesidad o tiempo para pensar en soluciones mágicas. Mientras tanto, lo que se espera de un Gobierno no es eso, sino capacidad de gestión, al menos de reacción ante la evidencia de incapacidad de planificación.
La catástrofe climática comienza a ser cuantificada recién cuando a los medios porteños y a los funcionarios a quienes les conviene “no levantar la perdiz”, sacan los ojos de sus ombligos para mirar alrededor.
No es el primer montón de muertos que se tiran unos contra otros en un país en el que resulta, todavía hoy, imposible reunir en un comité de crisis a todas las partes que tienen que ver con la gestión del Estado.
Cristina Fernández de Kirchner, como “presidenta de los 40 millones de argentinos y argentinas”, como le gusta decir en sus discursos, debería estar presidiendo, desde ayer, un comité de crisis junto a Mauricio Macri y Daniel Scioli.
En su lugar, personeros de todas las partes se reparten culpas cuando la cuestión, ahora, no es hallar y colgar en una plaza al culpable –ya hay demasiada muerte- sino gestionar la situación, cosa que no hará héroe ni heroína a nadie si se trabaja aisladamente, sino que envolverá a todos en el mismo paquete de culpabilidades una vez que se tome dimensión de lo sucedido.
Un dato surge para el análisis, ahora que hablamos de cómo se pudo haber prevenido la catástrofe: la infraestructura ha sido tanto en la Ciudad de Buenos Aires, como en territorio bonaerense y en el presupuesto nacional, la variable de ajuste frente a las dificultades económicas.
El miedo a que un estallido termine una vez más en la historia con un período de gobierno ha premiado con una intangibilidad de recursos a aquellas partidas cuya utilización permite la “contención social”. Entonces, se inventan estamentos diferentes para la misma crisis, que es de gestión: hay crisis para planificar infraestructura, pero no la hay para contener. Sin embargo, a ninguno de los genios que toman las decisiones se les ocurrió pensar que la ausencia de esa infraestructura a la que le aflojan recursos puede invocar, también, al peor de los fantasmas para un político argentino: el estallido, el saqueo, la parálisis estatal, la desconfianza y la anomia.
Tanto Estado reconstruido en la última década y tan poco presente en donde tiene que estar en tiempo y forma, porque si llega tarde, no sirve, como lo estamos viendo.
La política social se transformará –de continuarse esta manía absurda de la política argentina- en distribución de ataúdes, de subsidios a damnificados y de rescatar a quienes ya no saben para qué querrían ser rescatados, cuando lo han perdido todo.
