Mentiras que matan
Mentirnos a nosotros mismos con los datos de la pobreza es como pedirle al bioquímico que nos altere los resultados de nuestros análisis para no enterarnos de las enfermedades. Si el colesterol está por las nubes, no importa, seguimos con las mollejas y los chinchulines hasta que se nos reviente alguna arteria.
Una comparación de humor negro que resultaría graciosa si no fuera porque lo que está en juego, con esta brutal mentira oficial, es la suerte de millones de compatriotas que sufren y padecen todos los días dos de los más denigrantes males que puedan existir.
Según la fantasía casi morbosa de la información proporcionada por el INDEK (no se trata de un error de tipeo), la pobreza en la Argentina, a fines del año pasado, descendió al 5,4%, y la indigencia al 1,5% de la población. Al igual que con la inflación, las cifras alternativas de otras instituciones indican una realidad mucho más dura. La Universidad Católica calcula que en el mismo período la pobreza llegó al 26,9%, mientras que para la CGT, al 27,2%.
La diferencia es tan enorme que los datos oficiales no sirven para tomar ninguna decisión coherente. Porque para poder superar un problema, siempre primero hay que reconocerlo. Un buen diagnóstico es imprescindible.
Pobreza, indigencia, dólar “blue”, hasta un ministro de Economía que no se anima a hablar por TV. La tendencia enfermiza de estos regímenes populistas de maquillar en exceso la realidad para tapar las deficiencias y el fracaso del “modelo” se asemeja a aquellas señoras que no pueden tolerar el paso de los años y recurren siempre a similar procedimiento (sin hacer referencia personal a nadie en particular, por supuesto). Debe ser difícil darse cuenta de que no se es inmortal ni eterno, que la realidad contradice las fantasías, que hasta los que se creían amigos y compañeros te tratan de terco, que sólo te aplauden tus empleados, en fin, que estabas equivocado. Pero el primer paso es darse cuenta y asumirlo, para poder después liberarse de la pesada carga de la mentira y empezar a replantear los objetivos a los que se quiere llegar y los caminos adecuados para poder alcanzarlos.
Si en cambio seguimos así, improvisando y jugando con fuego, mintiéndonos entre nosotros en forma descarada, pronto será al país al que se le reviente una arteria.

