18A: yo elijo el silencio y la soledad sonora
“Se despertó el bien y el mal
la zorra pobre, al portal,
la zorra rica, al rosal,
y el avaro a las divisas.”
Joan Manuel Serrat.
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En fin, el “18-A”será finalmente una descarada marcha política sin cara, lo cual, a primera vista, aparece como más genuino que el último “cacerolazo dolarizado”.
Me detengo en otro semáforo, que demora demasiado, aunque no es el de Morón (buen chiste, sí). Sigo pensando que el asunto este del cacerolazo es como una sorpresa de “Día de Reyes” para huevones de veinte años: todo el mundo sabe de qué se trata, pero nadie se anima a decirlo, porque tantas biblias y calefones juntos estallarían.
Subyace en todo esto un afán de votos y, en los votos, afán de poder. Ellos son iguales o peores que los que critican, pero como no tienen suficiente legitimación social, son subrepticios y taimados. Hacen política jugando a ser antipolíticos.
Así, aprovechando el desconcierto de muchos inadvertidos, es como se hará política partidaria el día de hoy. La hará, incluso gente que no hace mucho se sentaba con personas con valiosas trayectorias en los derechos humanos y las conquistas sociales y ahora se sienta con personas que abrigan genocidas en sus partidos: aguas y aceites, biblias y calefones, que se funden en un abrazo infame.
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Arranca el semáforo y mi desazón marcha con luz verde. Me pregunto: si en la reunión de hoy (tal vez sin cacerolas y sin carteles pro-dólar, porque los políticos que las organizan evaluaron que no les “garpó” hacerse de esos símbolos en la anterior juntada) nada se dice abiertamente, es porque los responsables de esta movida no resistirían dar exhaustivas explicaciones al respecto: ellos son parte intrínseca de la enfermedad que se denuncia.
Algo va a oler mal, entonces, mañana por la mañana, cuando se miren al espejo.
Como en las cosas del corazón, lo que no se hace por propia bandera y con el pecho desnudo para que se vean las ideas, siempre esconde zonas inconfesables. Crecer en contra de algo no es crecer, del mismo modo que salir una tarde de otoño a putear a coro con gente que siempre te ha despreciado y luego terminar en un restorán comiendo pastas con malbec no construirá ciudadanía ni lavará conciencias.
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¿Quiénes son los probos, los bien pensantes, los íntegros, los sin mella, los esclarecidos, los dueños del futuro llenos de justicia social que promueven esta cita? Pues son políticos, que manejan organizaciones que no muestran lo que verdaderamente pretenden.
Otro semáforo y más caras enmascaradas en los carteles, más candidatos a lo que venga haciéndose los zonzos.
Miro para atrás, en el retrovisor de lo vivido. Jamás he participado en política. He votado a distintos partidos a lo largo de mi vida. Casi siempre, he perdido por elegir a la izquierda o al peronismo o al radicalismo contra el villano de turno. No milito en política, pero admiro a los que lo hacen, sobre todo si son jóvenes. Si algo me ha enseñado la vida cívica, es a tolerar las diferencias y a respetar las instituciones y a celebrar la democracia y a combatir a los dictadores.
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Jamás me hago el zonzo: cualquiera sabe lo que pienso: basta con leer lo que escribo. Hay cosas del gobierno nacional que no me gustan, pero no son suficientes como para ir a un cacerolazo a jugarla de intachable y a putear como si fuese un ángel que bajó del cielo a mostrar lo limpio que tiene el traste.
Para mí, y pido disculpas a los angélicos, probos e intachables, este cacerolazo no es más que una suma de hipocresías que habrá de diluirse al día siguiente, una vez más.
Estaciono mi auto –harto de las caras de biblia y de calefón– decido entonces cuál será mi “18-A”. Haré algo saludable para mi memoria: llevar una flor a la tumba de mi amigo Gustavo Lo Re, un verdadero luchador social, un verdadero protagonista de un verdadero cacerolazo, cuando un país que agonizaba, el nuestro, que de verdad agonizaba, nos llevó a salir a la calle con cacerolas, porque lo que faltaba era la comida para parar la cacerola, no la llave para sacar dólares a otro país.
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Algunos saben quién fue Gustavo, pero la inmensa mayoría de la gente, no. Entre muchas cosas valiosas que hizo, estuvo la concreción del cacerolazo más alto del mundo, en la cima del Aconcagua. No tenía miedo de vivir y tampoco ha de haberlo tenido al morir estampado contra en el cerro que tanto le enseñó.
Vivió y murió como vivió: coherentemente, a cara descubierta, trabajando por los menos privilegiados y sin el menor atisbo de hipocresía. Cada vez que una cita como la de hoy se concrete, yo echaré mano de su ejemplo. Y pensaré, tal vez: dime qué te hace salir a la calle a manifestarte y te diré dónde pusiste tu corazón.
Él, por caso, nunca salió a la calle a pedir cosas para sí mismo, sino para los demás, para la mayoría, los menos privilegiados y los menos atorrantes. Él no hubiera sido parte de una cita como la de hoy. Eso lo hizo distinto y yo hoy iré a darle las gracias por serlo y a disfrutar de su silencio y de mi soledad sonora.
Ulises Naranjo.






