¿Qué dos demonios?
Cuando no hubo amor tampoco hubo odio. En todo caso venimos del terror, de la larga noche del miedo donde los gritos de los torturados repicaban ecos en los muros de la ciudad lluviosa. La primavera no fue primavera y las flores, mustias decoraciones artificiales, fueron plástico, tela brillante, adulteradas. Venimos del terror, muchos nacieron en el terror y fueron robados en el terror; y a pesar de recuperar a muchos nietos, faltan cuatrocientos. En eso estaremos lo que resta, perdiendo días para no perder la memoria.
Luego del terror hubo complicidad y justificación burlesca con la “teoría de los dos demonios” que reinó por décadas obedeciendo debidamente y poniéndole punto final al asunto. Fin de la historia. “Borremos el mapa y empecemos de nuevo”, se decía.
La ronda de los jueves, estoica, de esas madres de los pañuelos siempre nos cuidaron, y las abuelas nos acurrucaron sin que nos diéramos cuenta. Los hijos crecieron para rebelarse ante el olvido y la sumisión. Todo ello dio sus frutos en primaveras reales y ahí vimos al durazno y al damasco madurar hasta caer en nuestras manos y alimentarnos de los que nos ofrece la tierra.
De esa tierra nos han dado señales los que no están ni sabemos dónde están.
Por eso también defendemos la tierra nacional que muchas veces por monedas se fueron a manos extranjeras. Las vaquitas son ajenas pero los muertos son nuestros, y todavía queremos saber y preguntar. Sí, nosotros queremos preguntar dónde están los nietos que nos faltan, dónde los muchachos que se llevaron.
Iglesia, te queremos cerca cavando la tierra, y no en coloquios empresariales. Te queremos desempolvando archivos.
Reitero: cuando no hubo amor no hubo odio. Y ese estado de letargo de siesta pesada y prolongada nos dejó anclados en medio del océano, barco a la deriva sin timón, anclado y sin brújula. O peor, como un barco varado en el desierto bajo la ira de dios.
Hoy tenemos amor y odio y lo celebro. Amor para construir un país más justo y soberano, con memoria activa y preguntando. Combatiendo. Unidos a hermanos latinoamericanos en la misma sintonía, escuchando la misma radio donde se retransmiten miles de voces.
Refundación de la historia.
Y también hay odio, sí. Ese odio de quienes no quieren dejar sus privilegios, odio de fantasmas. Odio de mutantes. Son los que odian quienes quieren la sociedad anestesiada, líquida, abyecta. Sin embargo, jamás celebraremos la muerte, en todo caso celebramos los juicios. Que un Estado dé la posibilidad de defensa y no como cuando no hubo amor ni odio, sólo terror, donde nadie podía defenderse. Por eso algunos optaron, quizá erróneamente, por las armas en defensa del pueblo.
Pero no fueron uno de los demonios. Fueron parte de un pueblo que luchó de distintas formas contra la proscripción política, la desaparición, la represión, los planes económicos hambreadores y la muerte de los pibes.
Un solo demonio: el terror copando el Estado para exterminar. ¿Qué dos demonios? La soberbia armada fue la de aquellos que asaltaron el poder del Estado, dejaron a miles sin trabajo, persiguieron y mataron, privilegiaron a unos pocos a costa del hambre de las mayorías y desindustrializaron el país. Con la complicidad de los grises topos, con los servicios prestados por civiles guardianes del orden.
Violaron, torturaron, robaron los bienes de los detenidos, se apropiaron de los niños, se burlaron del dolor, descorcharon frente a la agonía del desvalido, picanearon por placer perverso.
¿Qué dos demonios? En todo caso, hay miles de demonios que caminan por las calles sin haberlos enjuiciado, todavía. Muchos que encontraron guaridas institucionales en otras provincias, amparados por cómplices de la época hoy devenidos en empresarios luego del robo y el saqueo para la corona. Las organizaciones del pueblo en su lucha contra esos demonios cometieron errores y también hubo traiciones, pero jamás podrán calificarse de demonios.
Por estos días, justo, en medio de la reactivación de la memoria, aparecen planteos muy similares a los que fogoneó el alfonsinismo con la denominada Teoría de los dos demonios. Tal vez sin utilizar el mismo nombre, pero persiguiendo el mismo objetivo: equiparar el exterminio del terrorismo del Estado de la dictadura con las acciones de la guerrilla argentina que ya por el 76 fue prácticamente aniquilada.