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Opinión

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ulises

Malditos saqueadores dejen mi plasma en paz

Los saqueos sirven para demostrar que los pobres pueden ser tan materialistas, eficaces, violentos y organizados como los ricos.
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No le tengo miedo a los violentos;
no le temo a los corruptos
ni tampoco a los mentirosos;
le tengo miedo
al silencio de los buenos
”.

Martin Luther King.



(Supongamos que vos que estás leyendo esto estás tan aferrado a tus bienes como un náufrago a un madero podrido. Esa no es manera de leer. Sabés que se pudre tu madero y vos mismo te podrís con él, como un fruto que no fue arrancado. Así es la vida. Supongamos que sabés que dentro de un puñadito de años, no serás nada y nadie recordará nada de nada de lo que hiciste ni tu cara ni tu nombre, porque no viviste para dejar algo, sino creyendo que es posible llevarse todo. De aquí viene tu idea del presente, tu voracidad, tu acopio, tu frenesí, tu avaricia, tus sistemas de alarmas, tu bronca también, porque hay amenazas, porque hay pobres y porque no sos eterno. He aquí el sino trágico que te constituye: estás dispuesto a matar, pero no estás dispuesto a morir. Y siempre ha sido así. Y en torno a esto construís todo lo que construís, también tu idea de lo divino, fundamentalmente tu idea de lo divino.

Dibujo de Luis Scafati.

Ahora mismo, supongamos que estás alterado porque puñados de desbocados salieron a la calle a saquear, a tomar aquello que no necesitan –plasmas, licuadoras, pan lactal, papel higiénico de doble hoja, pasta de aceituna, i-pads, botellas de whisky–. La situación te espanta como pocas cosas en la vida te espantan, porque tus instituciones se alteran, corren riesgo. Sin embargo, no te mientas: si los salvajes salieran a tomar lo que realmente necesitaran sería, para vos, lo mismo. El tema no es un televisor o un paquete de fideos; el tema es el castigo como forma de lo sagrado, que mantiene las distancias entre una clase y otra. El problema es que se te acerquen y que empiecen a parecerse a vos y ahora, con estos estúpidos saqueos, tenés más excusas todavía para pedir más campañas al desierto, más ghettos amurallados, más candidatos políticos políticamente correctos, moderados ellos, bien pensantes, supuestamente creyentes, sanitos y que, como vos, todo lo que consiguieron lo hicieron a través de su denodado esfuerzo.

Bueno, tal vez ya te enojaste e ironizás sin galanura. Tal vez no te guste pensarte así. Insisto: saqueo tu paz de aire acondicionado, saqueo tus lecturas de diarios derechos y humanos, tu vitrina con vajilla, tu foto en la torre Eiffel, tu muchacho desnudo crucificado y tu galletita light con queso magro. Amargo la dulzura de tu intocable altivez, ensucio el borde de tu pantalla e incluso el de tu ventana, que supiste conseguir, que supiste enrejar, para dejar el mundo afuera... Tal vez necesitás enemistarte con alguien, encontrar un distinto para fortalecer tus seguridades, la contundencia de tu credo y la severidad de tu mirada.

Está bien, está bien, está bien: no voy a decir que todos los mendocinos de clases media y alta son así, claro que no, de ninguna manera no. Es más, voy a decir que es muy probable que muchos que leen esto son justamente lo contrario, seres de luz que entenderán mi desmán, serán caritativos con mi error y generosos con mi disculpa
).


Vamos al tema, como si fuéramos al shopping: bajo el complejo e indigno marco extorsivo de una corporación intrínsecamente necia como la policía, muchos cabrones aprovecharon y salieron a saquear negocios. Ahora, es momento de venganzas, ojo por ojo, plasma (42 pulgadas, high definition, tecnología alemana de punta) por plasma (plasma sanguíneo, compuesto líquido espeso propenso al derrame).

Dibujo de Luis Scafati.

Ojo por ojo, plasma por plasma.

Antes de las ejecuciones, digamos que hay una lógica perversa detrás de todo esto del saqueo: la lógica de la posesión sin precio; no importa si sos rico si sos pobre. Tratar de obtener la mayor tajada sin justicia es una gimnasia que no reconoce clases sociales: unos saben cómo hacerlo y quedar limpios –el sistema los preparó también para eso– y otros rompen el vidrio con una remera tapándoles la cara. En tanto, los de uniforme miran el desastre como si nada, saqueando la enorme confianza que su propia comunidad les ha dado bajo juramento.

Todo saqueo es condenable, el de los malones marrones que bajan de las villas y también el de los estupendos saqueadores-hormiga de las franjas privilegiadas, con licencias para hacerlo. Lo que diferencia a unos favorecidos y a otros despojados, es la elegancia para saquear. El gusto de la zanahoria, en cualquier caso, es el mismo para todos y sólo varían los tamaños.

Sucede así: unos, salvajes y transpirados, entran a saquear aquello que les han hecho creer que necesitan –vía un modelo del éxito al que todos, como chimpancés en fila, adscribimos–. Otros, atildados y fragantes, saquean con distinción aquello que ya ni siquiera necesitan, porque todo lo que necesitan, ya lo tienen.

Unos son presas de un engaño fenomenal; los otros, también. Una vez concretado el acto, aparecen por doquier centenares de miles de ciudadanos ejemplares que condenan los hechos. Y las lecturas al respecto indican que la picardía siempre es ajena.

Los saqueos sirven, entre otras cosas, para demostrar que los pobres pueden ser tan cretinos, violentos, eficaces y materialistas como los ricos. Los saqueos demuestran que, dadas determinadas circunstancias y muy cada tanto, también puede haber impunidad para los desfavorecidos que eligen delinquir, apenas una docena de muertos no alcanzan a ser un merecido. Nadie saquea bienes simbólicos, a saquear también se aprende, amigo mío, y jamás en las bibliotecas.

Todo lo demás, lo que no es saqueo y castigo, es literatura.



Ulises Naranjo.