Canción de amor a un domingo perfecto
Te despertás un domingo a la mañana demasiado temprano, cuando amanece, se sabe, por este tema de la esclavitud laboral a que te ves sometido por la necesidad de ganar un puñados de monedas que te permitan emplear el resto del tiempo en lo realmente importante.
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Cerrás el plano de la visión y reparás ahora en la cara dormida de los que amás: te das cuenta que ejercen una forma pacífica del gozo y aceptás (porque a ese hora practicar la humildad y el despojo es insano) que una parte de esos sueños tiene que ver con el hecho de que has sabido, junto a tu compañera, conducir el ensamble familiar a buenos puertos.
Has sufrido, es cierto, como un perro, como todos has sufrido, nadie lo negaría, pero tu parte te tendrás merecida como todos, aunque si el mundo se rigiera por merecimientos y puniciones, esas espadas de hule de la justicia, sería bastante distinto a como lo conocemos. O al menos estaría dado vuelta, como un guante al final de la fiesta.
Necesario es el dolor, está claro. Sigue siendo una buena cita, a pesar de que las décadas de ingenuidad pasaron, aquella de Khalil Gibran, en su libro “El Profeta”, ese que te gustó en la lejana adolescencia de primeros libros adolescentes:
“El dolor es la fractura de la cáscara que envuelve vuestro entendimiento”.
Le das crédito otra vez a aquel escritor perdido, sólo porque estás contento y porque no tenés tiempo suficiente para recordar la justa anécdota de Basho o de Cioran o de Quevedo y está bien que así sea. Te quedás con la idea de la necesidad de atravesar las montañas del dolor para luego saber hacer silencio y dar las gracias.
Las cicatrices son dibujos; más bien, son mapas. Las lágrimas son gotas en la clepsidra de un futuro festejo silencioso.
Es así: uno a veces sufre para entender ciertas cosas. Uno, cuando puede, ríe y entiende. No obstante, uno, cuando puede, sufre y entiende, se ilumina, crece, logra dar con cierta llave del mecanismo que nos conecta con el pulso de las cosas.
Mirás alrededor. Abrís la heladera. Tomás un jugo y decidís no desayunar aún, para no hacer ruido, para hacerlo en familia también. Volvés a mirar las caras y te gustan esas caras.
Volvés a la cama y la mujer que amás gira dormida y te abraza con una ternura inconsciente y un convencimiento venido quién sabe de dónde. La dejás hacer, te quedás quieto, como un soldado cobarde recibiendo una medalla al mérito, y pensás que, efectivamente, ella te abraza como si supiera lo que está haciendo, te abraza como si desconociera toda la miseria que te constituye, te abraza como a un juguete perdido, te abraza como una náufrago a un madero de mentirita. Y aprendés a dejarte abrazar, porque el amor es siempre un gesto exagerado, una respuesta desmedida, un ademán que no viene al caso, negador de la tremenda ausencia tatuada en todo aquello que no es sueño ni amor.
Ahí te quedás, duro, blando, mirando el techo y oyendo respiraciones cercanas, como danzas de delfines, en un charco de tormenta. Dejás que pase el tiempo, como si todo lo vivido condujese a ese instante sin ansia, sin pretensión alguna, sin urgencia ni compromiso, sin contrato ni mandato, un instante en el que la contemplación del techo es el asunto más importante a resolver.
Así comenzará tu día, pero seguirá igual de asombroso: ya despiertos con emboscadas de infantes, con sus abrazos y besos, todos en la cama, entrelazados y tibios, henchidos y relajados como perros de palacio. Así, de pronto, en pleno domingo primaveral e imposible, todos se colgarán de una bellísima película llamada “Elizabethtown”. ¿A quién se le ocurriría empezar un primaveral domingo viendo una película que te hace llorar de tan honda y estupenda manera? Sin embargo, ahí estás; ahí están, gracias a que, tras un zapping atolondrado por ver los horarios de las ligas inglesa y española, te llega una maravilla (a veces, en ocasiones diversas y extraordinarias, la vida es como ese zapping, que se disfraza de azar, para acariciarte la espalda).
Después del desayuno, te pasarás el día preparando la fiesta del año de la escuela pública de tu hijo –que será un éxito, dos Teatro Plaza llenos de familias felices–, Boca la ganará a River, aunque eso ya no te importe casi nada, y cerrarás la jornada, con tu familia, comiendo un barroluco con papas fritas y cerveza negra en el Parque.
Volverás a acostarte, cansado como un boxeador senil que retuvo el título por puntos en fallo dividido. Allí estará el techo de nuevo, dispuesto a que apoyes en él tu mirada. Sentirás necesidad de dar las gracias. Te dirás a vos mismo que sólo el amor nos puede sostener. Te harás la promesa de escribirlo, para compartirlo con otros. Y te entregarás al sueño, que te llevará hasta el lunes.
Ulises Naranjo.

