Opinión
Ay, caprichosa: cuando es la dirigencia la que tira para atrás
ay caprichosa ay caprichosa
a mi me llaman la caprichosa
ay caprichosa ay caprichosa
a mi me dicen la caprichosa
La caprichosa, La Sonora Dinamita
Te puede interesar
Manuel Belgrano y su compromiso con la educación pública
Tres cosas, para avanzar en un análisis de la imposibilidad de salir del estancamiento provincial:
![]() |
En privado, cualquier dirigente político mendocino acepta que cuatro años de mandato, para un gobernador, es poco. La situación se repite cuando quien opina es un ex gobernador: el tiempo es poco para poner en marcha un plan y estabilizarlo. Y, además, las condiciones existentes generan otro escenario pro el que atraviesan los gobernadores: los intendentes, que sí pueden ser reelectos, terminan ofreciendo una competencia política desleal con el gobernador provincial.
![]() |
Los mendocinos aparecemos públicamente como reacios a aprobar modificaciones constitucionales y a avanzar con la reelección de los gobernadores. Ni pensar de buscar otras alternativas: por ejemplo, un mandato único, pero más largo. La realidad puede indicar que negarse a los cambios es más fácil que saber de qué se trata, que preguntar los porqué y de fundamentar los para qué de esas reformas.
![]() |
Por otro lado, también funciona en la memoria mendocina cierto mecanismo de desconfianza y miedo que acepta sustento en una historia en la que los protagonistas de los cambios no fueron claros al momento de propiciarlos o de hacerlos, directamente. El temor a que cometamos un error irreparable nos condena, de este modo, al status quo.
Los radicales piensan en privado que cuatro años no es suficiente para encaminar una gestión. Los peronistas, también. Y aunque lo lógico sería que quienes no tienen chances de gobernar -tal, por ahora, el caso de los conservadores- sean los que militen el estancamiento normativo, los caprichos sectoriales son los que mueven las decisiones de los dos principales partidos políticos de Mendoza.
Los peronistas salieron a sincerar sus apetencias de reelección, sin esconder, siquiera, que quien quiere ser reelecto es el actual mandatario. Hicieron la máxima apuesta posible, pero abrieron el juego a la posibilidad de que toda la Constitución pueda ser discutida, a cien años de su última discusión integral.
Bastante ha cambiado el panorama de las relaciones sociales, políticas y económicas en este siglo que nos distancia con aquellos constituyentes, pero lo que está más claro es que la provincia de Mendoza de hoy frente a aquella, aparece como apagada, anestesiada, sumisa y sin objetivos claros a la hora de definir su matriz económica y su concepción del ejercicio de la política.
Mucho hemos hablado en MDZ de la carencia de un plan que nos indique qué será de Mendoza en el futuro. Pero sobre el último tema, el político, no hay ojos para ver las contradicciones existentes y en vigencia legal entre la normativa nacional y la provincial, a la hora de elegir candidaturas.
Por caprichos, una vez más, la dirigencia prefiere mostrarse confundida, confundiendo a la población y, de esa forma, generando desconfianza en cualquier cambio.
El radicalismo ha salido a decirle que no a la reforma constitucional y pone el caballo delante del carro: “No a la reelección del Gobernador”, repiten, sabiendo que conseguirán con ello ya sea la caricia del tañir de alguna cacerola, o al menos evitar que les toque un sartenazo.
Pero la actitud aparece como poco valiente. ¿No hubiese sido mejor abrir la posibilidad de que todos los mendocinos discutamos una nueva Constitución? Si bien eso no solucionaría nuestros problemas, ¿no sería el escenario apropiado para discutir a puertas abiertas, de manera amplia y participativa y con menos riesgo de negociación previa los temas más profundos de Mendoza?
Corremos el riesgo de seguir repitiendo como loros, como los que tienen voz en los medios de comunicación, que “Mendoza es conservadora”, que “Mendoza no quiere cambios”, como si la caprichosa fuese una entelequia con ese nombre propio, cuando, en realidad, es un grupo de gente la que se arroga el poder de decidir por los demás. Y nada más.



