Opinión
Las claves: después de la indignación, la nada que indigna más todavía
No es fácil estar en el Gobierno y, desde el puesto encomendado, tratar de cambiar la realidad. Eso implica un cambio de verbo: del "estar" al "hacer" y "lograr". La sociedad a veces es ingrata y cuando no lo es quien observa al gobernante, lo es el superior, ya sea por desinterés, incultura o simplemente, porque el asunto no está en su agenda.
Sin embargo, cuando se está a cargo de una oficina del Estado y la misión está claramente definida, no hay excusas: o se avanza o se renuncia y se denuncia la inacción, los impedimentos, la falta de interés en torcer un rumbo mal trazado; no tiene sentido seguir en la indolencia.
Al menos, lo planteado es una posibilidad. Puede haber otras formas de llevar adelante el paso por la administración pública. Una opción muy de moda es remplazar desde el poder estatal emular a las ONG y, por lo tanto, trabajar en morigeración de impacto, en, por ejemplo, ponerle guantes a las manitos frías de un niño mendigo en lugar de revertir su situación.
Allí, en la masa del Estado, el ser un “experto” puede jugar a favor o en contra de la sociedad. Puede que el responsable de las políticas públicas sea el más capaz y, por lo tanto, sabiéndose sobreviviente de cuanto político pase por el cargo superior al suyo, su destino resulte saber “hacer la plancha” y limitarse a esbozar, en el momento más adecuado, ese rosario de excusas que se heredan y mejorar de generación en generación de burócratas.
O puede suceder todo lo contrario: la experiencia y el coraje, la decisión y la responsabilidad –en esta opción diferente radicalmente a la anterior- impulsan a un cambio de rumbo que no hace falta que nadie lo destaque públicamente porque se siente, se percibe, se palpa: se nota el cambio en la calle, en las cosas cotidianas.
La indignación
Hace 19 meses una cámara policial detectó que una mujer pellizcaba a su bebé en plena calle San Martín para que, al hacerla llorar y rodeada de algunos de sus muchos otros hijos, se generase un fenómeno lastimoso con la idea de conseguir que los peatones le regalen dinero.
Muchos la vieron y no le dieron nada. Muchos la vieron y le dieron algo. El Gobierno la vio y denunció el caso: distribuyó el video –como nunca lo hace- a los medios de comunicación de todo el país y, de inmediato, montó un operativo de “fast heroísmo” que consistió en anunciar un menú de medidas para que nunca más pasara eso que conmovió al país, ya que se retransmitió millones (y no exageramos: solo el video de MDZ tuvo más de 3 millones de visitas).
Hasta ahí, todo quedó perfecto: se había actuado rápido, bien y como el manual manda. La satisfacción por lo dicho colmó las expectativas de todos.
Pero dos meses después, aquella mendiga perversa, que torturaba en la calle a su bebé todavía lactante para pedir dinero como producto de la lástima, fue vista en San Rafael haciendo lo mismo.
La nada
Fue el primer indicio de que todo “el plan” anunciado por medio gobierno de Mendoza había quedado en la nada: ya sea porque nadie lo acompañó en sus decisiones, porque no tenía injerencia real en el problema o porque ya había hecho todo su esfuerzo: hablar frente a las cámaras.
Lo cierto es que fueron los lectores quienes avisaron que la mujer seguía haciendo de las suyas un año y medio después.
La nada indignante
Consultadas las autoridades sociales, aquellas que iban a actuar a favor de esos niños, las respuestas que consiguió la periodista de MDZ Jimena Catalá fueron las siguientes, en crudo y sin que emitamos opinión, todavía, sobre lo dicho:
- En diciembre de 2010 (fecha de difusión del caso) se le dio una ayuda económica de 400 pesos que se le quitó en febrero de 2011, tres meses después.
- Por su condición cultural de gitanos, se aceptó el argumento de los padres de las criaturas maltratadas: “Un gitano no va a la escuela”. La educación primaria y secundaria son obligatorias, por ley, en todo el país.
- Las escuelas no los quieren. Y punto: “El sistema educativo no está preparado para recibir a personas que tengan este tipo de cultura”.
- Algo más sobre la escolarización de los chicos mendigos: "De hecho la negativa que tuvimos en una de las escuelas donde se inició la gestión está relacionada justamente con que estos chicos no encajan en el sistema común, son niños y adolescentes que están en lo que se llama extraedad".
- Sobre las torturas a pellizcotes a las que fueron sometidos por la madre, esta fue la respuesta: "A partir de la denuncia, la fiscalía empezó a actuar. Todos los niños fueron evaluados en la guardia del Hospital Notti. Si bien estaba esta cuestión del pellizco, se verifió que no tenían signos de un maltrato, de abuso o daño. No eran pellizcones que le dejaran moreteado el brazo. Que no quita que no es una práctica deseable".
Sin moretón, ¿no hay daño?
Una vieja costumbre de los malos funcionarios es repetir, ante el pedido de respuestas sobre su accionar, que “siempre fue así”.
Con un buen diagnóstico a mano, toda su tarea se simplifica: “se hizo esto, hicimos aquello, no pudimos avanzar por aquí y, por cierto, tampoco por allá”.
No se pudo, no se quiso, no se dejó, no se nos permitió, no nos interesó, no le interesó a la víctima ni se preocuparon más ustedes. Todo esto podría ser parte de una respuesta clásica en Hacienda, Infraestructura, Educación, Seguridad o aquí, en el área social. Ni siquiera importa el nombre de quien lo dice: alguien más del montón da igual que una jefa o jefe que repite los mismos argumentos en medio de las capas geológicas que ocupan (¿o taponan?) uno de los casilleros del Estado.
Pero no hay nada más cruel que, con la bandera del progresismo agitándose a los cuatro vientos, el argumento sea ultrasocial para algunas cosas y nefastamente conservador para otras. “No hay moretones” de los pellizcos de la madre, se dijo y, entonces, no hay maltrato.
El daño no deja moretones: la desidia no los deja. El insulto, el ninguneo, tampoco se determinan con marcas en la piel.
El reduccionismo al extremo en manos de un funcionario a quien quisiéramos ver horrorizado frente a problemas que deberían no ser tan comunes, sobre todo ahora que, se supone, la situación económica y social no está en el límite de otros tiempos.