Opinión
Chanchadas paraguayas: la lección de la democracia "representativa" para no caer en el chiquero
En Twitter:@GabrielConteMDZ
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El golpe express, tal como se ha denominado a lo sucedido en las últimas 48 horas en la República del Paraguay, deja -como lección aprendida- un mensaje muy claro: las democracias representativas están dejando de ser no solo representativas, sino también democracias.
Un parlamento enceguecido por el poder enfrentó a un presidente con respaldo popular pero sin partido político propio, y decidió destituirlo a pocos meses de que su cargo fuera renovado por el voto popular -sin tratarse de un régimen parlamentario, claro está- en 24 horas y con argumentos ridículos.
Una chanchada
Hace algunos años, en ocasión de asistir a una reunión de trabajo en Asunción, nos llamó fuertemente la atención la claridad, ante ojos ajenos, del contraste social paraguayo. En resumidas cuentas, junto al río, al lado del Palacio López, sede del Poder Ejecutivo, una villa miseria se extendía a buen ritmo. La pesca y la cría de animales de corral representaba el sustento de estos vecinos del poder. Fue cuando, al visitar la sede presidencial, en tiempos de otro mandatario, vimos cómo una piara caminama de lo más campante por los jardines cercanos comiendo todo lo que encontraban.
Cerca, está el Parlamento. Se trata de un edificio vidriado que contrasta con la colonial Asunción. Uno de los anfitriones nos contó del revuelo que se armó cuando lo erigieron, ya que para ello no hubo miramientos en derribar las construcciones antiguas y pintorescas que caracterizan a la capital paraguaya.
En sus vidrios, ese bonsai de Chicago que representa el edificio del Congreso, reflejaba a los chanchos molestándose y paseandose por el barrio cívico. A nadie le parecía raro: se habían acostumbrado a su presencia.
Lo relatado no es una metáfora.
Lo que sí lo es, es la idea imborrable, después de ver por televisión el proceso completo del denominado "juicio político" contra Fernando Lugo, de que los cerdos lograron cruzar los límites espejados y acomodarse en las sillas del Parlamento.
Ni argumentos, ni justicia, ni democracia
Ningún argumento fue sólido a la hora de acusar a Fernando Lugo, para quien -tal como socarronamente, en medio del dolor por el golpe de ayer- comentó que "hasta me parece más cuestionable que haya andando embarazando chicas siendo obispo que lo que se le endilgó para destituirlo del cargo presidencial".
Entre chistes, mates y evidentes gestos de complicidad, se fueron pasando en la sesión de un órgano que debería ser sagrado el libreto cuyo final todo el público sabía. Hasta circuló, anticipadamente, el texto del dictamen destituyente mucho antes de que correspondiera su votación. Un concejo deliberante de pueblo autoritario, ésa es la imagen que dejó, a los ojos del mundo, el Congreso paraguayo.
Un legislador, muy ansioso por empujar de una vez por todas a Lugo al precipicio, llegó a decirle: "Hasta nunca Lugo, que en paz descances", sin causar la menor impresión del resto de la piara... de los parlamentarios, perdón. Otro, tras uno de esos cuartos intermedios en los que las risotadas retumbaban detrás de escena, alertó a sus pares: "Che, nos están mirando desde el mundo entero, demoremos esto hasta el lunes así no dicen que no dimos garantías para la defensa".
Así fue todo: rápido, furioso y sucio.
No hizo falta que aparecieran uniformes, como sí se requería, por ejemplo, en un suceso similar ocurrido hace un tiempo (y que ya olvidamos) en Honduras, al expulsar al presidente Manuel Zelaya, todavía en pijamas, del país. Y guardando las formas que, sinceramente, las reglamentaciones de nuestra "democracia" hacen que cada día que pasa resulte más una puesta en escena que un "sistema de vida".
Tampoco sirvió para mucho la recientemente creada Unasur, como sí ocurrió con Ecuador y Bolivia cuando vivió sus propios intentos golpistas. Otro tema a revisar: cuál será su rol en el resguardo de la legitimidad popular y no solo jurídica de los gobiernos de la región.
Finalmente, mientras muchos estaban atentos a los temas más banales (ya que la televisión argentina le dedicó espacio a los más bizarros temas mientras en Paraguay se producía el golpe de Estado), Fernando Lugo, ese que creyó que hablaba desde el púlpito de los fieles a la iglesia de la que fue obispo, fue notificado de que tan solo era una pieza más de una democracia que se rige, todavía, con los antiguos privilegios de la "representatividad" atada a los sectores que venden sus bancas como si se tratase de champú o pasta dentífrica.
La gran lección de Paraguay es esta: la necesidad de avanzar hacia nuevas formas de participación que renueven el concepto de democracia.
Si esto no ocurre allá, aquí y en todas partes, nos comerán los cerdos.
