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Opinión

La maldición de los gobernadores de Mendoza y el país de las triquiñuelas

La semana que terminó dejó en claro el contexto adverso en el que se desarrollan las acciones gubernamentales en Mendoza y la dificultad en salir adelante. Pero el desafío es conjurar la condena a que siempre nos gane la coyuntura.
Los primeros cuatro gobernadores de la democracia Foto: mdz
Los primeros cuatro gobernadores de la democracia Foto: mdz

En Twitter: @GabrielConteMDZ

Termina una semana bipolar:  quedó marcada por el pesimismo socioeconómico con origen en la incertidumbre y la falta de explicaciones en torno a qué camino se seguirá en materia cambiaria y una euforia presidencial sin límites, en su desembarco comercial en la insólita y paradojal Angola.

Ambas situaciones nos afectan:

- En Mendoza comenzó a correr un escalofrío persecutorio entre comerciantes por el poder de policía de la Afip, detrás de todo aquel que venda, compre o acepte moneda extranjera. Y algo más grave: numerosas actividades comenzaron a señalar que se les hace imposible funcionar bajo este sistema de cepo, en el que para hacer cualquier cosa hay que pedir permiso no a las leyes en vigencia sino… a Moreno. Por ejemplo, los exportadores, que se ven imposibilitados de cerrar sus transacciones debido a la incertidumbre y a los controles, a las restricciones y, en muchos casos, hasta un prematuro (aunque creciente) miedo a que nadie sepa hacia dónde vamos en materia económica. Los camioneros mendocinos, en tanto, ya anunciaron que no pueden seguir viajando a Chile. Algunas bodegas, inclusive, debido a la baja rentabilidad de la actividad y a esta situación, se han desprendido de personal y trasladado, directamente, sus oficinas comerciales a Chile. En esta Mendoza que soñamos como “el Canal de Panamá” del Mercosur, no se les puede pagar viáticos en pesos chilenos a los choferes ni pueden hacer frente a los peajes y el pago de combustible tras el cruce de la frontera. Hace unas semanas, no más, nos quejábamos de lo increíble que son las demoras en la Aduana internacional cuando uno quiere vincularse a un país hermano e integrado en muchos aspectos económicos y culturales, pero la situación, hoy, va más lejos: directamente se comienza a percibir no una glamorosa incomodidad, sino una restricción concreta a moverse hacia afuera de las fronteras nacionales. Conclusión: estamos en problemas y no hay voceros capaces de frenar a los agoreros, aunque hay muchos militantes que denuncian su existencia.

- En cuanto a la misión comercial a Angola, las chicanas que abundan sobre lo exótico del destino y las reales posibilidad de generar un intercambio comercial, son apagadas por muchos empresarios cuando señalan que, en realidad ese país gobernado por un gobierno autocrático es, más allá de los “detalles” que representan su situación política y social, una puerta para un sector de África que algunos empiezan a visualizar con un futuro similar al del Sudeste asiático. Lo cierto es cuando le preguntamos al presidente del INV sobre el presente de las relaciones entre nuestro vino y los angoleños, admitió que “es gente que prefiere la cerveza”. Dos bodegas  -sin raigambre local- como Marolio y Don Huberto, son las que fueron en la misión, aunque muchas otras vienen trabajando desde abajo, tratando de convencer a los africanos de que hay que tomar vino y, si es Malbec, mejor. Pero para esa tarea deberán invertir mucho dinero en promoción, a largo plazo y con dólares que no pueden comprar en la Argentina. Conclusión: no es Angola la solución a los problemas mendocinos, por ahora.

El país de las triquiñuelas

Tal vez haya tan solo dos ministerios del gobierno "nacional" con alcance sobre todo el territorio argentino: el de Planificación que conduce Julio de Vido y el Desarrollo Social, con Alicia Kirchner. En ese país estamos como provincia. Y a esas oficinas llegamos de rodillas a pedir que nos coparticipen de algo de lo que les participamos directamente.

Así y todo, esto de que haya dos ministerios con acción centralizada y directa, pero que llegan a todo el territorio, representa un avance notable con respecto a gestiones anteriores en las que los gobernadores no conseguían siquiera intermediarios de peso para hablar con los ministros de una sóla área.

La costumbre indica que el gobierno nacional trabaja para el conurbano bonaerense. La práctica política le ha agregado, en los últimos tiempos, una nueva misión: "Hay que conquistar la Ciudad de Buenos Aires a cómo dé lugar". Y en eso se entretienen entre cafés, militancia y estadía en el despacho.

Antes no era mejor: la interna del partido gobernante en la Capital Federal se dirimía en los despachos de las más sofisticadas secretarías, subsecretaría y direcciones "nacionales", plagadas de punteros porteños.

Allí, lejos de pensarse el país como territorio federal, se piensa a la CABA y el conurbano como el espacio que requiere de su atención. "Que de las provincias se encarguen sus gobernadores", ha escuchado más de una vez algún intendente haciendo la típica amansadora para ser atendido por algún empleado de última categoría.

El stand by provincial

El contexto no acompaña las intenciones épicas esbozadas, probablemente con la mejor de la voluntad, por el gobernador de la provincia, Francisco Pérez, en su discurso ante la Legislatura. Una buena enumeración de acciones que podrían configurar hasta un buen plan, tropiezan con lo mismo que les ha pasado a todos los gobernadores: una maldición.

Echándole una mirada desde arriba a la situación que rodea al actual gobierno, y desde esa distancia, podríamos confundirlo con fotogramas de gobiernos anteriores. Tres ejes complican el arranque de cualquier plan y atentan, en definitiva, contra el éxito de la gestión que es, en definitiva, el éxito de una Mendoza empantanada:

1- La plata. El máximo esfuerzo de la gestión está puesto en obtener créditos para pagar los sueldos de los empleados públicos. Parece esta una definición simplista, pero es más o menos así: Paco Pérez es parte de una gestión que no cuenta con los colchones financieros que tuvieron sus dos antecesores y debe afrontar el déficit en momentos en que el mundo redefine el futuro del manejo de las finanzas. Lo que se exhibió como una gira “exitosa” ya no lo podría ser calificada de la misma manera con tanta liviandad, porque lo que le pasará ahora al Gobierno es que tendrá que “remar” con más fuerza la búsqueda de respaldo y garantías a su necesidad de fondos, además de afrontar con la mejor cara posible el malhumor que generan siempre las medidas recaudatorias compulsivas, por más justas que sean (y, de hecho, lo son). En el tema “dinero”, Pérez necesita más que apoyo militante y aplausos. Es su ausencia la que lo detiene en la negociación salarial con los empleados del Estado que reclaman cada vez con más fuerza un reacomodamiento y, aunque en la última semana han obtenido resultados parciales, representa un conflicto con varias “bombas de tiempo” activadas en los municipios y en el sector de los trabajadores de la salud, principalmente.

2- Lo político. Si bien hay quienes ven en reacomodamiento interno del peronismo solo eso, y lo vinculan al constante afán de poder que los caracteriza, hay señales de alerta: ¿quién gobierna sus realidades municipales, de su dependencia, dirección, subsecretaría mientras se opera a favor o en contra de tal o cual grupo interno? Dejar de lado la gestión en sus pequeñas cosas tiene un costo altísimo, que no se mide sólo electoralmente (y no podría medírselo a tanta distancia de un proceso eleccionario) sino que repercute en los servicios, el funcionamiento de la maquinaria del Estado y, centralmente, en sintetizar la acción del gobernante en lo que puede graficarse como un bote que se deja llevar mientras sus pescadores buscan solo la comida para hoy, sin preocuparse por mañana, que será un día igual, para marcar en el almanaque. Un stand by típicamente local, que hace que las cosas naveguen hacia donde las lleve el viento. Todo “bien” así: es la cultura de la nadería mendocina que excita a los conservadores. Pero nadie sabe qué pasaría con este barco si lo sorprende un Zonda.

3- El contexto nacional. ¿Qué somos para nuestro país? La Argentina no le va a dar bolilla a Mendoza si los mendocinos, primero que nadie, no sabemos qué queremos ser en el contexto nacional. En un país de federalismo dudoso, en caso de que el federalismo se volviera efectivo sería difícil hacer surgir a la provincia, con mecanismos institucionales atrofiados por falta de uso. Acostumbrados a hacer lo que nos dejan, a usar los fondos que nos dan y a dejar de hacer aquello que no interesa en la administración central del país, nos hemos olvidado de construir una personalidad propia que nos distinga. El presunto “afecto” nacional ha resultado un placebo que nos ha detenido en la tarea de reactivar los músculos de la identidad local. Tal vez sea por eso que las provincias menos beneficiadas por la Nación responden como “perro malo” y, toreando a todo quien se le acerque, rechazando cualquier propuesta de cariño, optan por hacer lo que se les plazca con su destino, dedicándose a la carroña o resguardándose en lo que sus propios medios le permiten.

Ese maldito sillón

Si esperamos que se den las condiciones favorables para avanzar como provincia, ellas nunca se conjugarán.

Apelando a la autoestima perdida, se ha apostado bien a genera una idea de Mendoza con “espíritu grande”. Pero la cuestión aquí no es mística, sino bien terrenal: hay que tomar decisiones, mirar por encima de la coyuntura y redefinir el futuro de toda la provincia.
Es muy probable que se alegue que el corto plazo de mandato del Gobernador para hacerlo representa un gran obstáculo: es cierto. Por más grandeza que se alegue, lo que necesita para sostener a su equipo es, esencialmente:

- Superar las dificultades del día a día, sobre el pucho. Se puede recurrir a parches o medidas de largo aliento. Si en este diagrama de flujo de la realidad se opta por lo primero, es probable que se logre mejorar el clima inmediato y ganar las elecciones siguientes. Con esta opción se salva un grupo de gente.

- Avanzar en las cuestiones de fondo, sin prisa y sin pausa. Si se afrontan los problemas emergentes de la crisis estructural, es probable que, además de que un Gobernador esté en la crónica de la historia, quede en la Historia. Con esta opción se salva a Mendoza. Pero no puede llevarse adelante sin comprensión y acompañamiento.

Al actual gobierno le puede caer encima el efecto de “la maldición de los gobernadores”: una condena a vivir en un eterno presente.

Un estado monstruoso que no funciona y que duplica o triplica funciones “porque sí” sin medir su incidencia en la vida de la sociedad; conflictos de índole gremial que hacen que el Gobierno deba detenerse a mirarse el ombligo; desactivación de actividades productivas por sectores que no funcionan sino a tracción de subsidios estatales, alejadas de la realidad; y la siempre latente endogamia política de los acólitos, que abrevan en el gatopardismo de proponer reformas políticas y constitucionales, pero para que nada cambie.

Les pasó a todos los gobernadores: rehenes de sus partidos, de las presiones de grupos económicos, del gobierno nacional, de las circunstancias urgentes o de su propia carencia de determinación, se diluyó su gestión en un puñado de buenas intenciones que no alcanzaron para elevar su estatura y la de la provincia que está en sus manos.

Sin dudas que es un problema de todos y no sólo de quien gobierna.

Pero la maldición que puede sufrir en carne propia Paco Pérez salpica con sus efectos a todos y cada uno de nosotros, a nuestros hijos y las futuras generaciones.

Hay que conjurarla. Y para que surja efecto el conjuro, hace falta mucho más que “espíritu grande”, sino la decisión del número uno de involucrar a todos los sectores en la gran pelea.