Opinión
El manual peronista para sacarse de encima a Boudou (y su guitarra)
En Twitter: @GabrielConteMDZ
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El peronismo jamás gobierna solo: lo hace acompañado por corporaciones o partidos con quienes comparte temporariamente el poder, aunque se reserva el liderazgo y la última palabra, entendida ésta como la capacidad de sacarse de encima a los que ya no les sirve como aliados.
Así, en la historia reciente, le ha pedido prestados hombres y mujeres a partidos de izquierda y derecha, sin miramientos. Desde aquel Perón que tuvo en su fórmula presidencial al radical Hortensio Jazmín Quijano, hasta el que sumó a representantes de sectores del poder, como sucedió con Néstor Kirchner y el inclasificable Daniel Scioli. La versión cristinista fue primero Cobos y ahora Boudou y con Menem la historia fue más compleja, pero repetida dentro de la misma matriz: consumió a los sectores ultras hasta licuarlos.
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Podríamos decir sin ofender a nadie que el peronismo no se nutre de una ideología sino de todas y que no tiene un programa sino todos. Este “peronismo para todos” ejerce una fuerza centrípeta y, como si se tratara de un lavarropas, cuando está terminando el proceso del que se hizo cargo se pasa a modo centrífugo, lanzando fuera de su eje a todo lo que le represente un lastre.
Se adapta, entonces, al momento que se viva en el mundo y que más le convenga. Es neoliberal o keynesiano, o las dos cosas al mismo tiempo, si eso resuelve problemas internos o les confirma su liderazgo electoralmente.
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Lo dijo recordando a María Julia Alsogaray, la única menemista que terminó condenada por la justicia en medio de escándalos en las que estuvo acompañada por nombres que poco a poco hemos ido olvidando: Mario Caserta, Eduardo Bauzá, Armando Gostanián, Miguel Ángel Vicco, Emir Yoma, Matilde Menéndez, Adelina Dalesio de Viola…
Amado Boudou tambien llegó desde la cantera de dirigentes de la Ucedé.
Cuando Cristina Fernández de Kirchner lo eligió como su compañero de fórmula, desde la Ucedé celebraron su designación como si se tratase del ascenso de un par. Fue Jorge Pereyra de Olazábal, ex funcionario de Carlos Menem y seguidor a ultranza de la ortodoxia de los Alsogaray, quien dijo: “Nombró a uno de la Ucedé, no a un montonero como Zannini o Abal Medina”.
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El dirigente mendocino que volvió al frío es tremebundo en su análisis: “A Sergio Massa también se lo quisieron sacar de encima y lo único que lo sostiene es su popularidad y su gestión en Tigre, lo único que le puso freno a la embestida en su contra”, dice, mirando de reojo hacia atrás por si vienen por él.
“El manual no está escrito”, dice, pero recuerda que “se lo conocen todos igual de memoria: no les servís y te sacan”.
Aquel Boudou que fue el candidato de Hugo Moyano y Hebe de Bonafini para el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires se quedó sin esa cuota de poder (cuando Cristina le levantó el pulgar a sus otros dos contrincantes internos, Filmus y Tomada). Pero hoy por hoy exhibir como un respaldo a la líder del sector más oficialista de las Madres no es negocio político y el cegetista ya está en otra vereda.
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Le queda solo la remera que dice “Clarín miente” y la guitarra con la que sigue cumpliendo un rol de Hamelin, sumando en el camino más fans que militantes y tocando una música que cada vez suena más desafinada en los oídos del poder, vale decir, en los del jefe de La Cámpora e hijo presidencial, Máximo Kirchner.
El actual vicepresidente se aferra con uñas y dientes a la consigna presidencial del “vamos por todo” y lo hace con un énfasis que sólo consiguen los conversos. Con o sin razón (lo que quede de la Justicia deberá probarlo, necesariamente para la institucionalidad del país) embistió contra un ícono setentista, como lo es el ahora ex procurador Esteban Righi, ex ministro del mítico Héctor Cámpora, ícono histórico de la actual gestión. El asunto es que lo volteó.
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En medio de la interna del poder Boudou lleva las de perder si nos ceñimos a la simple lectura histórica y aunque al Gobierno no le quede más opción que sostenerlo como entenado que es para evitar la comparación con su anterior “error”: Julio Cobos.
Por ahora, la puja queda en qué asunto quedará resuelto y cuál morirá en el olvido:
- la presunta complicidad suya con negociados incompatibles con su función;
- los presuntos delitos cometidos por quienes lo denuncian;
- o, finalmente, la interna entre “paladares negros” y “entenados”, un clásico del peronismo en el poder.
Por estas tres cosas, la disputa se da en todos los campos del Estado: su búnker es el Senado de la Nación, sus acciones involucran al Poder Judicial y su situación incomoda al Poder Ejecutivo y al partido gobernante.
Entonces está más claro que nunca que el Caso Boudou es un asunto de Estado y no una anécdota pasajera y que, como tal, merece toda la atención.





