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Opinión

CFK, la clonación de la vaca Rosita, Cindy Crawford y el vaso medio lleno

Una opinión sobre el mensaje presidencial al Congreso de la Nación, a cargo del director de MDZ. "No podemos ser necios: hay un proyecto de gestión a cuyos argumentos no hay opositor que sea capaz de responderle con todas las letras", dice en un tramo de su análisis.
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En Twitter: @ConteGabriel

Podríamos escribir un listado de todo lo que no dijo la presidenta Cristina Fernández de Kirchner en su discurso de apertura de las sesiones ordinarias del Congreso de la Nación. Inclusive, poner el acento en que se sentó junto a un vicepresidente cuestionado y sin historia política, abismalmente diferente a la primera mandataria.

Podríamos, también, concentrarnos en el tono canchero o en las divagaciones al margen que, en medio del uso de la palabra, siempre, opacan lo que es el nudo de sus mensajes. Aquello de ver el vaso medio lleno o medio vacío. Esta nota mira al primero.

Otra opción pudo haber sido refutarla punto por punto: claro que es posible hacer eso, aunque lleve un gran trabajo.

Dejó picando una serie de posibles títulos ridiculizadores en su mensaje: hablar de Rosita, la vaca clonada, de la visita a la tumba de Evita por parte de Cindy Crawford o de un montón de otras cuestiones al margen.

Pero esta nota es posible porque la Presidenta le dio contenido a cada una de esas frases que aparecen, descontextualizadas, como ridículas o ajenas, cuando las vinculó a la puesta en marcha de proyectos tecnológicos en el primero de los casos y al interés por cosas mucho más profundas que lo banal por parte de personajes de la farándula de las que habla el común de la gente fuera de los pasillos del Congreso.

Al escuchar las palabras de un Jefe de Estado con la dimensión y profundidad de las que escuchamos, hace que aquellas primeras opciones aparezcan, finalmente, como oportunistas y simplistas. Como un último recurso.

En un país maniqueísta, es necesario explicar por qué un periodista escribe lo que escribe, lamentablemente. Pero en este caso no hay problema en hacerlo: es la primera vez que puede escucharse qué piensa un Gobierno, cómo se defiende de lo que ya hizo y hacia donde va, con evidente convicción, aunque no coincidamos con él.

Hemos asistido a toda una historia de formalidades que no le interesaron nunca a nadie, de exaltaciones de cuestiones inexistentes en la realidad o de anuncios de proyectos que jamás se cumplieron. Puro humo: formalismo, polémica calculada y sin trasfondo, Omertá.

Podemos no estar de acuerdo con el rumbo del país, la ideología de quienes gobiernan, sus hechos, sus caras, “ese tonito” (como alguna vez este mismo autor criticó de CFK), su historia o su presente político y, sin embargo, no podemos ser necios: hay un proyecto de gestión a cuyos argumentos no hay opositor que sea capaz de responderle con todas las letras, sin caer en el balbuceo de algún rosario de frases hechas que, como los periodistas ya sabemos, tienen escritas de antemano para darle enter una vez concluida su tarea de oyentes desde sus bancas.

Cristina habló y fue escuchada, cosa que pocas veces le ocurrió a otro mandatario en una situación similar.

Consolidó los amores y odios ya existentes, pero esta vez, lo hizo disminuyendo al mínimo las cuestiones cosméticas y metiéndose de lleno en la economía (con eso arrancó una alocución que prometió ser aburrida, pero sólida), en los hechos recientes que la habían colocado en una situación de debilidad (y allí concitó la atención de todo el mundo, al hablar de la situación ferroviaria, incluyendo un fuerte golpe a Mauricio Macri por la transferencia de los subtes, para luego ceder, en un acto que la mostró “generosa”, a la pretensión de que la Policía Federal continúe vigilándolos).

Luego, se metió en las políticas socioeducativas y se sumergió nuevamente en las profundidades de las acciones de su gobierno. Es verdad: no faltó un tono proselitista. ¿Pero qué presidente del mundo no aprovecha ese momento para hacer lo mismo? El asunto es tener de qué hablar sin ceñirse a un discurso frío, preparado por asesores y que –como ha pasado históricamente en la Argentina- provocando el desinterés en la palabra presidencial, cuando no repulsión.

Cristina habló, como siempre, con momentos de lucidez que la mostraron como una estadista y en otros, como conductora de un talk show. Su mensaje fue para ser escuchado y resultó difícil despegarse de la radio o de la pantalla, criticarla, elogiarla, contradecirla o, simplemente, para saber. Eso ya fue logro en sí mismo: una Presidenta dice cosas y hay quiénes quieren escucharla, algo insólito en la historia argentina.
Su pasión apasiona a los oficialistas incondicionales que le hacen mucho mal al Gobierno. Pero está ahí, disponible para que la tomen, también, los opositores, para saber cómo provocar su propia vocación de poder.

La Cristina que brilló en su mensaje al Congreso fue más la Kirchner que la Fernández; fue la militante, la que es capaz de movilizar con la sola pronunciación de un discurso basado en sus hechos y convicciones, aunque cada palabra pueda ser refutada por el periodismo o los opositores. Y eso se llama “política”, algo que al país le hace falta cultivar.