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Opinión

La Isla de la Fantasía: un capítulo de la tragedia argentina

El Gobierno nacional incurre en una serie de contradicciones profundas entre el ejercicio del poder y el relato con el que construyen su imagen pública. Tiene varias salidas posibles, pero eligen la más cruel: encerrarse sobre sí mismos.
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La Isla de la Fantasía fue un clásico de la TV. Allí llegaban personas con el afán de cumplir sus sueños y se enredaban en historias amorosas o dramáticas, encontraban su destino o lo perdían. Una mezcla de misterio y pasión que atrapaban a los televidentes con un hilo conductor en el que una sola persona, el anfitrión, asistido por su pequeño amanuense, tenían en sus manos qué se conocía y qué no del trasfondo no siempre claro de la realidad de la isla. Ricardo Montalbán tenía en sus manos “el relato”. Claro que, al final del programa, todo quedaba más o menos en claro, aunque algún misterio permaneciera sin resolver.

Lo que pasa en la Argentina tiene algunas similitudes con la serie setentista (más allá del setentismo, digo).

Hay un libreto que se sigue a rajatabla y una realidad virtual construida sobre esa base y que ex profeso deja afuera a todo recurso expresivo que atente contra el argumento central.

De entrada se nos habla de progresismo con discurso, imágenes y folklore anclado en el pasado lo que resulta contradictorio con aquel concepto político. En la práctica lo que hay es un impulso conservador popular basado en una especie de “capitalismo de amigos”, nutrido de amigos muy capitalistas y muy anticapitalistas, pero amigos al fin, que en algún momento, también pueden dejar de serlo, como ya pasó con Magnetto, Eskenazi y Brito, entre otros.

En un gobierno que se preocupa por mirar los antecedentes de todos sus interlocutores y resaltar el pasado de cada uno de ellos (cuando le conviene incinerarlos en él), no ocurre lo mismo con muchos funcionarios, empezando por el vicepresidente de la Nación, que nació en las antípodas del relato, en la Ucedé menemista y la Upau universitaria que se cagó en todos los principios que en las mismas universidades pregonaba, por ejemplo, la Juventud Universitaria Peronista.

De todas maneras, no podría afirmarse que “el modelo” también resulte contradictorio con los planteos de quien fuera uno de sus ministros de Economía y hoy, el primero detrás de la Presidenta en la línea sucesoria: más que ecléctico es móvil; más que “un proceso en marcha” (como les gusta creer que pasa a todos los bien intencionados militantes de izquierda que se han sumado al proyecto), es un espacio de poder que no se quiere perder y poco más, aunque haya que afinar el uso del lenguaje para llamarle de otra forma a palabras prohibidas en el catecismo K como, por ejemplo, “ajuste”, rebautizándolo como “sintonía fina”.

Como la idea no es hacer aquí un análisis económico sino formular algunos apuntes sobre las contradicciones que hacen peligrar el propio sustento de los principios fundacionales del Gobierno, no abundaremos sobre los efectos concretos de la quita de subsidios a los beneficiarios directos de ellos bajo la misma idea “sintonizadota” sin tocar los privilegios que reciben empresarios ricos con empresas pobres.

Ayer murieron en el corazón de la Argentina 50 personas en el choque de trenes de la línea Sarmiento. Los ferrocarrilles recibieron en cinco años 15.400 millones de pesos en subsidios. En 2008 se anunció desde la Presidencia el soterramento de esa línea ferroviaria, tarea que este año debería estar terminada. Pro fue solo realidad virtual. Mucha gente puede creer que pasó, porque aquellas imágenes del acto oficial se transmitieron en vivo, directo y en casi en cadena nacional. Si los trenes no chocaban y moría tanta gente, nadie se hubiese enterado jamás fuera de la Capital Federal de que aquel soterramiento no realizado.

Mientras los trenes chocaban, el show time oficial incluía la insólita presencia del ministro de Salud de la Nación en el Puerto de Buenos Aires, a la espera de la llegada de de un crucero con un presunto enfermo de gripe.

Pero no se lo vio recorriendo hospitales, como tampoco hubo una de las ya habituales cadenas nacionales para explicarnos cómo es la realidad, en la que se determinara los pasos a seguir en torno a la concesión de los ferrocarriles, el futuro político del secretario de Transportes y, más allá del duelo nacional por las víctimas, alguna mínima mención al respeto por los derechos humanos de los argentinos en el presente, violados, pisoteados y masacrados por empresarios inescrupulosos que sobreviven por la tolerancia del Gobierno de turno.

La tragedia ferroviaria es una metáfora de la Argentina. Somos como la India… hace 50 años mientras, paradojalmente, nos damos el lujo de darles recetas económicas a la decrépita Europa o a la esquizofrénica política estadounidense.

Entiéndase bien: esta no es una crítica descarnada al país. Sí lo es a la incoherencia, a la falta de continuidad en los hechos de un discurso que, en apariencia, cierra como perfecto y así lo ha entendido más de la mitad del país que eligió la continuidad de un gobierno del mismo signo y que castigó a una oposición sin brújula.

Metemos a Malvinas en la agenda y no lo están las economías regionales (por citar una de las tantas batallas que hay que dar previamente a embarcarnos hacia el Atlántico Sur) que dependen de la subordinación al poder central, como siempre. Nada cambió en este punto.

Una serie de hechos socavan la credibilidad del “proyecto nacional” y la respuesta es más control de la comunicación al principal grupo político de poder del país, que no es el Partido Justicialista, sino un movimiento legítimo, aunque liderado por el hijo de Néstor y Cristina, Máximo y que se ha quedado con la conducción de las empresas estatales clave y, también, de la potestad de dar / no dar difusión a los actos de gobierno a tales o cuales medios, según la maniquea concepción de “patriotas/antipatriotas” que surja como consecuencia del debate interno de este sector interno del peronismo.

Un gobierno progresista que levanta la bandera de los derechos humanos no implementa un proyecto financiado por los Estados Unidos para espiar a la dirigencia social. Pero este sí lo hizo. Es probable que la culpa sea de Aníbal Fernández, el ángel expulsado del cielo cristinista, pero ángel K al fin. Y es poco creíble que la ministra Nilda Garré no haya sabido nada del Proyecto X. Si es así, es un peligro que un funcionario de tan alto rango gobierno sin saber en dónde está parado.

Un gobierno progresista no reprime al protesta social de quienes rechazan (con o sin razón; con mayores o menores fundamentos; ese es otro tema) los proyectos mineros.

Y un gobierno progresista tampoco habría permitido que su vicepresidente permanezca impune frente acusaciones (todavía no comprobadas) de negociaciones con el Estado a través de presuntos testaferros. Un sinnúmero de preguntas sobre el caso -que resultan inquietantes- formuló un solo periodista Hugo Alconada Mon, sin conseguir respuesta oficial o de la Justicia.

La respuesta a la aparición de tantos flancos es la creación de un “gobierno Tupperware”: se cierran herméticamente sobre los íntimos, sospechan hasta de los propios fundadores del proyecto, quitándoles las lapiceras decisoras de las manos y determinan quiénes deben ser amigos y quiénes no.

Así, el viejo amigo Clarín devenido repentinamente en enemigo quién sabe por qué razones, ya no será el único que “miente”: lo será todo aquel que exprese una disidencia. Ojalá que no. Ojalá esta opinión sea tan solo una premonición trunca. Porque, a decir verdad, no hay una alternativa real, sólida y sustentable al actual Gobierno.

Pero ojalá (vaya palabra que resume el summum de las esperanzas) se entienda que las contradicciones no son parte de una presunta amplitud del Gobierno, sino que atentan contra el espíritu que dicen sostener y afectan, centralmente, la credibilidad del relato oficial.

Hasta La Isla de la Fantasía tenía un momento final en el que se descubría la verdad.