|
Opinión
Joven de Nochebuena
El escritor Lucio Albirosa nos deja un texto literario, apropiado para las fechas que transitamos.
Habían pasado escasos minutos de las veintidós y ya nadie parecía quedar en las calles. En una esquina de la ciudad, de esas que dan su cara principal vidriada hacia cuatro semáforos, sentado junto a su sombra y nada mas, el joven estaba contando los pocos billetes y las tantas monedas de escasa validez que había obtenido a lo largo del día; producto ganancial del oficio de lustra botas.
La nochebuena descendía lentamente para enredarse con el brindis de la hora cero en un estrechado abrazo de navidad –de “Feliz Navidad”- con casi todos los hombres, a excepción de pocos, a excepción del joven: que lo único que hizo no fue mas que detener el parto de lo que para otros era fiesta y cerrar sus enceguecidos ojos para dar un repaso por años pasados, particularmente, lo atravesado en cercanías a esta fecha e inclusive, en la exacta. Vinieron entonces a su cabeza los recuerdos profanos de la ultima navidad compartida junto a su ya difunta mamá, sus hermanos, hoy alejados volátilmente, aquel hombre rudo que supo alguna vez darle un regalo a modo de padre ocasional y el mantel verde con campanitas rojas que la nona ponía sobre la mesa para tapar los faltantes de trabajo. El recuerdo viajaba quince años hacia atrás sin modo de atenuarse en portales satisfactorios.
Luego, se acordó de la acción caritativa realizada, hacia dos años, con el Padre Jorge*, cuando juntos visitaron un comedor infantil para chicos carenciados y a la vez, entregaron ropa y juguetes a modo de regalo navideño, ya que por las zonas humildes, como a la que acudieron aquella vez, el trineo no pasas muy a menudo. Con aquel sacerdote, en algunas cosas, el joven sentía una reciprocidad muy honda y de esas algunas cosas, la mas sobresaliente y ostentada, era justamente la del deseo de un día, al menos un día, no ver siquiera un niño mendigando por las calles.
Luego de este recuerdo el joven abrió los ojos, los elevó atravesando cualquier criptón y creyó ver un amuleto observándolo y sonriéndole faustamente desde el cielo –tal vez era el simbolismo propio, en complicidad del arcano, al notar al Padre Jorge sentado sobre una pequeña y brillante estrella, ya que hacia pocos meses se había marchado físicamente de esta tierra-.
-Te fuiste el 24 de agosto, creo… -murmuró el joven. Y se mordió los labios.
Bajó su vista a la línea recta del cordón de la acequia donde el agua corría como un caudal de oscuro manantial y olas embravecidas de un mar ausente de manos solidarias. Entonces se sometió a recordar la niñez propia ya vivida y el presente en su haber era un caudal de pasos indómitos hacia una lágrima diáfana ante toda espina. Tomó intrépidamente por una diagonal de la infancia abandonada, hasta llegar al museo de anécdotas, en el cuadro colgado sobre la húmeda pared sin terminar de este, leyó un verso de aquel poema aprendido casi de memoria en quinto grado de la escuela primaria: -“…A esta hora, exactamente, hay un niño en la calle…”-. Imaginariamente se derrumbó sobre el cuadro que albergaba al poema mientras, a medio delirar, creía que un poeta llamado Armando** lo había escrito pensando en él a raíz de un numen expresado en aquella obra…
Una catarata de penurias verdaderas caía desde las retinas del joven creando una correntada sin rumbo ni afluentes por donde apaciguarse, más allá de las junturas de las baldosas de la vereda. El llanto creció junto a la osadía de gritar “¡Aquí estoy!”, aunque nadie lo escuchase. Solo así revelaría la crudeza del ahínco oculto en la garganta, de esos que eran los surcos de la tráquea y se presentan desnudos en ceremonia de suplicios inauditos. Segundos antes de que las malvivientes cuerdas del reloj tomen por asalto el trineo tirado por renos, desde donde trajinadas bolsas repletas de juguetes y regalos varios caerían hasta el alto bajo de arbolitos cargados de bolas coloridas y lucecitas angelicales, se oyeron los primero estampidos de petardos. Las alegrías de una ciudad se elevaban silbando entre humo pincelado de pólvora y caían lentamente en la espalda quebrada de cañitas voladoras. Papá Noel, engalanando de roja investidura, con la particularidad blancura espiritual de larga barba, en un jojojo, anunciaba la bendita hora cero.
Emisoras de amplitud y frecuencia modulada finalizaban el conteo eterno del minuto anunciante de elevar desbordantes copas de sidra, champagne y espumantes vinos.
Abrazos y besos, sonrisas y esperanzas, deseos y sueños: se adueñaban de casi todos. El Señor tapaba con escombros las entrañas abiertas de rencores. Los niños, en carrera desmedida, cruzaban la valla puesta al costado del pesebre. Sus corazoncitos se agitaban y los deditos rasgaban curiosos el brillo de la sorpresa adornada y más allá del contenido en su importancia solo bastaba la dicha emocional de abrir el regalo. La cabeza del joven en un contraste inexplicable y sus pensamientos; una caja de pandora sin moño ni envoltorio.
Mientras el minuto austero de la hora cero culminaba, el correr del agua por la acequia se transformaba en una larga estela de melancolía –ya fuere por la desazón o castigo sin precedente- para el joven por parte de la vida cruel que silenciosamente lo transportaba por laberintos sin salida triunfal.
Los fuegos artificiales. Habrían fogonazos de mil colores en el firmamento y que algún otro inconsciente trizaba las nubes con disparo de arma de fuego. El joven se armó de valentía, tomó coraje, para levantarse del derrotero formado por baldosas de la vereda y cambió asi su aire de tristeza. Borroneó con los dedos el mapa lagrimal situado en su rostro, su iris fue un espejo donde se repetían los artificios festivos del cielo. Cerró su mano. En su consciente pleno de agridulce reír y pena, levantó una copa llena de clamores burbujeantes por una equidad justa y caminó dos pasos al frente. –Aquella copa superficial no era más que un rosario de la primera comunión-.
Su corazón, su vulnerable y soprano corazón latía muy aprisa como coreando el usual din don dan, din don dan de una tarjetita musical sin cerrar. Seguían cayendo rezagos de petardos, cañitas voladoras, cenizas de artificios y alguna que otra bala perdida, desde los nubarrones altivos…
Una habitual tormenta de veinticinco de diciembre se desató con relampagueos y truenos tenebrosos, los semáforos de la esquina truncaron todas sus señales y en ese instante el joven sintió que algo cayó sobre su cabeza. Las sensaciones de su respirar cesaron por completo bajo una lluvia torrencial que no permitía observar mas allá de las sombras. Excepto, a una estrella fugaz de semblante desdibujado; guía del trineo que se marchaba con un regalo sin entregar y una amargura que no volvería jamás a ninguna calle ni a cualquier esquina.
Lucio Albirosa.
Bajó su vista a la línea recta del cordón de la acequia donde el agua corría como un caudal de oscuro manantial y olas embravecidas de un mar ausente de manos solidarias. Entonces se sometió a recordar la niñez propia ya vivida y el presente en su haber era un caudal de pasos indómitos hacia una lágrima diáfana ante toda espina. Tomó intrépidamente por una diagonal de la infancia abandonada, hasta llegar al museo de anécdotas, en el cuadro colgado sobre la húmeda pared sin terminar de este, leyó un verso de aquel poema aprendido casi de memoria en quinto grado de la escuela primaria: -“…A esta hora, exactamente, hay un niño en la calle…”-. Imaginariamente se derrumbó sobre el cuadro que albergaba al poema mientras, a medio delirar, creía que un poeta llamado Armando** lo había escrito pensando en él a raíz de un numen expresado en aquella obra…
Una catarata de penurias verdaderas caía desde las retinas del joven creando una correntada sin rumbo ni afluentes por donde apaciguarse, más allá de las junturas de las baldosas de la vereda. El llanto creció junto a la osadía de gritar “¡Aquí estoy!”, aunque nadie lo escuchase. Solo así revelaría la crudeza del ahínco oculto en la garganta, de esos que eran los surcos de la tráquea y se presentan desnudos en ceremonia de suplicios inauditos. Segundos antes de que las malvivientes cuerdas del reloj tomen por asalto el trineo tirado por renos, desde donde trajinadas bolsas repletas de juguetes y regalos varios caerían hasta el alto bajo de arbolitos cargados de bolas coloridas y lucecitas angelicales, se oyeron los primero estampidos de petardos. Las alegrías de una ciudad se elevaban silbando entre humo pincelado de pólvora y caían lentamente en la espalda quebrada de cañitas voladoras. Papá Noel, engalanando de roja investidura, con la particularidad blancura espiritual de larga barba, en un jojojo, anunciaba la bendita hora cero.
Emisoras de amplitud y frecuencia modulada finalizaban el conteo eterno del minuto anunciante de elevar desbordantes copas de sidra, champagne y espumantes vinos.
Abrazos y besos, sonrisas y esperanzas, deseos y sueños: se adueñaban de casi todos. El Señor tapaba con escombros las entrañas abiertas de rencores. Los niños, en carrera desmedida, cruzaban la valla puesta al costado del pesebre. Sus corazoncitos se agitaban y los deditos rasgaban curiosos el brillo de la sorpresa adornada y más allá del contenido en su importancia solo bastaba la dicha emocional de abrir el regalo. La cabeza del joven en un contraste inexplicable y sus pensamientos; una caja de pandora sin moño ni envoltorio.
Mientras el minuto austero de la hora cero culminaba, el correr del agua por la acequia se transformaba en una larga estela de melancolía –ya fuere por la desazón o castigo sin precedente- para el joven por parte de la vida cruel que silenciosamente lo transportaba por laberintos sin salida triunfal.
Los fuegos artificiales. Habrían fogonazos de mil colores en el firmamento y que algún otro inconsciente trizaba las nubes con disparo de arma de fuego. El joven se armó de valentía, tomó coraje, para levantarse del derrotero formado por baldosas de la vereda y cambió asi su aire de tristeza. Borroneó con los dedos el mapa lagrimal situado en su rostro, su iris fue un espejo donde se repetían los artificios festivos del cielo. Cerró su mano. En su consciente pleno de agridulce reír y pena, levantó una copa llena de clamores burbujeantes por una equidad justa y caminó dos pasos al frente. –Aquella copa superficial no era más que un rosario de la primera comunión-.
Su corazón, su vulnerable y soprano corazón latía muy aprisa como coreando el usual din don dan, din don dan de una tarjetita musical sin cerrar. Seguían cayendo rezagos de petardos, cañitas voladoras, cenizas de artificios y alguna que otra bala perdida, desde los nubarrones altivos…
Una habitual tormenta de veinticinco de diciembre se desató con relampagueos y truenos tenebrosos, los semáforos de la esquina truncaron todas sus señales y en ese instante el joven sintió que algo cayó sobre su cabeza. Las sensaciones de su respirar cesaron por completo bajo una lluvia torrencial que no permitía observar mas allá de las sombras. Excepto, a una estrella fugaz de semblante desdibujado; guía del trineo que se marchaba con un regalo sin entregar y una amargura que no volvería jamás a ninguna calle ni a cualquier esquina.
Lucio Albirosa.