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Opinión

Hoy sólo para mujeres

La columna de Mara en el nuevo MDZ. Tenés que compartirla con tus amigas.
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Dicen que en dos años volveré a sentirme normal. A ver, si saco una cuenta… no, no llego, ha pasado una ínfima parte de ese tiempo y si esto sigue así no contarán conmigo para otra estadística. Nadie escapa del simbronazo visible después de una separación pero es verdad que a algunos se les nota más. Mi vecino está hecho un trapo, y se lo ve únicamente fumando solo en las noches mientras el perro le lame las rodillas, toda una foto de la decepción. Mi compañera de escritorio está hecha un gato y viene a la oficina con botones perdidos por ahí inocentemente, se ríe de todo y siempre está proponiendo programas para después del laburo, ¡get a life!. Ni hablar de los depilados, planchados definitivos y nuevos aficionados longbordistas de los que hemos hablado tanto.

Pero no culparé a un cambio de estado, en todo caso iré contra los hábitos de una sociedad que nos divide, todavía, en un bando o el otro: casadas o separadas.

Me la veo venir, de ahora en más seré excluida por todas mis amigas que están en pareja, quienes argumentarán no invitarme para que no me sienta descolgada.  Me excluirán sus maridos (ahora represento esa trola que influenciará a sus mujeres) pero recibiré de parte de ellos otro tipo de miradas.

Inevitablemente todo mi entorno me impulsará a volver a mi estado original para armonizar con el suyo. Resistiré tanto como pueda. Desde ya, me niego a las citas arregladas por amigos; creo que eso, y la certificación de tu fracaso personal es lo mismo. Me niego a salir con grupos de rejunte para ponerle onda a la semana y verme entonces en Juan Sebastián Bar escuchando los derrapes de nuevas chicas liberadas y aceptando champán de una mesa de señores con barba candado. No voy a participar de reuniones femeninas que tienen como eje criticar a sus ex. No voy a salir con las que no saben salir solas y ahora salen de grandes y creen que hay que hacer papelones para divertirse. Me niego a pasar de visita los domingos por casas de familias que están armando sus domingos de familia. Ni se me ocurre hacer de acompañante a casamientos, bautismos y demás. Me resisto, más que nunca, a ponerme hilos de esos que levantan, a rebanarme alguna parte de mi cuerpo que hará que sobresalga otra, o a ponerme labios. Imagínense, sola sentada en un bar con labios hechos y un escote de ciencia ficción… Ay, empiezo a deprimirme…

Tiene que haber otra manera de conocer gente después de los cuarenta. Pero presiento que se dará cuando cambie el ideal colectivo. Tal vez las nuevas generaciones rediseñen su prototipo de Susanita y ésta sea una separada feliz.

Por ahora, estrenando estado civil, me encuentro sin poder llevar a cabo todas las cosas geniales que imaginé al recuperar la soltería. Pensé que iba a tener un turno fijo todas las semanas en la peluquería, y me haría siempre pies y manos; que compraría flores y desayunaría los sábados por ahí; que escribiría dos columnas por semana… No tengo ese tiempo. Imaginé que iba a tener un súper bar en mi casa, una heladera sólo con  productos ahumados y un vecino de veintisiete musculoso y enigmático. Nada de eso pasa, mi heladera es la misma y en mi barrio no vive gente enigmática.

Estaba convencida de que iba a tener más plata disponible, ahora me doy cuenta de que ok, era yo la de los gastos. Segura de que a esta altura  iba a emprender por fin mi camino hacia una vida más saludable, me doy cuenta que sigo postergando la inscripción en el gimnasio. Me imaginé teniendo sexo casual casi todos los días pero extrañamente junto con toda esta disponibilidad vino una selectividad extrema, qué mal chiste. Un absurdo hormonal inesperado.

Imaginándome sola nunca pensé que extrañaría la compañía pero, ¿es mi sensación o empiezo a ver como todo se ejecuta de a dos? ¿No era yo más divertida en dupla que así en unipersonal?

La trampa la prepara el tiempo, cuando entendemos que esa vida que me imaginamos, que no incluía al otro, se vuelve ajena porque ya tampoco nos incluye a nosotras.

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