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Opinión

Es la calle, estúpido

Foto: Alf Ponce/MDZ
Foto: Alf Ponce/MDZ

La movilización de ayer habilita múltiples lecturas sobre la razón de los cientos de miles de personas que decidieron salir a la calle. Genera adhesiones entusiastas, algunas nobles y otras interesadas, y críticas fáciles o críticas profundas. Sin embargo, el dato sustancial está en lo evidente. Convocada por las redes sociales o por los medios de comunicación, una multitud decidió salir a la calle. Y arrebatarle al kirchnerismo una vez más -pero quizás como nunca en nueve años- el dominio de la calle, quizás su mayor activo diferencial a lo largo de esta era.

Muchos de los que se movilizaron ayer –todos conocemos a unos cuantos- seguramente rechazan o rechazaban hasta hace no tanto las manifestaciones populares –cualquiera sea, de cualquier sector- y las tildaban de oscuras o pagas por decirlo suavemente. Y sin embargo, entendieron que no alcanza con el mensaje desquiciado en el contestador de una radio, con blasfemar en los sitios web, con maldecir cada vez que Cristina aparece en la pantalla.

Decidieron ocupar el espacio público. Habrá múltiples razones también en eso, habrá seguramente el eco de lo que sucede en el lejano oriente o en la más cercana Venezuela, que precedió a la irrupción de Capriles con cientos de movilizaciones antichavistas que no tenían líder. Pero hay un aprendizaje que tiene que ver con la experiencia democrática y con algunos hitos en la historia reciente. Tienen como antecedente lineal las concentraciones en las ciudades a favor del campo en el 2008. Pero también registran, aunque pueda desquiciar a unos y a otros, expresiones de otro inclinación ideológica. La lucha callejera de los organismos de derechos humanos, las manifestaciones sindicales sobre el filo de la dictadura, la primavera democrática, las marchas de los jubilados, la lucha contra las privatizaciones, la irrupción de los piqueteros, el estallido del 2001. Todo eso es un sustrato de la lucha política en la Argentina, por fuera de la conspiración, de la rosca y del Palacio. De lo que sucede cuando sectores de la sociedad civil deciden pronunciarse.

Los conservadores que se movilizaron ayer quizás no lo registren o no lo reconozcan, pero seguramente aprendieron también de todo eso. Así, como los “piquetes de la abundancia” aprendieron de los piquetes de la exclusión y con otros objetivos y otros medios –las 4 x 4- salieron a cortar las rutas.

 

No son todos ni necesariamente una “facción de la ultraderecha paga” como dijo entre provocador y suicida el senador Aníbal Fernández, aunque semejante manifestación puede haber incluido a la ultraderecha y a supuestos activistas pagos, pero es anecdótico para entender lo que sucedió ayer y es casi una observación de principiante.

Los que se expresaron en el 8N son conservadores –incluso los muchos jóvenes que se vieron en escena- porque no incluyen en sus consignas a ninguno de los numerosos reclamos por izquierda que el kirchnerismo desatiende. No les interesa el poder de Monsanto ni el avance irrefrenable de la soja, no aluden a la contaminación y el saqueo que propone Barrick, no reclaman una reforma financiera ni una reforma impositiva, no se manifiestan a favor de los trabajadores, aunque muchos lo sean.

Son conservadores porque quieren conservar el valor de sus ingresos ante la inflación pero no apuntan contra los grandes formadores de precios ni a la insólita y reaccionaria alícuota del IVA que le esquilma desde 1994 el 21 por ciento por un litro de leche o un kilo de pan a un habitante de un barrio marginal y a un empresario que vive en Nordelta. Ni se refieren a los bancos que ofrecen tasa de interés bajísimas sino que, con razón, apuntan a la provocación constante de los números del INDEC.

Quieren conservar sus vidas porque dicen vivir con miedo a salir a la calle, con temor a ser víctimas de un delito pero no apuntan contra la desigualdad sino que buscan mantener ese escalón diferencial que los separa de los que menos tienen, los que algunos coincidieron en nombrar como “vagos” en sus pancartas.

Son conservadores porque quieren conservar la Constitución así como está e impedir que los sectores entre mesiánicos e ingenuos del kirchnerismo habiliten una nueva reelección para Cristina. Porque apuntan contra la corrupción y la ostentación de figuras lamentables como Amado Boudou pero no consideran que el capitalismo es en sí mismo un modo de corrupción.

Quizás no sea la mayoría, pero muchos de esos votantes seguramente contribuyeron para que Cristina obtenga el 54 por ciento hace poco más de un año. Lo notorio de ayer, lo evidentes es que ayer por primera vez y como nunca salieron a la calle y el kirchnerismo lo vio por TV.