Opinión
¿Puede la cultura estar al servicio de una ideología?
Dos concepciones del Desarrollo: Cultura y Desarrollo se han convertido en dos conceptos fundacionales que cubren toda una variedad de significados ambiguos y a veces confusos. Sin embargo para este análisis bastará limitarnos a dos concepciones distintas del desarrollo.
La primera, el desarrollo es un proceso de crecimiento económico, una expansión rápida y sostenida de la producción, la productividad y el ingreso por habitante (algunos matizan esta definición insistiendo en una amplia distribución de los beneficios de este crecimiento).
De acuerdo con la segunda, adoptada por el Informe sobre desarrollo humano publicada anualmente por el PNUD., y asumida también por un gran número de economistas, el desarrollo se concibe como un proceso que aumenta la libertad efectiva de quienes se benefician de él para llevar adelante cualquier actividad a la que le atribuyen valor. En esta concepción del desarrollo humano (por oposición al desarrollo puramente económico), el progreso económico y social está culturalmente condicionado. En esta perspectiva, la pobreza no sólo implica carecer de los bienes y servicios esenciales, sino también de oportunidades para escoger una existencia más plena, más satisfactoria, más valiosa y más preciada. La elección puede ser también un estilo de desarrollo diferente, basado en valores distintos a los de los países que actualmente gozan de ingresos más elevados. La reciente difusión de instituciones democráticas, de opciones en el mercado, de métodos participativos de gestión empresarial, ha permitido a personas y grupos, así como a diferentes culturas, elegir por sí mismos.
Se han propuesto diversos indicadores de la calidad de vida, tales como la longevidad, la buena salud, la alimentación adecuada, la educación y el acceso al conocimiento acumulado por la humanidad, la ausencia de desigualdades basadas en el sexo, libertades políticas y sociales, la autonomía, el emponderamiento, el derecho a participar de la vida cultural de la comunidad y en las decisiones importantes que tienen incidencia sobre la vida y el trabajo de los ciudadanos, etc. Evidentemente, todo conjunto de indicadores cuantitativos siempre será insuficiente para dar cuenta de la riqueza del concepto de “desarrollo humano”, considerado como el fortalecimiento de las capacidades de las personas y el aumento de sus posibilidades de elección, y no sólo como la mera acumulación de productos materiales.
La función de la cultura es diferente en las dos interpretaciones. En la concepción que hace hincapié en el crecimiento económico, la cultura no desempeña un papel fundamental. Es puramente instrumental: puede favorecer un crecimiento rápido o ser un obstáculo para él. Así se ha considerado que el protestantismo y el confucionismo estimulan el ahorro, la acumulación de capital, el trabajo esforzado, la higiene, los hábitos de vida saludable y el espíritu de empresa. Más recientemente, el fundamentalismo evangélico que se ha propagado en el Este Asiático, en América Latina y en África, ha sido identificado como la religión de los microempresarios, de quienes constituyen los gérmenes del crecimiento económico capitalista. Cuando las actitudes y las instituciones culturales impiden el crecimiento, deben ser erradicadas. En este análisis, la cultura aparece no como algo valioso en sí mismo, sino como un medio al servicio de un fin: promover y sustentar el progreso económico.
Sin duda alguna, esta concepción instrumental de la cultura reviste gran interés e importancia desde el momento en que el crecimiento económico es generalmente muy valorado. Ciertamente, en el seno de las sociedades ricas existen grupos que rechazan el crecimiento indefinido o infinito y el consumismo, y han elegido el criterio de lo estrictamente necesario y adecuado. Por eso, incluso, a los partidarios del crecimiento económico se les plantea la cuestión de saber si éste debe ser valorado como un fin en sí mismo, mientras que los instrumentos –entre los cuales se encuentra la cultura- sólo se valoran como medios o si el crecimiento mismo sólo es un instrumento con menos pretensiones que los aspectos culturales de la existencia humana para desempeñar un papel fundamental. Si reflexionamos, la mayoría de nosotros valoramos los bienes y los servicios porque nos ofrecen una mayor libertad para vivir según nuestros valores. Además, también es difícil aceptar que la cultura se reduzca a una función puramente instrumental. Ciertamente, aquello a lo que otorgamos, con razón, valor –este es el criterio último-, tiene que formar parte de la cultura. La educación, por ejemplo, promueve el crecimiento económico y tiene, en ese sentido, un valor instrumental; pero, al mismo tiempo, la educación es un valor esencial del desarrollo cultural, dotada de un valor intrínseco.
Por consiguiente, no podemos reducir la cultura a una posición subalterna de simple catalizador del crecimiento económico. Por consiguiente, es indispensable reconocer el papel instrumental muy extendido de la cultura en el desarrollo y admitir al mismo tiempo que este papel no agota todo lo que hay de cultural en la apreciación del desarrollo.
La cultura desempeña igualmente un papel porque es un fin deseable en sí mismo, porque da sentido a nuestra existencia. Desempeña estos dos papeles no sólo en el contexto de la promoción del crecimiento económico, sino también en relación con otros objetivos, tales como la conservación del medio ambiente, la preservación de los valores familiares, la protección de las instituciones civiles de la sociedad, etc. En la consecución de todos estos objetivos, algunos factores culturales tendrán incidencias positivas, otras negativas; y en la medida en que se valoran esos objetivos, se tiende a valorar –directa o indirectamente- las actitudes y los rasgos culturales que favorecen la realización de dichos objetivos. Sin embargo, cuando se trata de la cuestión esencial de saber por qué concentrarse en estos objetivos particulares (entre los cuales se encuentra el crecimiento económico, la reducción de las desigualdades, la conservación del ambiente, etc.), la cultura se debe entender de una manera más fundamental –no como un instrumento al servicio de tales o cuales fines, sino como la base social de los fines mismos. No podemos comenzar a comprender la denominada “dimensión cultural del desarrollo” sin tomar conciencia de cada uno de estos dos papeles de la cultura.
Cultura y Desarrollo:
Así definido, el desarrollo humano se refiere al individuo, que es tanto el objetivo último como el agente o actor principal. En efecto, una fuerza de trabajo alerta, calificada, educada, bien alimentada, sana y motivada es el mejor capital de una sociedad. Sin embargo, las personas no son átomos independientes: trabajan juntas, cooperan, compiten e interactúan de múltiples maneras. Es la cultura la que la vincula una a otra y hace posible el desarrollo de cada persona. También define las relaciones de las personas y la naturaleza y su medio, el planeta y el cosmos, y es a través de ella que expresamos nuestras actitudes y creencias en lo relativo a otras formas de vida, animal y vegetal. En este sentido, todas las formas de desarrollo, incluyendo el desarrollo humano, están determinadas en última instancia por factores culturales. En efecto, desde este punto de vista es inútil hablar de la “relación entre la cultura y el desarrollo” como si fueran dos cosas separadas, cuando en realidad el desarrollo y la economía son elementos o aspectos de la cultura de un pueblo. La cultura no es pues un instrumento del progreso material; es el fin y el objetivo del desarrollo, entendido en el sentido de realización de la existencia humana en todas sus formas y en toda su plenitud.
Ahora bien, debemos saber que la cultura o las culturas de los distintos pueblos o grupos humanos, no son estáticas y todas están en flujos permanentes, influidas por otras culturas, ya sea por medio de intercambios y de difusión, o por el contrario, mediante conflictos, el uso del poder o la opresión.
Los cambios culturales en la Argentina:
A partir de la década de 1950, Argentina entra en un proceso de industrialización y por supuesto que no es ajena al proceso mundial de la “sociedad de consumo”. Este factor es gravitante para que empiece a producirse “el éxodo del campo a las grandes ciudades”, donde hay mayor oferta de bienes y servicios. Se incrementa también y por estos mismos factores, la emigración de trabajadores de países limítrofes a la Argentina, especialmente bolivianos, chilenos y paraguayos, que vienen a suplir la mano de obra faltante en las zonas agrícolas.
Este proceso, acelerado y multiplicado a través de los años, fue determinante en el crecimiento macrocefálico de las grandes ciudades, especialmente Buenos Aires. Crecieron así, las llamadas “villas miserias”, en un país tan extenso y tan rico potencialmente, se alimentaba cada vez más la dicotomía de grandes bolsones de pobreza, mientras que por otra parte la “cultura del trabajo” perdía más y más espacio. Ya nadie quería vivir en el campo, aún cuando en él, un hombre podía perfectamente librar del hambre a su familia. Esta problemática hizo explosión en la década del 90. En efecto, la aplicación del neoliberalismo en su expresión más acabada, sin redes de contención social, produjo la mayor crisis de la historia argentina. La brecha entre pobres y ricos (cada vez más pobres y excluidos), marcó el crecimiento más alto producido en América Latina, sumado al aumento constante de la violencia social, el narcotráfico, la corrupción y la consecuente concentración de la riqueza.
Esta sistematización en la entrega de los recursos y el poder, no fue sólo la resultante de lo expuesto más arriba, era y es, la aplicación de un plan perfectamente orquestado por EE.UU, Inglaterra y los organismos multilaterales de crédito, para toda América Latina. Las dictaduras militares impuestas y sus continuadores económicos, respondían y responden a la estrategia geopolítica y militar de estas grandes potencias.
En este papel de colonización, cumple un rol fundamental la imposición de una cultura dominante y hegemónica. La sociedad de consumo, pasa a ser sociedad consumista, bajo la premisa impuesta de “Tener es ser”. Empezando desde la imposición de su idioma como eje del sistema y el manejo de las industrias culturales (especialmente los medios de comunicación. Estados Unidos gasta más de 200.000 millones de dólares anuales en publicidad), que apunta tanto a los símbolos políticos, religiosos, sociales y culturales. La deuda externa de los países subdesarrollados y la explotación de parte de Asia, se acrecentó a fin de mantener el ritmo de consumo de los llamados países centrales, que involucran el 19% de la población mundial, que obviamente “vive en estado de bienestar” explotando al 81% restante y utilizando el 80% de los recursos totales del planeta.
Este proceso, empieza a marcar diferencias a partir del siglo XXI. En efecto, se empiezan a notar diferencias entre EE.UU., la Unión Europea y el Bloque Asiático, donde las pautas económicas y culturales van definiendo las macro regiones y bloques. Aquí no sólo se ponen en juego actitudes, se trata también y fundamentalmente de una cuestión de poder. La dominación o hegemonía cultural se basa a menudo en la exclusión de los grupos subordinados. La distinción entre “nosotros” y “ellos”, así como el significado que se le da, tiene un origen social y se apoya frecuentemente en argumentos seudo-científicos que un grupo invoca para ejercer el poder sobre otro y justificar a sus propios ojos el ejercicio de este poder. Las distinciones basadas en la raza, la etnia o la nacionalidad son artificiales y están desprovistas de todo fundamento biológico: Por consiguiente, una política basada en el respeto mutuo se funda en una sólida evidencia científica.
Por eso, cuando los partidos políticos en Argentina plantean soluciones basadas en slogan publicitarios, no resisten el menor de los análisis. Las graves problemáticas mundiales sobre la marginación y la pobreza, la hegemonía cultural y el dominio económico, merecen por lo menos un estudio basado en datos sistematizados y un sinceramiento con la población en cuanto a los factores que influyen en esta situación y el tiempo que llevaría superar esta situación, máxime cuando la gran mayoría de los partidos políticos siguen aplicando las pautas que rigen en el sistema de globalización financiera. En síntesis, pretender honestamente un cambio de la situación actual, implica en primer lugar un “cambio cultural”, que obviamente incluya el cambio de actitud que citamos más arriba y la toma de conciencia que sólo a través de la formación de un sólido bloque de países, se podrá igualar el poder al cual nos enfrentamos.
La magnitud de los problemas que se enfrentan no tiene precedente. El logro de mejoras significativas depende no sólo de la cooperación internacional, sino de la buena voluntad de innumerables personas en todo el mundo. No sólo hay que producir los cambios culturales y educativos, sino también nuevas estrategias políticas, económicas y sociales; pero mucho dependerá también de la voluntad de la sociedad para enfrentarse con situaciones perturbadoras, pero sobre todo su participación activa y la capacidad de extraer sus propias conclusiones.
La dirigencia política, empresarial y sindical, tendrá que empezar a utilizar una capacidad que, habitualmente a despreciado o reservado para las áreas artísticas, que es la creatividad. Ello, porque la gran mayoría de la población confunde “cultura” con “arte” y la formación escolástica tiene acotada y guardada el uso de la imaginación.
Todos estos elementos deben ponerse en práctica para contrarrestar el cambio acelerado que se ha producido en el mundo; el impacto de la “cultura occidental”, los medios de comunicación de masas, el rápido crecimiento poblacional, la urbanización, la disolución de comunidades tradicionales y de las familias extensas, han trastocado las culturas tradicionales. Las culturas, es bueno destacarlo, no son monolíticas y la “cultura de la élite” se centra en la cultura global y tiende a excluir a los pobres y a quienes tienen menos poder.
Dentro de este panorama, un proyecto de modificación de pautas y conductas del proceso en el que estamos inmersos, es más fácil emprenderlo partiendo de las ciudades pequeñas o pueblos que desde las grandes metrópolis, ya que es en los medianos conglomerados humanos donde todavía se mantienen los valores culturales generacionales y la cultura del trabajo, con lo cual hay mayores posibilidades de éxito en un sistema que posibilite el desarrollo humano en plenitud; un ordenamiento del crecimiento económico con una mayor y mejor distribución de la riqueza, como también una planificación y diversificación de la producción y los avances científicos y tecnológicos, teniendo en cuenta los errores conceptuales y de práctica que se han producido en las últimas décadas en el contexto global.
Países como Suecia, Finlandia, Noruega, Canadá o Australia, no figuran como grandes potencias militares-económicas, sin embargo están a la cabeza en cuanto a desarrollo humano y educación, con una fuerte defensa de sus propias culturas. También hay que tener en cuenta los nuevos ejes sociales que surgen en el mundo, como ser: El Foro Social Mundial, Los Movimientos Indigenistas y los grupos antiglobalización, más otras manifestaciones que se dan en los cinco continentes, que indican un proceso de exigencias de cambio al actual orden mundial.
Por consiguiente, cuando hablamos de “creatividad”, esta noción debe utilizarse en un sentido amplio, no sólo para denotar la producción de un nuevo objeto o forma artística, sino también para la solución de problemas en cualquier terreno imaginable. Lejos de estar referida únicamente a las artes, la creatividad es vital para la industria y la empresa, para la educación y el desarrollo social y la comunidad.
Es entonces ilógico, que quienes dicen hablar en nombre de gobiernos llamados “progresistas”, pretendan que la cultura esté al servicio de una ideología, principio básico del neoliberalismo y sobre todo del fascismo.
(*) Fuentes: Comisión Mundial de Cultura y Desarrollo Humano.