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Opinión

Dime qué comes y te diré quién eres

Consejos de Mara para diferenciar entre el que te lleva a comer por el placer de comer o el que te lleva a comer por el placer de parecer.

Saber ante quién estamos cuando nos invitan a comer puede ser el mejor indicio de una futura relación.

Después de recorrer varios restaurantes con mis citas entendí que para algunos somos el objeto de placer en donde la comida es la excusa y para otros somos la excusa ideal para su reencuentro con su verdadero objeto de placer: la comida.

Pero nada es tan fácil de decodificar en la primera salida, son muy parecidos, tienen conductas similares y nos llevan a los mismos lugares pero con una pequeña diferencia: unos son y los otros quieren ser.

¿Cómo diferenciarlos casi sin conocerlos?

Para empezar uno te dará diez opciones para elegir, mientras el otro, ya tendrá su reserva hecha con antelación o se las ingeniará para tener su mesa para dos asegurada.

 A uno le dará lo mismo quien lo atienda, el otro será atendido por el dueño personalmente o, en su defecto, los mejores mozos.

El lugar de la mesa ayuda a diferenciarlos. Un lugar tranquilo o más bien el deck bien pegado a la vidriera para que todos puedan verlos.

Si desconfía del especial del día porque cree que le están vendiendo el atún que estaba de oferta ayer en el supermercado estás en problemas. El otro sabe que no venden atún fresco en supermercados y por supuesto siempre sigue las recomendaciones del chef.

Al momento de ordenar uno de estos dos ejemplares te sorprenderá por su decisión sobre qué pedir, el otro perderá gran parte de la velada consultando por lo más excéntrico pero terminará, indefectiblemente, pidiendo pasta.

Mientras uno de ellos ni siquiera mire la carta, y en cambio, te mire a los ojos para descubrir qué es eso que se te antoja, el otro hará un estudio minucioso de la columna de precios (actitud que podrás develar sólo con observar cómo sus pupilas van de un lado a al otro de la página). Después combinará, cambiará las guarniciones y pedirá algún toque extra de algo, generalmente extra vegetales, o extra salsa. El otro se entregará con confianza al criterio del chef que lo llevó hasta allí.

Uno pedirá medium rare, el otro dirá que le gusta la carne jugosa, pero se excusará ante algún malestar y la pedirá bien a punto. Hasta será capaz de pedir que le cambien el plato si algo no le gusta mientras que el otro, simplemente, no volverá jamás a ese lugar.

El otro se sentirá todo un gourmet sólo con ver rúcula sobre la pizza, el que sabe, no negociará comer mariscos entre montañas.

Te encontrarás con que uno es un poco egocéntrico, necesitará enseñar a su acompañante todo lo que ha aprendido sobre el tema y es probable que si no compartís sus costumbres y sus manías te aburras un poco. Con el otro no tendrás que competir con un cordero marinado para sentirte importante.

Si pensás que dejar casi todo el plato de comida te dará un aspecto más femenino estás arruinada para un encuentro agradable con uno de ellos. Ni se te ocurra dejar el celular en la mesa y mucho menos chequear mensajes, toda una ofensa para quien ha iniciado semejante ceremonia de la comida.

Es posible que te encuentres con ése que quiere huir lo más rápido posible para tomarse un heladito en Soppelsa... Por eso deberás estar atenta cuando te encuentres con el otro, que después del postre, pedirá un café, un mojito, un whisky, todo en ese orden, mientras te preguntes si podrá funcionar después de tomar tanto. (Según mi humilde experiencia también son muy buenos amantes.)

Otro punto importante para diferenciarlos, será el momento de la propina, uno dejará más del 20% del valor de la cuenta y ésta siempre será en cash. El otro dejará lo que sobra y aún así defenderá la actitud argumentando que los mozos cobran su sueldo.

Hay que aclarar que no hay finalmente grandes diferencias cuantitativas saliendo con uno o con otro.

Pero se puede pasar mucho mejor si sabemos con quien estaremos de antemano.

Por si alguna vez te topas con uno de ellos estarás frente a los nuevos Foodies, esos incomprendidos amantes del buen comer, que no logran integrarse a las costumbres estáticas mendocinas. Esos que aparecen tímidos, con su botella para descorche y por pura ignorancia son tildados de snobs, caprichosos, pretenciosos y ridículos. Los mismos que aseguran que el mejor risotto de Mendoza está en Dantesco y no en lo de la novia de Mallman. Los quenos recuerdan siempre que El Trevi es mejor que la Marchigiana, pero haciendo la salvedad de la Lasagna Fernanda en temporada. Son, ésos, que te mandan a comer un sandwich de jamón crudo en El Sosneado cuando volvés de Las Leñas. Conocen todos los restaurantes peruanos de la zona y hasta tienen grupos de discusión para determinar donde es mejor el arroz chaufa, si en el Tumi de Oro o en La Flor de la Canela. Son los que no pueden dejar de ir al Barloa, aunque saben que pueden terminar intoxicados con la mayonesa y al mismo tiempo llegan hasta la Cumbrecita a buscando unos formidables ravioles de trucha o van a comprar las centollas a Almansa.

Lejos de ellos, los Fsnobies (food- snob), esos glotones de naturaleza vulgar y sin discernimiento que nombrarán toda clase de manjares, ostras, langostinos, aves de caza y tortugas acuáticas, porque lo más importante para ellos no es a qué sabe sino cuánto sale. Eso explica la langosta con french fries, o papas fritas su guarnición preferida. Los que no entienden de sutilezas y el costo de lo que se come es prueba suficiente de su nivel social. Los que mueren por el pernil de los cumpleaños y usan todas esas salsas. Los que persiguen el plato abundante, los que acaban de descubrir el aceto balsámico, los que nunca se animarán a degustar un aceite de oliva como corresponde. Los que piden vino con mucha madera como si eso les garantizara que están tomando uno de los buenos.

La única forma para saber ante quién estamos será en la segunda salida. Si el lugar, la comida, la atención y el sexo es mejor que el de la primera cita y además fascinantemente novedoso, sin lugar a dudas las foodies seremos nosotras.

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