Opinión
Un almuerzo con mi amigo “el Busca”
La olla familiar, su carga de caldo sin condimentos, es arrastrada hasta la mesa por caballos de plomo y estatuas.
Llegué huérfano desde lo umbilical y me atreví a cruzar la vereda de la infancia; Pájaro del espanto con sueños malgastados por tanta cerrazón de rumbos infinitos sin destino; analfabeto de cariño y sin lectura del mundo. Y me establecí entre los edificios y charcos. Allí, las mariposas tristes, acongojadas de frio; coroleaban un sueño despierto y azul de tripas vacías. Allí donde las espigas de progreso son trigal sin color ni sol y fanfarronean las desdichas del sin sueldo y el sin laburo.
Sobre los labios heridos del hambre crujen los pálpitos resecos de sinsabores, como si fuesen hojas del otoño que pasa sin volver. El porvenir crece entre los smoquings y los índices del absurdo se llenan de páginas de desocupados, mientras los perros cirujas de la noche celebran las buenas malas entre aullidos candentes; como trinar de horneros sin barro con que construir sus nidos. Los cartoneros son bohemios de penurias.
La mañanera neblina, la hora pico y su largada, enciende una bolsa y sus mercados. Van y vienen los tipos, se apresuran, se agolpan por subirse uno sobre el otro y así obtener más papel dibujado por la acuarela monetaria.
El progreso ya ha otorgado sus lúgubres turnos y no quedan cupos para el "negrerío" (término éste usado por los ricos para condecorar el altar de los pobres).
Un poco más alejado del centro, entre la esquina rota del progreso y una cortada diagonal de anhelos, aún duermen; un linyera, un niño solo y las golondrinas azotadas por la explotación ardiente del sudor.
Nadie observa el puente. Todos olvidan la orilla que divide la otra esfera y sus ríos de miseria. La pobreza crece junto a los grandes mercaderes y sus corbatas; ellos, tal ves lo saben, o no. Todos olvidan que sociedad, suciedad y limpios de alma: son lo mismo en conformancia a la ceniza que regará los cementerios de esta prole.
Aquí, la justicia no se plasmó para con los arapos sucios de las changas. Los jornales sin pago exquisito del remunerativo justo, aplastan hormigas, techos y obreros lastimados. Los ajustan a cimientos dormidos sin ladrillos ni paredes por levantar.
Bajo el chaperio zinc y el frio sin cobijas, los cuchillos oxidados tienen fuego en el filo que aguarda dividir la justificada porción dichosa y dulce que aún se retarda, desde siempre.
Y ya es mediodía. Un amigo, "el busca", me invitó a almorzar. La olla familiar, su carga de caldo sin condimentos, es arrastrada hasta la mesa por caballos de plomo y estatuas. Las cucarachas burlescas se mezclan con el negro cartón de los rancheríos. En lo del "busca" no se sirve postre y los críos miran asombrados el rincón del "nos falta todo".
Arriba, allá donde hay muchas escaleras y alfombras y lustrados sillones de grandeza y poder; los poderosos se mastican uno a otro con blancos colmillos de estándar propicios y lujos. Sus ambiciones, traiciones y lealtades de avaricia; son múltiplos con resultados positivos varios, festejados al champaña.
Por donde vive "el busca", no hay vallas ni reglas, ni ley que ampare a los marginados, en la lucha contra las ratas ganando la puja por obtener las sobras tiradas en el basural, en ese montículo laberintero de equidad ausente. Y así, día tras día. Lucha sobre lucha: una nueva batalla sin cese ni laureles. Peones y reyes sobre un mismo tablero inestable, sobre una balanza sin justeza.
¡El pueblo está creciendo!-, dijo alguien mediante un altavoz. Y por sobre la espalda de la vida en dicha, o en flor, tras el cuadro feliz y falaz de lo hostil dichoso; común y social, por el paralelo rumbo del crecimiento avaro que nos mastica, justo en concordancia; pero al otro lado de la orilla: nacen, procrean y mueren cada vez más las flores sin pétalos y los humildes. En la claridad del cielo, una estrella canta la estrofa sin tiempo ni rima del pan ausente.
Hace poco tiempo hubo censo nacional y en el conteo general de personas, todos integramos un montón de millones habitantes, un mismo número cifrado. Todos, toditos, ellos; aquellos y los otros tantos, los que combaten enérgicamente día a día por un algo, aunque sea por un poquito más, somos todos iguales; porque el censo dejó claro que somos millones de una sola patria. Un solo pueblo respondiendo a una sola bandera -la que me gusta ver flamear altiva en todo mástil y ventana y en todos lados-. Todos hermanos ante ojos vítreos de un mismo dios, patriotas y mandatarios. Todos ciudadanos en el mismo protocolo de posibilidades.
Solo discrepan los techos, el domicilio, el menú cotidiano y algunas desvirtúdes y desventajas.
Nadie observa el puente. Todos olvidan la orilla que divide la otra esfera y sus ríos de miseria. La pobreza crece junto a los grandes mercaderes y sus corbatas; ellos, tal ves lo saben, o no. Todos olvidan que sociedad, suciedad y limpios de alma: son lo mismo en conformancia a la ceniza que regará los cementerios de esta prole.
Aquí, la justicia no se plasmó para con los arapos sucios de las changas. Los jornales sin pago exquisito del remunerativo justo, aplastan hormigas, techos y obreros lastimados. Los ajustan a cimientos dormidos sin ladrillos ni paredes por levantar.
Bajo el chaperio zinc y el frio sin cobijas, los cuchillos oxidados tienen fuego en el filo que aguarda dividir la justificada porción dichosa y dulce que aún se retarda, desde siempre.
Y ya es mediodía. Un amigo, "el busca", me invitó a almorzar. La olla familiar, su carga de caldo sin condimentos, es arrastrada hasta la mesa por caballos de plomo y estatuas. Las cucarachas burlescas se mezclan con el negro cartón de los rancheríos. En lo del "busca" no se sirve postre y los críos miran asombrados el rincón del "nos falta todo".
Arriba, allá donde hay muchas escaleras y alfombras y lustrados sillones de grandeza y poder; los poderosos se mastican uno a otro con blancos colmillos de estándar propicios y lujos. Sus ambiciones, traiciones y lealtades de avaricia; son múltiplos con resultados positivos varios, festejados al champaña.
Por donde vive "el busca", no hay vallas ni reglas, ni ley que ampare a los marginados, en la lucha contra las ratas ganando la puja por obtener las sobras tiradas en el basural, en ese montículo laberintero de equidad ausente. Y así, día tras día. Lucha sobre lucha: una nueva batalla sin cese ni laureles. Peones y reyes sobre un mismo tablero inestable, sobre una balanza sin justeza.
¡El pueblo está creciendo!-, dijo alguien mediante un altavoz. Y por sobre la espalda de la vida en dicha, o en flor, tras el cuadro feliz y falaz de lo hostil dichoso; común y social, por el paralelo rumbo del crecimiento avaro que nos mastica, justo en concordancia; pero al otro lado de la orilla: nacen, procrean y mueren cada vez más las flores sin pétalos y los humildes. En la claridad del cielo, una estrella canta la estrofa sin tiempo ni rima del pan ausente.
Hace poco tiempo hubo censo nacional y en el conteo general de personas, todos integramos un montón de millones habitantes, un mismo número cifrado. Todos, toditos, ellos; aquellos y los otros tantos, los que combaten enérgicamente día a día por un algo, aunque sea por un poquito más, somos todos iguales; porque el censo dejó claro que somos millones de una sola patria. Un solo pueblo respondiendo a una sola bandera -la que me gusta ver flamear altiva en todo mástil y ventana y en todos lados-. Todos hermanos ante ojos vítreos de un mismo dios, patriotas y mandatarios. Todos ciudadanos en el mismo protocolo de posibilidades.
Solo discrepan los techos, el domicilio, el menú cotidiano y algunas desvirtúdes y desventajas.
