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Opinión

Homenaje a Leopoldo Marechal

Compartimos un jugosísimo texto de la poeta y crítica literaria mendocina Graciela Maturo sobre Leopoldo Marechal como adelanto de una de las charlas que brindará en la Feria del Libro en el Julio Le Parc.
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De todo laberinto se sale por arriba
L.M.


Un 26 de junio de 1970, poco más de cuatro décadas atrás, cerraba sus ojos en Buenos Aires, donde nació, uno de los grandes de la literatura argentina e hispanoamericana: Leopoldo Marechal. Personalidad fuerte y discutida, como lo han sido Lugones, Castellani y el propio Borges, por el año 40 era considerado en España el mayor escritor de la Argentina, y había obtenido en su patria las más altas distinciones que se daban en el campo de las letras, los premios Nacional y Municipal. Había publicado ya Los aguiluchos, Días como flechas, Odas para el hombre y la mujer, Laberinto de amor, Poemas australes, Descenso y ascenso del alma por la Belleza, Sonetos a Sophia y El centauro. Suficiente para entrar en el Parnaso literario por la puerta grande.

Poco después, su militancia política lo alejó de sus pares; su novela Adán Buenosayres, señera en la renovación del género en nuestra lengua, fue silenciada y ocultada. En el 55 su autor fue obligado al ostracismo, durante diez años, en su propia casa. Reivindicado por las nuevas generaciones, conoció un reconocimiento en los cinco años finales de su vida, signados por una intensa labor. La muerte le llegó el 26 de junio de 1970.

El joven Leopoldo, nacido en el Abasto en el 1900, y establecido a partir de 1910 en Villa Crespo  - con su modesta familia descendiente de franceses y vascos españoles -  siguió la carrera de maestro y ocupó un lugar en una biblioteca barrial. Allí leyó apasionadamente a los clásicos, y descubrió a su primer maestro: Homero, en versiones españolas (que tuve la fortuna de hojear, en la Biblioteca Alberdi, siguiendo sus pasos). Más tarde, Leopoldo leería esas obras en francés, la lengua de su padre.

A partir de 1922 la vida del joven maestro de escuela y bibliotecario de barrio tendría un cambio importante. Entró en la vida literaria por su encuentro con jóvenes escritores de otros grupos y ambientes: Jorge Luis Borges, Brandán Caraffa, Ilka Krupkin, Francisco Luis Bernárdez, Oliverio Girondo, Xul Solar, Carlos Mastronardi. Los alegres camaradas que fundaron Proa y Prisma, fueron invitados por Evar Méndez a la célebre revista Martín Fierro.

La primera presidencia de Yrigoyen y la de Alvear, que le siguió, dieron marco a la emergencia de una “vanguardia criolla”, que defendía el ultraísmo de Cansinos Assens y el creacionismo de Huidobro. Los jóvenes integrantes del grupo de “Florida” emprendían el viaje a Villa Crespo en busca de las prensas generosas de Glusberg, y del “color local” de los  barrios orilleros. También había contactos con el grupo de “Boedo”, integrado por jóvenes socialistas como Raúl González Tuñón, Roberto Arlt, Elías Castelnuovo.

Lugones, que había practicado audazmente el verso libre y las demasías metafóricas en sus primeros libros, era en los años 20 la figura emblemática a ser destruida por la generación del 22. Eran los tiempos en que Borges escribió El tamaño de mi esperanza, libro que más tarde no reconocería en sus Obras. Recordando esos años diría Mastronardi: Fuimos los últimos hombres felices.

Al final de esa década, que vio surgir los tres primeros poemarios de Marechal,  - Los aguiluchos, Días como Flechas y Odas para el hombre y la mujer -  él y Borges se hermanaban en un Comité de Escritores que daba su apoyo a la segunda presidencia de Yrigoyen. Nadie podría haber sospechado entonces los inminentes cambios de la historia, ni las divergentes trayectorias de muchos de aquellos escritores.

Vinieron los viajes a Europa, la maduración filosófica de Marechal, formado en múltiples lecturas de autodidacta, su profesión de fe que convirtió el cristianismo naturalista de la juventud en un catolicismo profundo, aunque siempre tocado por la herencia órfica. El año 30, de grandes transformaciones para su país, lo pasó Leopoldo en Europa. Mientras con sus compañeros frecuentaba los cafés parisinos, donde alternaban con los surrealistas y divisaban al propio Joyce,  - como lo ha recordado Paco Luis Bernárdez -  Marechal, navegaba ya contra la corriente: leía a Gonzalo de Berceo, y había descubierto  - a través de Menéndez y Pelayo -  a San Isidoro de Sevilla, su introductor en la filosofía griega y la Patrística.

Luego de su año europeo, dedicado al vivir poético con amigos artistas, pero también a jornadas de estudio en que leyó a Plotino, Dionisio y la tradición a la que pertenecen, Marechal volvió dispuesto al acto de reconciliación que hace el centro de su novela Adán Buenosayres. Parejamente prosperaban, en sorprendente unidad, su bouquin autobiográfico, como él lo llamó, su poesía y su reflexión estética. Produjo una objetivación poética de su proceso espiritual en el dantesco Laberinto de amor, y un canto a los hombres de la tierra en sus Cinco Poemas australes.

Al terminar esa década,  - en la cual se celebraba el Cuarto Centenario de la Primera Fundación de Buenos Aires por Pedro de Mendoza -  dio a conocer su primera versión de Descenso y ascenso del alma por la Belleza, y poco después los Sonetos a Sophia y el poema El centauro, que le valió, además del premio, las admirativas palabras de su amigo Roberto Arlt: Sos lo más grande que tenemos en lengua castellana…

Pero había en Marechal la pasta de un militante, y así lo muestra su temprana simpatía por el anarquismo, su acercamiento al irigoyenismo en los años 20, su incorporación a las filas del nacionalismo católico en los 30, y a las del peronismo después, a riesgo de separarse  - como de hecho ocurrió -  de sus pares y amigos. La participación en el mundo, la acción política, contribuyeron sin duda a su elección del drama y la novela como géneros dilectos de su madurez.

A fines de la década del 40 dio fin a su abultada novela Adán Buenosayres que encierra, en su compleja estructuración, una autobiografía, un tratado del alma y una sátira de su propio medio social y literario. Poco después produjo Marechal su primer drama Antígona Vélez, versión cristiana y criolla del drama sofocleo. Acababa de traducir de su segunda lengua, el francés, la tragedia Electra, en versión lamentablemente inhallable.

En 1950, declarado “ Año Sanmartiniano”, produjo su Canto de San Martín, texto épico no exento de toques humorísticos que es parte de la Cantata Sanmartiniana creada conjuntamente con el maestro belga Julio Perceval, y estrenada en Mendoza , en memorable función, con la asistencia del presidente Perón y su esposa Eva Duarte. Eran tiempos de intensas coincidencias de la política, la filosofía y la creación literaria, como lo prueba el texto leído por Perón en el cierre del Primer Congreso de Filosofía, celebrado también en Mendoza en 1949. Nadie duda del compromiso de Marechal con el peronismo del cual fue funcionario y uno de sus mentores doctrinales, tocándole recibir relegamientos e injusticias  - como suele ocurrir -  dentro del régimen, antes de ser exonerado por pertenecer al mismo. Pero sería totalmente injusto considerar a Marechal solamente desde la óptica de la política.

En los años de su ostracismo creó dos nuevas e importantes novelas: El banquete de Severo Arcángelo (1965) y Megafón o la guerra (1970), y también nuevos dramas: La batalla de José Luna, sainete teológico, y Don Juan  - obra que dimos a conocer en ediciones Castañeda. Fueron tiempos de nuevas creaciones poéticas como La patriótica, La Poética y La Alegropeya, cantos integrados luego en la unidad del Heptamerón (1966), y el Poema de Robot, breve acto simbólico que expuso la misión del poeta en los tiempos oscuros de la decadencia occidental. Acompañó a este crecimiento en el poema, la novela y el drama una notable secuencia de trabajo intelectual recogido en prólogos y ensayos, el libro Cuaderno de navegación (1966) que reúne importantes páginas sobre estética y política, y la segunda y definitiva edición de Descenso y ascenso del alma por la belleza (1965). En distintas revistas publicó Marechal sus últimos poemas, entre ellos Poema de la Física y Poema de Psiquis, que nos permitimos reunir en 1978 en ediciones Castañeda, con el título de Poemas de la creación, inspirado en el texto. Una decena de obras dramáticas, terminadas o no, quedaron inéditas y se hallan hoy en manos del académico Pedro Luis Barcia, uno de sus mejores exégetas.



Leopoldo Marechal y el destino de la Argentina



Marechal debe ser incluido entre los pensadores nacionales que con mayor profundidad se preocuparon por el destino de su patria. La preocupación por la Argentina recorre todos sus libros, y se hace más explícita en la década del 30, mientras surgían entre nosotros varias obras dedicadas al tema de la identidad nacional: Historia de una pasión argentina de Mallea, El hombre que está solo y espera, de Scalabrini, Radiografía de la Pampa de Martínez Estrada.

El clima mundial de la primera posguerra había sido propicio para incentivar en Europa la preocupación filosófica y política por el fortalecimiento de las identidades de los pueblos. Justo es reconocer que esa atmósfera, precursora del fascismo y el nacional-socialismo, se diferencia profundamente de lo que podríamos llamar el nacionalismo americano del mexicano Samuel Ramos, el peruano Mariátegui o el venezolano Gallegos. Marechal no profesa ni el nacionalismo agresivo de los europeos ni totalmente el americanismo telúrico de los ensayistas y novelistas americanos.

El clima argentino de los años 20 y 30 era fecundado por las conferencias de Ortega y Gasset, la visita del Conde de Keyserling, el influjo creciente de la fenomenología cultural, que se proyecta en las obras de Astrada, Saúl Taborda y Alberto Rougés. La preocupación nacional de Marechal tiene fuentes espirituales y religiosas. Se inspira en la noción bíblica de pueblo de Dios, concibe al hombre como un ser comunitario, integrante de un pueblo histórico con un destino común.

Podemos repasar esa preocupación por la Argentina a lo largo de sus obras. En la poesía, la vemos asomar en los primeros libros, pero más claramente en el tercero, por ejemplo en el Poema de la Patria Niña, de Odas para el hombre y la mujer, 1929. Ve a la patria adolescente, frágil, expuesta a todos los peligros, y manifiesta una permanente preocupación por el porvenir. Sería preciso “calzarla de metales”, afrontar lo abismal de los tiempos.

Entre las obras poéticas que le siguen, la más ligada a la identidad nacional es Cinco Poemas Australes. Es una obra cuyo fondo geográfico y humano lo conforma la provincia de Buenos Aires, donde el poeta pasó temporadas de su niñez y adolescencia, acompañando por los pueblos a su tío Francisco Mujica que vendía lo que se llamó “frutos del país”. Marechal visualiza a esos hombres de la pampa, arrieros, domadores, hombres de campo ligados al trabajo y la esperanza, como los arquetipos de una Argentina moral, que es la de Lugones en sus Romances de Río Seco, o la de Mallea en su Argentina Invisible. Son ejemplos morales y religiosos que Marechal contrapone a los hombres ciudadanos, preocupados por las cotizaciones de la Bolsa.

En su poema El Centauro, por el que obtuvo el Premio Nacional en 1940, Marechal termina de dar forma a esa imagen moral del hombre argentino al elevarla al carácter de mito. Renueva el tema del Centauro tratado por Darío en 1896, (centauro como ser bifronte, ligado al cielo y a la tierra, es decir a preocupaciones espirituales y terrenas) y le agrega una explícita connotación cristiana. Cristo es el nuevo Centauro, el arquero de los tiempos modernos que guía a la comunidad hacia su salvación. Es el modelo que Marechal ofrece, acompañado de la figura de la Virgen, cantada en los Sonetos a Sophia, que trae al imaginario nacional la figura femenina, ausente tanto en la obra de Sarmiento como en la de Hernández.

La novela es el campo más propicio para la exposición doctrinaria del tema, y también para su discusión dialéctica. En Adán Buenosayres (1948) el tema de la Patria es uno de los ejes innegables, desplegado conjuntamente con el biográfico y el estético-metafísico. El propio autor desliza la palabra argentinopeya, que hemos tomado en nuestros estudios. Su personaje Schultze, modulación del pintor y esoterista Xul Solar, es quien guía a Adán en el Infierno-Cacodelphia, que no es sino su propia patria sumida en la corrupción y el olvido del ser. Él mismo se ve situado en el Infierno, y aludido a través de distintos personajes.

Schultze, el artista sabio, recuerda que la patria se halla situada bajo el signo de Libra, y abierta a todas las posibilidades. Reaparece aquí un tema ya tratado en la poesía de Marechal y luego retomado en el Poema de Robot: la contraposición del poeta con hombres endurecidos que sólo tienen preocupaciones materiales. Esta descarnada radiografía del país le valió a Marechal muchas enemistades.

Por esos años, después de estudiar y traducir del francés una obra de Sófocles, estrena su primera obra dramática, la tragedia Antígona Vélez que es una cristianización del tema trágico de la justicia. Antígona es el arquetipo femenino de la Argentina (no han faltado interpretaciones que la fusionaran con Eva Perón, y es innegable su continuidad con María-Sophia, a la que luego dará el nombre de Lucía Febrero).

En 1965 publica El Banquete de Severo Arcángelo, una obra originalísima que bajo la apariencia de una novela de aventuras encierra un llamado a la conversión nacional, por la mortificación y la iluminación que provienen de un camino interior bajo el signo del Evangelio. Por esos mismos años (1966) continuando con su obra poética, da a conocer Heptamerón, siete cantos entre los cuales se encuentra La Patriótica, dedicado a su discípulo José María Castiñeira de Dios. Aquí continúa Marechal el tema de la Patria niña que espera su bautismo, y el tema de la salvación comunitaria. Es sólo por la redención individual como la patria se hará digna de su destino salvífico, pero no existe, para el poeta, una auténtica redención individual sin un sentido de pertenencia a la comunidad histórica. Vuelve sobre el tema de la salvación nacional en su Poema de Robot, un alegato ante la incipiente modernización tecnológica de los años 60, y también en los últimos poemas De la Física y De Psiquis (que con Eduardo Azcuy resolvimos editar con el sello Castañeda, que publicó también el Don Juan, bajo el título Poemas de la creación, extraído del texto, años después) donde este tema se alía indisolublemente a la misión del poeta. Es el poeta, inspirado por su musa, el que echa su puñado de sal en la boca de Robot, el nuevo monstruo creado por hombres mecanizados. El poeta asume la misión de despertar a sus compatriotas.

De esos años es también su drama Don Juan, donde elabora el tema de la redención del caudillo, con una innegable referencia política que algunos percibimos en su momento, y el sainete metafísico La batalla de José Luna, donde expone su concepción de la historia como combate de opuestos que se libra, al modo homérico, en la tierra y en el cielo.

El hombre debe librar, siempre, una doble batalla, histórica y espiritual. Esto se expresa de una manera rotunda en la última novela de Marechal, Megafón o la guerra (1970), que editó Sudamericana un mes después de su muerte. Obra barroca, de una complejidad formal inusitada, es un nuevo llamado a la épica nacional, conducida esta vez por dos héroes: Megafón, remodulación de Severo Arcángelo, y reiteración intencionada de un referente real, y Samuel Tesler  - que ya había aparecido en Adán Buenosayres como encarnación novelística del poeta Jacobo Fijman -  el que aquí figura como simultánea hipóstasis de Fijman y del autor. En suma, es la figura del poeta, como redentor de su comunidad, la que es llevada a su plenitud espiritual e intelectual en esta novela.

En los ensayos y conferencias de Marechal, esta visión de la Argentina se completa y expande reflexivamente. Su conferencia sobre la Fundación de Buenos Aires,  - del año 35, cuando Buenos Aires conmemoraba el Cuarto Centenario de la fundación del Fuerte por Pedro de Mendoza -  recuerda el sentido espiritual de las dos fundaciones. La raíz simbólica de ese pensamiento se apoya en elementos como el nombre “Argentina”, dado por el arcediano Martín del Barco Centenera a la provincia rioplatense que-de-un-puro-metal-toma-su-nombre. El argentum, designa al río Paraná que los españoles exploraron hasta fundar la Asunción, y que luego de la destrucción de la primera Buenos Aires volvieron a recorrer con los “mancebos de la tierra” para refundarla. El nombre dado a la ciudad  - recuerda Marechal -  es “Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Santa María del Buen Aire”. La Ciudad del Águila, con el águila del Espíritu Santo estampada en su escudo, se ha convertido según el poeta en la Ciudad de la Gallina.

En síntesis: toda la obra de Marechal está atravesada por la preocupación nacional. Piensa en el destino de la Argentina como bíblico pueblo de Dios, como comunidad evangélica destinada a hallar su rumbo a través de la conversión moral y religiosa. Su pensamiento no es una especulación filosófica distante sino un pensamiento didáctico, actuante y encarnado. Es la visión de un poeta-filósofo, un doctrinario que se convierte en incansable predicador de la salvación nacional, y la asienta en la salvación individual.

Solo hombres nuevos podrán crear una sociedad nueva.

En suma, Marechal es uno de esos maestros permanentes a los que podemos acudir los argentinos; tanto como un José Hernández en el siglo XIX, Marechal ocupa buena parte del siglo XX y desde allí irradia sus enseñanzas hacia el tiempo actual. Cada día que pasa hace más vigente su mensaje, como podrán comprobarlo aquellos que se aproximen sin prejuicios a su obra.



Apéndice



"Chacarera de los árboles nuevos"

Chacarera, cuando plantes
un arbolito en el Norte,
regalarás a la Patria
cien manojitos de flores.

Cuando plantes, chacarera,
un arbolito en el Este,
la Patria y tu corazón
serán dos frutas alegres.

Chacarera, cuando plantes
un arbolito en el Sur,
tendrá el aire más frescura
y los desiertos más luz.

(Aura)

Chacarera, chacarera
de los arbolitos nuevos,
que los pájaros se alegren
y que sonrían los viejos.

Cuando plantes, chacarera,
un arbolito en el centro,
le mostrarás a los niños
la escalerita del cielo.

Chacarera, cuando plantes
un árbol en el Oeste,
ya prometerás el fruto
entre las hojitas verdes.

Cuando plantes, chacarera,
en los caminos un árbol,
que lo anuncien las guitarras
y que bailen los muchachos.

[Aura]

Chacarera, chacarera
de los arbolitos nuevos,
que los pájaros se alegren
y que sonrían los viejos.



Texto inédito publicado  por Graciela Maturo en su libro  Marechal, el camino de la Belleza, Biblos, Buenos Aires, 1999.Letra de Marechal con música de Alida Otharan de Barceló: 
Tango: “La mariposa y la muerte "


I
Una vez mi corazón
dijo en son de profecía
cuando yo empecé a quererte,
que sobre tu mediodía
puede girar la canción
la mariposa y la muerte.

II
Subía al cielo, subía
la rosa en su elevación,
y sobre aquel mediodía
pudo girar la canción.
Al mediodía, orgullosa,
no se negaba la rosa,
y en su ambición le ponía
su cerco la mariposa.
Ya en su ardiente mediodía,
la rosa tentó la suerte,
y llevársela quería,
en su caballo la muerte.

I Bis

Y no llora el corazón
lo que lloro en profecía
cuando ni soñé perderte,
que sobre tu mediodía
pudo girar la canción,
la mariposa y la muerte.



Letra de Leopoldo Marechal con música de Armando Pontier. (Publicado en el libro de G.M.)

Graciela Maturo es e scritora, doctora en Letras, profesora universitaria  (UBA, UCA, USAL; UNCu, UCES, Instituto Franciscano), ha sido Investigadora Principal del CONICET, directora de la Biblioteca de Maestros, fundadora de centros y grupos de investigación, asesora de editoriales, etc. Dirigió la revista de poesía Azor (Mendoza, 1959-1964) y la revista interdisciplinaria Megafón, (1975-1989) órgano del Centro de Estudios Latinoamericanos que fundó en 1970. Es Miembro Honorario del Centro de Estudios Filosóficos “Eugenio Pucciarelli” de la Academia Nacional de Ciencias y colabora en revistas especializadas de Argentina, Chile, Colombia, Venezuela y otros países. Su más reciente emprendimiento es la fundación del Centro de Estudios Poéticos Alétheia, que dirige juntamente con Alejandro Drewes. Ha cultivado una línea de pensamiento humanista, renovada por la Fenomenología y la Hermenéutica moderna, y defiende la legitimidad de un pensamiento americano. Su obra publicada, que ha merecido varias distinciones, abarca la poesía, el ensayo y la investigación literaria.