Opinión
"Sensación de injusticia" o "Menem (no) lo hizo"
Mientras leían el fallo, Carlos Saúl Menem sonrió. Un par de personas que lo acompañaban le hicieron saber su beneplácito por lo que escuchaban, pero pidió silencio para seguir oyendo el dictamen: “absuelto”.
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Según la Fiscalía –que deberá esperar hasta dos semanas después de las elecciones presidenciales, recién el 7 de noviembre, para conocer los fundamentos del fallo y así poder apelar- el ex dos veces jefe de Estado firmó los decretos "a sabiendas del verdadero destino del material" bélico.
Además, de acuerdo con el Ministerio Público, "convalidó la venta de armamento a los verdaderos países de destino con cuyos gobernantes tenía una excelente relación". La Aduana, querellante en la causa, había pedido una pena de cinco años para el ex mandatario. La Fiscalía, ocho. Igual, Menem no pasó más de cinco meses en prisión domiciliaria y, teniendo en cuenta el paso de los años y su avanzada edad (81), no hubiese visto de todos modos los barrotes de una prisión, como sí les pasa a criminales comunes y no tan comunes en el resto del mundo por causas mucho menos importantes que ésta.
Es imposible no pensar en la sensación de injusticia que deja la conclusión del caso en esta instancia. Además, se revela torpemente el estado en que se encuentran las cosas: por amistad con uno, por subordinación hacia otros o por conveniencia propia, los medios masivos prefirieron poner el foco en otro lado y no un caso histórico.
Además de las consecuencias económico sociales de su paso por el gobierno, cosa que pertenece a otro tipo de análisis y discusiones, pasaron muchas “cosas raras” en el país de las “relaciones carnales”: atentados terroristas, la muerte del propio hijo del presidente, la explosión de la fábrica militar de Río Tercero, el otorgamiento de pasaporte argentino ¡en Mendoza! a un traficante sirio de armas… Todas causas en las que, tal como rezó algún eslogan de campaña modificado, “Menem (no) lo hizo”.
Mientras Menem hacía lo que según la Justicia no hizo, eran miles los hombres y mujeres con poder real que aplaudían como focas de circo amoríos, ocurrencias y determinaciones del riojano, derramando, en el grotesco ademán, el champán de sus copas.
Eran tiempos en que, a pesar de todo, la prensa, ciudadanos de a pie y sectores importantes del Congreso comprendieron el rol que les tocaba en el sistema republicano y, entonces, sostuvieron con fuerza su voz en contra, señalando y denunciando los hechos más allá de la ya famosa “servilleta de Corach” con la que, según reza el mito popular alimentado por la impudicia de muchos testigos, se designaba a los jueces.
Hoy, la más mínima esperanza de que realmente se logren los equilibrios institucionales que precisa el sistema amenaza con desvanecerse con sólo comprobar que nadie hablaba del abrupto final de la instancia judicial más grave -¿hay que repetirlo?- a la que se haya sometido a un ex presidente en la Argentina. A lo sumo, un vergonzante “son todos iguales” nos habrá disminuido, en la ocasional tarde de café en la que no se habló del tren porteño, al mismo barro en el que muchos sabemos que no estamos, no estuvimos ni estaremos.
Se consolida una “sensación de injusticia” que se sumará a la del “no se puede” de tantos que han bajado los brazos y que merodeará a los “contentos por cualquier cosa”, esos optimistas de ocasión que creen que las malas noticias las inventa algún poder destituyente para arruinarles la vida.
El mundo observa azorado el resultado del “Caso Menem - Armas”. Los argentinos, no.
