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Opinión

La argentinidad al palo: unos, xenófobos; otros, sin brújula

La Plaza Independencia no deja de sorprendernos: se ha vuelto en una vidriera de lo peor que llevamos dentro. Allí murió un indigente hace unos días. Hoy, fue el epicentro de una batahola incomprensible. Pero si nos esforzamos por comprenderlo, todo es peor: somos caretas, maleducados y xenófobos. Perdón, a quienes corresponda, en nombre de Mendoza.
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Los hechos protagonizados por un grupo de estudiantes de escuelas secundarias esta mañana en la Plaza Independencia son condenables. Tanto, como el ataque sufrido por un ómnibus que llevaba a hinchas "rojos" a San Juan, días atrás.

Con respecto a los hechos de este triste viernes, las versiones circulantes indican que, frente a la gran presencia de hinchas chilenos en la Ciudad de Mendoza (se calcula que pueden ser unos 30 mil) unos pibes comenzaron a arrojarles piedras a los festivos trasandinos que se concentran desde hace días en la desembocadura de calle Sarmiento y Chile, en el costado Oeste de la principal plaza de la capital mendocina.

Rápidamente el mal ejemplo cundió. Un nutrido grupo de adolescentes comenzó a atacar física y verbalmente a los chilenos.


Aún sabiendo que allí habría una gran convocatoria juvenil, harto anunciada por Facebook, el Gobierno decidió actuar con los hechos ya consumados.

Al tomar la determinación, pudo haber convocado a mediadores, negociadores, dirigentes de áreas de Juventud, a los Preventores de la Municipalidad de la Ciudad de Mendoza, a los operadores juveniles de la Dinaf, a los equipos de Desarrollo Humano o, como finalmente decidieron, a las fuerzas de choque de la Policía.

Los propios funcionarios civiles del Gobierno acompañaron a sus tropas y siguieron el operativo desde el lugar de los hechos. Hubo torpeza: por un grupo de pibes violentos sacaron del arcón de los recuerdos esa vieja idea de que todos los pibes son peligrosos. Y comenzaron a perseguirlos en una cacería que tuvo como escenario al microcentro mendocino. Un funcionario provincial tiró a uno al piso, lo pateo y se fue. Se sacó las ganas. ¡Cuánta bravura!

La xenofobía inexplicable en estos tiempos signados como de “hermandad latinoamericana” se vio fogoneada por policías que arrojaron balas de pintura, contuvieron con escudos antidisturbios, rodearon con vehículos la plaza y convirtieron a los agresores, pero también a cientos de otros que no lo eran, que salían de la escuela o bien que participaban de la “rateada masiva”, en una marea humana que corrió por la Peatonal, causando pánico en una ciudad literalmente tomada por turistas y que, hasta ese momento, vivía un clima festivo.

Los pibes no entendieron nada. A esos pibes nadie les enseñó nada: no lo hicieron sus padres ni la escuela de la que estaban saliendo. O no lo aprendieron y los adultos tenemos –en ese último caso- que replantearnos muchas cosas. Todavía, desde los micros que los devolvían a sus domicilios seguían escupiendo o insultando a cuanto chileno identificaban en la calle. ¡Cuánta viveza! ¡La argentinidad al palo!

Por otro lado, el Estado tampoco aprendió nada. Abatatados, dejaron que una situación violenta fuera resuelta –como si eso fuese realmente posible- por métodos violentos.



Lo más grave de todo no es la fiesta arruinada, la repercusión transmitida en vivo por decenas de periodistas extranjeros o bien, los cientos de turistas que buscaron refugio en bares de la Peatonal o negocios, sin entender lo que sucedía o peor, creyendo que esto es “normal” en Mendoza.

Grave es que creamos que no tenemos nada que ver con Chile y los chilenos, que somos mejores o superiores; y que eso lo manifiesten hasta el extremo de empuñar piedras como armas contra los vecinos trasandinos por la esperanza de nuestro país: los más pibes.

Cuánta tristeza.