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Opinión

Delivery de interpretaciones: la renovación política, entre Del Sel y La Cámpora

Una opinión escéptica para provocar el debate: mientras todos se arrogan ser los dueños de la nueva política, lo viejo pelea por quedarse, aun cuando le gente, de frente y sin caretas, no los vota. A punto de que la "nueva política" termine pariendo a un "viejito simpático" y poco más.
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Hay un abuso del exitismo: argentinos somos.

Gracias a eso, el kirchnerismo se ha transformado en la única agrupación política del mundo que se junta para festejar las derrotas y “leerlas” a su conveniencia. Y quienes recién acceden a la política a fuerza de ocupar un lugar que nadie quiso cubrir –tal el caso del humorista Del Sel- se transforma en “lo nuevo”, “lo que viene”, “lo refundador” y hasta hay quienes se animan a señalarlo como “la buena política”.

Interesadamente, solemos exagerar. Argentinos somos.

De tal manera, la conveniencia de unos es transmitida como la conveniencia “de todos”, y no se mezquinan calificativos a la hora de ponerla a consideración.

¿Es tan diferente la incorporación de Florencia Peña, Nacha Guevara y Fito Páez al proyecto del gobierno nacional a la candidatura a gobernador santafecino del “midachi” Miguel Del Sel?

Unos y otro son horrorosos para la política según lo lean otros y unos, interesada y sectorialmente.

Pero, al final, lo importante es sacarle la cáscara a cada una de las opciones y revisar qué es lo que contienen en el fondo: si son capaces de desarrollar una gestión pública, además de contagiar entusiasmo y carisma; si poseen los equipos para llevar adelante tareas en beneficio de la sociedad y contienen la templanza para liderarlos o bien si serán la máscara simpática de grupos eternizados en la burocracia partidaria, estatal, sindical o cualquiera otra.

En un país que clamó “que se vayan todos”, pocos son capaces de ver cómo casi todos ya se han ido o se van diluyendo ante el electorado.

En ese contexto de partidos tradicionales cuestionados y en ebullición interna, la tan cuestionada Cámpora, por citarla como ejemplo en días en que se la ha mencionado tanto, ha asumido, guste o no, un rol vacante dejado por las viejas estructuras del peronismo. Lo hace con el aval de su líder, que es el hijo de la presidenta, por lo cual podemos decir que La Cámpora es el nuevo partido construido por la presidenta para fundar el “cristinismo”.

Para aquellos “viejos estructurados” esto resulta, obviamente, poco menos que el Armagedón. Ellos creen que encarnan el futuro.

Pero si de resultados se trata, hay que decir que, al final, este grupo puja por la renovación de los nombres en un peronismo que resiste, cada vez con más fuerza, en una liga de gobernadores y dirigentes sindicales que, aunque enfrentados ahora por alinearse en un “neokirchnerismo obligatorio” o en el antikirchnerismo, todo indica que confluirán en sus viejos caminos unidos por el espanto.

Desde Néstor Kirchner hasta aquí, los partidos tradicionales han sido desplazados del centro de la escena. Lo hecho se ha ejecutado con formas y características que tal vez no gusten. Pero entonces,  ¿se cumplió o no el deseo masivo de cambio?

Nuevamente depende de quién lo interprete: a quien no le guste lo que vino como  “nuevo”, obviamente descartará sus méritos y, entonces, reclamará porque vuelvan las estructuras “serias” de la política, entendiendo por “serio” a las de siempre, aquellas que, dijimos, se tenían que ir y que ahora, para sobrevivir, suelen esconderse detrás de las máscaras de la “nueva política”.

Ahora queda por ver cuán grande es la dimensión y las posibilidades que adquiere el deseo de generar una alternativa. Frente a eso “nuevo” que generó el kirchnerismo y  que se vende a sí mismo como invencible, se construye la idea de que es posible vencerlo. No lo ha podido hacer ningún partido tradicional por sí solo. Ni lo han podido discutir, siquiera, en un frente, debido a los apuros con que se avanza en las apetencias de poder individual.

Por eso, un humorista que no supo articular un discurso de estadista al agradecerles a sus votantes (porque no lo es) recibe hoy medallas y ofertas de giras por todo el país. Representa, claramente, una puerta abierta a una alternativa política enfrentada al gobierno nacional. ¿Quién lo hizo? El "productor general" de la obra montada en Santa Fe, Mauricio Macri, y le llegaron ramos de flores desde el público, en los brazos de un desorientado Ricardo Alfonsín que saluda a todo lo que se mueve, y también desde bambalinas, en donde se encontraban dirigentes tan novedosos como Eduardo Duhalde, Gerónimo Venegas o Martín Redrado.

La política –para disgusto de los teóricos instantáneos que la interpretan a su gusto y necesidad- es bastante más compleja que lo que se ve y escucha en televisión, lo que se dice en Twitter o se sube al perfil de Facebook.

Las construcción y ejecución del poder público se ha nutrido en Argentina -y con mayor o menor éxito- de gente que provino de la militancia y del empresariado, del show bussines y de la televisión, de las fuerzas armadas o de las organizaciones de base, y todos los orígenes son legítimos, aunque se revalidan una vez que les toca ejercer la carga pública de gobernar.

Pero lo que podríamos llamar en medio de una efervescencia que no permite distinguir bien el final del camino como “el caso argentino actual” es algo “nuevo” signado por lo “viejo”, a punto de parir más probablemente a un “viejito simpático” que a una naciente forma de ejercer la política en el país.

Está bueno sacar provecho de las circunstancias y, de hecho, lo hace el que puede cuando le toca. Pero mejor estaría que la discusión de fondo resulte qué país queremos y para quiénes. Aunque para nuestro espíritu exitista e inmediatista eso puede resultar demasiado aburrido.

Gabriel Conte en Twitter: @ConteGabriel