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Opinión

El TEG al que se nos invita a jugar en las elecciones, ¿necesita de "soldados"?

Todo podría ser más sencillo y aceptar las reglas del juego del sistema republicano, hasta tanto se haga la revolución tan mentada y menos organizada de la historia: aquella que exija una confrontación lisa y llana de posiciones. Los candidatos que se dicen ser "soldados" y todo a lo que renuncian. Una opinión del director de este diario.
Ser un soldado no es lo mismo que ser partícipe. Las implicancias.
Ser un "soldado" no es lo mismo que ser partícipe. Las implicancias.

El año pasado discutíamos en MDZ en torno a una tendencia que luego se consolidaría: “cuando un gobierno necesita soldados y no periodistas, decíamos”. Nos colgábamos entonces de una brillante nota del periodista rosarino Reynaldo Sietecase, quien se negaba –en medio del debate por la Ley de Medios- a sumar se la maquinaria del “si” a ciegas o del “no” cerrado.

Lo sostenía él (y lo seguimos sosteniendo nosotros) porque que cuando la terminología común para una guerra se apropia de las palabras que usamos para describir la cotidianeidad, por más peleada, discutida o contratada que se muestre, indudablemente los resultados que se obtendrán tendrán que ver con esa metodología usada.

Aparecerán tanto los "francotiradores" como los "infiltrados" en territorio "enemigo". Deharemos de ser país para pasar a formar parte de un escenario bélico. Al cuete.

“En medio de la contienda –recordaba Sietecase, entonces- la primera víctima es la verdad”.

Durante los años del kirchnerismo han sucedido cosas buenas y malas. Algunas, ultradefendidas y otras ultracriticadas. Esa ultranza pudo ser el germen de una redefinición ideológica de los argentinos. Quienes defendían lo que la oposición llamó como “crispación” lo hicieron diciendo una gran verdad: “forzar a la gente a que tome partido, a que busque, encuentra y sepa de qué lado de las cosas está y se deje, entonces, de opinar como espectador, al pasar a ser protagonista de la realidad”.

La vida es conflicto. Y lo es también la política. Los consensos –se ha icho- son ocasionales y especialmente, para momentos en que resulte fundamental hacerlo en pos de la superación de un mal superior.

Pero la vida en política requiere de contrapuntos. La unanimidad es silencio.

A la crispación del Gobierno se sumó luego la de los otros, sus adversarios. Y nos sumimos en una guerra de posiciones fuertemente encontradas en donde, como se ha dicho, "la primera víctima es la verdad".

Y para combatir en esa guerra, una vez más, sobraron  los periodistas y los políticos ya que lo que se reclama desde las usinas de la batalla no es ese tipo de recurso humano: sino soldados.

Adaptando la definición clásica de soldado, podemos conceptualizarlo así: un soldado es un individuo que se ha alistado, voluntariamente o en cumplimiento de un mandato, y ha recibido entrenamiento y equipos para defender una causa y los intereses de quien lo convoca.

Hay aquí una subdefinición de la Wikipedia que le cabe al término “soldado”: se refiere también a un rango, generalmente el más bajo en el escalafón.

Es el que mandan a la batalla, a hacerle frente al otro. No hay muchas posibilidades en un soldado raso de cuestionar, de opinar, de emprender la defensa de otro modo que no sea el del mandato vertical.

Cualquier rebeldía o sublevación es pagada con el encierro y el juicio (en los casos reales de guerra) y en el destierro y la muerte cívica en el caso del soldado puesto al servicio de una causa política.

Podrá decirse –y con razón- que esto les va a pasar a muchos periodistas que se han enfrascado en una defensa sin cuartel de sus jefes: los del Gobierno o los de los medios que se le oponen.

Pero cabe ahora, como nunca antes, a la “militancia”, otro término que la democracia suavizó del lenguaje militar. Sus dos acepciones clásicas son:

1- Pertenencia de una persona a un partido político u organización política, sindical o social.

2- Actitud y actividad de la persona que defiende activamente una idea u opinión.

Bienvenidos sean los militantes, porque le dan sustento a la democracia. Y bienvenidos aquellos capaces de discutirle sus puestos a los eternizados dirigentes y a las ideas fuera de época.

Pero la duda que se abre cuando un candidato joven se abre paso en las listas, con más suerte que esfuerzo, es si le dará prioridad a su condición de soldado (o “soldada”, como en mal castellano se autodefine la candidata Anabel Fernández Sagasti, en la foto) o a la multiplicidad de opciones que harían, de la renovación de la política, algo para festejar en las listas del justicialismo:

- representante del pueblo

- delegada en el Congreso de los intereses de Mendoza

- rebelde capaz de generar nuevas ideas y cuestionar las imperantes

- puerta abierta a la participación pluralista en la política.

Por ello resulta interesante redefinir el rol de quienes van en “nuestras” listas. Porque son nuestras, claro está.

Porque si lo que se está proponiendo es que haya “soldados”, se le estará asestando un golpe muy fuerte a todo lo que se puede esperar de los jóvenes, como es su rebeldía cuestionadota, se estará, además, sublimando a niveles impensados la idea del debate democrático que el sistema republicano admite (y en ese estamos inmersos, ya que nadie ha sugerido ni hecho aquí revolución alguna) para transformarlo en la misma confusión en la que cayeron los asesinos de la dictadura: “si no estás conmigo, estamos en guerra”.

Terminamos con la misma frase usada en aquella "batalla" por la Ley de Medios que no aceptó arcoiris y que, en forma maniquea, aliné entre los que optaron por negro o blanco en una paleta de colores impuesta desde el poder: "Queda como tarea reclamar a la oposición que no se pliegue al TEG impuesto por el Gobierno y ejerza su rol con la máxima convicción de que la democracia no tolera mesianismos, exige alternancia en el poder y, centralmente, alternativas de fondo y no candidaturas montadas para la TV".