Opinión
47, más que un número
El periodista y escritor mendocino Julio Rudman reflexiona acerca de la gran victoria de Mauricio Macri. Para él, la Ciudad de Buenos Aires seguirá siendo una ciudad “atendida por sus propios dueños, como dice magníficamente Sasturain”.
No es fácil. Ya he leído los análisis de Horacio González, de Eduardo Aliverti, de Mario Goloboff, el poema, dolido y certero, de Juan Sasturain, anoche estuve un rato escuchando a Eduardo Anguita y Roberto Caballero. Como podrán apreciar, me ilustré antes de masticar y digerir (sobre todo digerir) mis reflexiones.
Casi todos me recomiendan no estigmatizar al electorado porteño. Prometo hacerlo sólo con ese 47,1% que reeligió (sí, ya sé, falta la segunda vuelta pero, ya saben, soy ateo y entonces no creo en los milagros) a Mauricio Macri al frente de la gerencia general de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
No creo que se haya premiado explícitamente la falta de gas en el Hospital Borda, ni la labor de espionaje de Ciro James, ni el trabajo de limpieza étnica del Parque Independencia, ni los modales de la UCEP (Unidad de Control del Espacio Público), ni la subejecución del presupuesto para educación, ni la ausencia casi absoluta de sensibilidad social, ni la falta de voluntad e ideas para debatir propuestas, ni las dotes de Chirolita del sujeto en cuestión.
No, creo que es más grave. A ese porcentaje inmenso de porteños no les importa un carajo cada uno de esos items. Y todos juntos tampoco.
Han visto en este personaje un estereotipo que quisieran imitar. Hijo tonto de un padre astuto, ganador mediático desde que transformó al club Boca Juniors en una empresa que cotiza en Bolsa. Un yuppie mediocre pero con guita, que se casó tres veces para toda la vida y que todo lo mide según los códigos de la eficiencia y la rentabilidad. Parece que también los pobres de la zona sur sueñan con una mina como Julieta Awada, con una casa en el country y con salvarse para siempre accediendo a una vida de telenovela.
En fin, mucho tango, pero del berreta.
También es cierto que la modernísima Buenos Aires, capital de los taxistas buchones, los comerciantes a mansalva y los hinchas de fútbol espasmódicos, se parece a casi todas las capitales occidentales. Se ha derechizado y parece seguir los cánones que, en ese aspecto, marcan París, Madrid y Roma, por ejemplo, gobernadas por dirigentes asociados a los grupos concentrados de la economía. La local y la global.
Asimismo sugiero, sólo por esta vez, mirarnos el ombligo. Estudiar por qué el señor Magnetto y el señor Durán Barba supieron leer mejor que nosotros la idiosincrasia lumpen del porteño del siglo XXI. Hacer lo que nos enseñaron en nuestra militancia juvenil y practicar una autocrítica seria y profunda pero, sobre todo, sincera de cara no al ballotage sino a octubre. Los méritos del rumbo son demasiado importantes para dilapidarlos por obra y gracia de lo peor de nuestra sociedad.
Eliminar de la reflexión crítica los fuegos artificiales de personajes como Carrió, Duhalde o De Narváez y concentrar los esfuerzos en saber comunicar los beneficios que implicará, aun para porteños macrinizados, la profundización del camino transitado desde 2003. Quizá sea esa una forma inteligente y útil de aprender de esta derrota, aunque me digan que ésta fue la mejor elección en la ciudad. Y aunque sea cierto.
Mientras tanto, seguirá siendo una ciudad "atendida por sus propios dueños", como dice magníficamente Sasturain.
En fin, mucho tango, pero del berreta.
También es cierto que la modernísima Buenos Aires, capital de los taxistas buchones, los comerciantes a mansalva y los hinchas de fútbol espasmódicos, se parece a casi todas las capitales occidentales. Se ha derechizado y parece seguir los cánones que, en ese aspecto, marcan París, Madrid y Roma, por ejemplo, gobernadas por dirigentes asociados a los grupos concentrados de la economía. La local y la global.
Asimismo sugiero, sólo por esta vez, mirarnos el ombligo. Estudiar por qué el señor Magnetto y el señor Durán Barba supieron leer mejor que nosotros la idiosincrasia lumpen del porteño del siglo XXI. Hacer lo que nos enseñaron en nuestra militancia juvenil y practicar una autocrítica seria y profunda pero, sobre todo, sincera de cara no al ballotage sino a octubre. Los méritos del rumbo son demasiado importantes para dilapidarlos por obra y gracia de lo peor de nuestra sociedad.
Eliminar de la reflexión crítica los fuegos artificiales de personajes como Carrió, Duhalde o De Narváez y concentrar los esfuerzos en saber comunicar los beneficios que implicará, aun para porteños macrinizados, la profundización del camino transitado desde 2003. Quizá sea esa una forma inteligente y útil de aprender de esta derrota, aunque me digan que ésta fue la mejor elección en la ciudad. Y aunque sea cierto.
Mientras tanto, seguirá siendo una ciudad "atendida por sus propios dueños", como dice magníficamente Sasturain.