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Opinión

¿Vendimia mayúscula o minúscula?

Una sentida reflexión post-Vendimia-escándalo, a cargo de la escritora Sonnia De Monte. La alvearense deja libre su pluma en torno a un fenómeno social que no deja de ser artístico. Y también sobre la mirada de los mendocinos en torno a los hechos sucedidos. Un texto nutritivo, como todos los de Sonnia.
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Hace mucho tiempo que venimos diciendo que hay que blanquear la concepción y significado de la Vendimia (la fiesta, por ahora). Que, como sutiles sicopatones, el tiempo, la cultura y el mercado la fueron transformando pero callandito nomás.

Pero tan de callar que somos también los mendocinos, quisimos hacer parecer que todo estaba igual, que los cambios solo tenían que ver con la tecnología, la cantidad de bailarines, actores y turistas, y alguna que otra mala (o divertida) costumbre hot de reinas.

Y dale. Decíamos que no, que no era así, ¡no sean porfiados!, que el cambio no era formal solamente, sino que hubo una mutación profuuunda, ideológica. Pero, bué.
Como es natural y si no somos tradicionalistas conservadores (¿será redundancia?), los cambios son lógicos y eso es evolución o, por lo menos, dinámica. Así es que el problema no pasa por los cambios. Pasará por la lectura, las tomas de postura y la decisión ante esos cambios, quizás. Por poner un ejemplo, durante la Dictadura, en la fiesta se enaltecía la Campaña al Desierto.

Entonces, mientras que los costos y la intención mercantilista ha ido trepando los cerros (también para ver la fiesta), los administradores (?) pretendieron y pretenden que la gente sienta igual que otrora. Es decir: mientras se vende territorio, cubierto de vides en poco tiempo, a “solventes”, y tramos de escenario para cartelería publicitaria, lo que se exige es que los artistas sean incondicionales a la fiesta, amen la fiesta, bailen la fiesta, sostengan la fiesta. No quieren entender que ya no se ama tan apasionadamente a la fiesta, sino que se la necesita, también. Como trabajo eventual, como salida laboral en meses de “temporada baja” de espectáculos.

La fiesta es oferta de tesoro económico y lobby para algunos, mientras que para otros debe seguir siendo inexorable tesoro cultural, porque si no: “¡Ya verás vos cómo no vas a bailar ni a vestirte de botella durante tres años seguidos! ¡La Pericana te va a llevar cualquier siesta de estas, vas a ver vos, que negás las raíces y que las brujas existen!”.

La fiesta, tal como está, se ha desvinculado de sus orígenes, niega su “primer principio”, de dónde salió, de dónde nació y por qué.

Este... hem, es probable que haya alguna cosechadora hot; lo que es seguro es que hay muy pocas o casi ninguna reina cosechadora; ¡ojo! no importa que su futuro esté en el modelaje, es legítimo y cada uno puede hacer lo que pueda, pero de ahí a la ciencia ficción de verlas cargando un tacho pegajoso...

También es interesante que el vino sea bebida nacional y se explosione al mundo. Lo que deja el sinsabor es el pequeño productor que no tiene ni siquiera una malla antigranizo como para proteger los geranios del patio o ni siquiera cosecheros para levantar su magra producción. Y es aquí en donde vemos el divorcio absoluto, pues.

Imaginemos que se hace un plan (ya que tan afectos son los funcionarios a esos planes estratégicos) a unos diez años. De cada fiesta de la Vendimia, hotelería, bares, agencias de turismo, yo qué se, se toma un dinerillo y se va colocando año a año malla antigranizo en una hectárea, solo UNA, de cada pequeño productor. No solo cosechará alguito; podrá pagar impuestos y muy poco probablemente también la cuota de Irrigación. Y, a su modo, también el artista aportará su trabajo para quienes parieron el origen de su trabajo.

Ah, y ya que la mencioné, tanto que se habla en los libretos sobre el agua: antes era valiosa, ahora tiene un precio descomunal y los pequeños agricultores están endeudados hasta la última gota. Vaya poesía... ¿Con qué rima Irrigación? Por no hablar acá de otras circunstancias del agua.

Allá por el 2002, una manga de locos (entre los que primero se contaba la Asociación de Actores, la entrañable, nuestro gremio, nuestro sindicato), hicimos una protesta delirante: la Vendimia Paralela. Hubo varias razones puntuales para el reclamo; el minimizar la fiesta, el trasladarla al estadio, etc. Pero si se sabe leer (generalmente poco se lee de sociedad y cultura en Cultura, así, con mayúsculas, que designa un estamento oficial, ya que cultura se escribe con minúsculas), se podría haber previsto que alguna vez la bronca estallaría.

Nos, los orates, recorrimos ciertas calles de la ciudad. Sin luminarias; tal vez se habían quemado todas.

¿Cuántos tipos y tipas, entre murgueros, bailarines, titiriteros, músicos, actores? Tres, cuatro cuadras de “disfrazados”. Lanzando fragmentos de poesías de autores de Mendoza, de amantes del vino, en cada esquina, el vozarrón inimitable del Raúl Benaventos, sin micrófono. Y en un escenario bastante pasable, traspuestos los portones del Parque, elegimos a la reina de la Vendimia Paralela, doña Anselma Peralta de 92 años, cosechadora.

Pienso ahora que eso fue la despedida. No cobramos un centavo; más bien pusimos y un montón, nosotros, los artistas, de donde teníamos y de donde no teníamos. Hasta ahí amábamos incondicionalmente a la fiesta, sentíamos la pertenencia; tenía identidad. ¡Si hasta las cenizas del Lolo de Luca están allá, en el cerro que Abelardo Vázquez llamó Borgoña!

Nadie, tal vez ni siquiera nosotros, supimos leer ese aviso alucinante. Allí quedó. Pocos intelectuales analizaron el fenómeno y esos trabajos habrán sido olvidados en alguna carpeta anillada de tesis, en la Facultad de Artes.

A la distancia, creemos poder ver mejor aquella protesta identitaria, que molestó y se olvidó muy rápido.

Más bien, se reaseguró la forma neoliberal del concepto cultura; siguió escribiéndose con minúsculas. Como la vendimia, la genuina; se escribe con minúsculas, mientras que Vendimia, la espectacular, va con mayúsculas.

Si creyera yo en el más allá, lo vería al David Blanco, el gremialista experto, el que sabía negociar en estas lides y siempre conseguía un poco más para los artistas, pero por la cultura y la identidad y el trabajo legítimo y digno, ergo, para la gente, lo vería, insisto, haciendo un corte de manga y matándose de risa y bronca por tanta ineptitud política, de visión social y de sabiduría.

Pero solo lo imagino, porque ya no está en ningún lado. O sí: en la memoria.

Así es que, por qué no. Ante el haber perdido mucho, los espectadores, los artistas, los cosechadores, los pequeños productores, la provincia, el mundo, y no hablo solo de fiestas, por qué no imitarle el corte de manga y luchar de nuevo.