Opinión
Elecciones y cambio de paradigma
Este 28 de junio se ha producido algo más que una elección parlamentaria de medio término. Más allá de los números que puedan significar bancas más y bancas menos para una u otra fuerza, conviene observar este hecho en un marco más amplio.
El dato más importante, es que el pueblo argentino ha dicho “no” al paradigma populista representado por los Kirchner. Y ha abierto la puerta para sustituirlo por otro paradigma. Lo que no está claro es qué paradigma lo va a reemplazar. ¿Vamos a volver al paradigma neoliberal de los ’90, como hace actualmente Colombia? ¿Vamos a insistir con el paradigma populista, con nuevos líderes, siguiendo el modelo de Venezuela, Ecuador, Paraguay y Bolivia? ¿Vamos a jugar con el paradigma socialdemócrata, al estilo Uruguay, Brasil y Chile?
El paradigma, o modelo, es un conjunto de políticas que la mayoría de los políticos y economistas consideran como más adecuadas para la prosperidad de su pueblo. De esa forma se constituye un marco de referencia, en el cual se mueven los actores con capacidad de incidir en las instancias de diseño de proyecto y toma de decisiones: periodistas, dirigentes gremiales empresarios y sindicalistas, intelectuales, políticos provinciales y municipales, entre otros.
En este momento, tenemos tres paradigmas posibles: el paradigma populista, el paradigma neoliberal y el paradigma socialdemócrata.
En América Latina, en los últimos años, se produjo una expansión del paradigma populista, tal como se refleja en Argentina, Venezuela, Bolivia, Paraguay y Honduras. Se trata de otorgar poder al lider, que se presenta a sí mismo como un iluminado, un ser superior, capaz de redimir a las masas pobres, a partir de una lucha homérica contra las instituciones, los empresarios, el imperialismo, los militares, el clero y las oligarquías.
En algunos casos, la acción de estos líderes logra remover obstáculos tradicionales y abrir nuevas instancias de desarrollo. Pero el costo de hacerlo con estos métodos suele ser muy alto.
En este paradigma, las instituciones son percibidas como un obstáculo a la acción redentora del líder. Por lo tanto, lo propio del populismo, es debilitar las instituciones. El Parlamento debe ceder facultades al Ejecutivo; se presiona a la justicia y a la prensa. Los cargos del Estado se ponen en función del gobierno. El líder carismático está por sobre la ley, y no por debajo de ella. Los intelectuales al servicio del populismo, contribuyen a descalificar las insituciones: hablan de “partiditos liberales” o “democracia burguesa”, para deslegitimar foros parlamentarios y agrupaciones de ciudadanos. Se produce una fuerte reducción de la calidad institucional y, por lo tanto, de la ciudadanía. Se restrinje la ciudadanía, pues el país no se gobierna con instituciones impersonales y reglas de juego claras, de modo tal que las personas puedan progresar sobre la base del mérito. Al contrario, el progreso depende de la gracia y el favor del líder. Se exige entonces una subordinación a su autoridad; se promueve la obsecuencia y se exige la pérdida de la dignidad para obtener los beneficios normales del Estado. La ciudadanía se debilita porque el ciudadano ya no está plenamente protegido por la ley. Debe humillarse para sustituir la protección de la ley, por la gracia del líder. A su vez, el líder no acepta el disenso. El que piensa distinto es su enemigo. Y los partidarios del líder, tampoco son ciudadanos: son “soldados” y están autorizados a usar la fuerza para imponer la voluntad de su líder, pues los no partidarios son éticamente reprobables.
No es casualidad que, en el acto por el cual Néstor Kirchner reconocía su derrota, en la madrugada del lunes pasado, sus íntimos formaron barras para cantaran estribillos donde se reivindicaban como “soldados de Perón”, a la vez que estigmatizaban a otros argentinos como “gorilas”. Con esta lógica, hace 40 años mataron al más importante sindicalista de la historia nacional, Augusto Timoteo Vandor; y luego, en las marchas publicas, cantaban: “Rucci, traidor, te va a pasar como a Vandor”. Hasta que luego, tras matar también al dirigente de la CGT, Josè Ignacio Rucci, comenzaron a cantar “Rucci, traidor, saludos a Vandor”. Esa es la actitud de los “Soldados de Perón”, que desplegaron mucho poder en los años 70, y volvieron a hacerse visibles en el actual gobierno, particularmente en la madrugada del lunes en el bunker kirchnerista.
De todos modos, estos procesos tienen sus causas. El soporte popular que los pueblos de varios pasases latinoamericanos han brindado al paradigma populista, fue una respuesta al impacto social generado en la década de 1990, por el paradigma neoliberal. La aplicación de este paradigma en América Latina, se reveló inadecuado.
Paralelamente, otros países optaron por el paradigma socialdemócrata: son los casos de Chile, Uruguay y Brasil, principalmente. Consistentes con este paradigma, los dirigentes de estos países son respetuosos de las instituciones. Los presidentes se ponen debajo de la constitución y la ley. Y, principalmente, gobiernan para todos los ciudadanos de su país. Lejos de odiar, promueven la integración. En lugar de mirar hacia el pasado, miran para adelante. Michelle Bachelet, que fue presa y torturada por la dictadura de Pinochet, ha sido sumamente respetuosa con las fuerzas armadas de su país, con los empresarios y todos los sectores. Ella gobierna para todos los chilenos. Y jamás pide a su congreso facultades extraordinarias o súper poderes. En su país, los diputados y senadores son respetados, pues tienen poder real. Son representantes dignos, que defienden las atribuciones del Congreso y jamás lo traicionan, delegando sus facultades en el Ejecutivo.
Con el paradigma socialdemócrata, Chile se ha convertido en el único país de América Latina que ha logrado avances sostenidos contra la pobreza en los últimos 20 años: del 50% de pobres que tenía al final de la dictadura pinochetista, la pobreza en Chile ha bajado al 12%. Sin caudillos populistas. Sin congresos genuflexos. Sin restringir la libertad de prensa. Simplemente, como dijo Ricardo Lagos: dejando que las instituciones funcionen.
Claro que todavía hay pobreza y diferencias sociales en Chile. Pero los ciudadanos tienen un horizonte. Un maestro de escuela, con un sueldo de mil dolares por mes, puede comprar una casa a 30 años, con 4% anual de interés. Y eso no es resultado de un favor político, ni de una línea de privilegio con fondos que el Estado haya capturado de alguna manera: es lo que el sólido sistema financiero chileno ofrece a los ciudadanos, simplemente, por estar dentro del sistema financiero mundial, por no tener riesgo país, por cumplir los compromisos asumidos. Por ser creíbles y responsables. Ese mismo maestro de escuela, sabe que con 9 sueldos compra (y paga totalmente) un auto 0 km. El mismo auto que en Argentina vale el doble, por las políticas enredadas y confusas del populismo K.
En resumidas cuentas, el mismo maestro de escuela que en Chile tiene auto 0 km y casa propia, en Argentina tiene que pagar alquiler y andar en un auto viejo y desvencijado. Eso no es porque el maestro chileno sea mejor; al contrario, por lo general, el maestro argentino tiene mayor capital cultural. Pero el maestro chileno vive mejor, simplemente, porque su país ha elegido un paradigma sociopolítico mejor.
En el paradigma socioaldemócrata, el empresario no es un enemigo de la nación, sino, al contrario, es un aliado, en el sentido de generar riqueza, crear empleo y pagar impuestos. Así lo entienden los políticos de este paradigma, y lo aplican sin problemas. La prueba más evidente es la comparación entre Lan Chile y Aerolíneas Argentinas. La Aerolíneas genera un déficit de 700 millones de dólares al año. Lan, en cambio, produce ganancias por 500 millones anuales. Además, paga más de 100 millones de dólares anuales en impuestos para el Estado.
¿Qué va a pasar ahora en la Argentina? Ya pasaron las elecciones; ya cayó el populismo kirchnerista. ¿Y qué viene ahora?
Algunos pueden pensar en dar un cambio drástico, para adoptar de nuevo el paradigma neoliberal. Desde mi punto de vista, esta opción no es válida. Y no solo porque fracasó con el menemismo en los 90, sino por otras razones.
En los 90, el régimen menemista exhibía fuertes pautas de corrupción. Algunos podrían pensar que, si en vez de ponerlo en manos de Menem, se implementa el neoliberalismo, pero con un lider honesto, podría andar. Pero eso no es así. El paradigma neoliberal requiere tres elementos indispensables: instituciones fuertes, igualdad de posibilidades y actitud emprendedora. En las tres, los argentinos estamos flojos.
Las instituciones tienen que ser muy vigorosas, fuertes y eficaces, para garantizar que las empresas puedan funcionar dentro de un marco legal que les ponga límites y regulaciones transparentes. Eso, en la Argentina, no existe. Y va a demandar mucho tiempo revertir esa situación.
La igualdad de oportunidades tampoco existe. En la Argentina existen fuertes asimetrías sociales, lo cual no es un entorno adecuado para promover el neoliberalismo, que tiende a profundizar las diferencias. ¿Cómo promover la competencia, en esas condiciones?
El otro problema, es cultural. El paradigma neoliberal requiere una base cultural muy particular, donde la mayor parte de la población sea inclinada a competir, innovar, generar riqueza a través del emprendimiento. Se requiere tolerancia a un ritmo y una forma de vida, que entre nosotros tampoco está vigente. Hay muchas capas sociales que no disponen de capital cultural necesario para ello. Por lo tanto, se requiere un rol màs activo por parte del Estado que el neoliberalismo niega.
El camino del neoliberalismo no es viable en la Argentina, al menos por 30 años más.
¿Qué nos queda entonces?
La opción es avanzar hacia el modelo socialdemócrata. Y ello requiere fortalecer los partidos políticos, jerarquizar los foros parlamentarios, construir una cultura de valorización de la ley y la constitución, ensanchar la ciudadanía y el compromiso de todos los actores (políticos, periodistas, empresarios, sindicatos) con el fortalecimiento institucional del país.
En este contexto, es indispensable que los peronistas y los radicales logren reagruparse, normalizarse como partidos políticos con sus estatutos y sus cuerpos orgánicos. Es tiempo de levantar las intervenciones, convocar a elecciones internas y aceptar la vida política como tal.
La vida dentro de un partido político, es una vida de humildad y solidaridad. Hay que asistir a reuniones largas, donde abundan discursos que no van al punto. En esos casos, hay que escucharlos con paciencia y respeto, tratando de rescatar algo. Finalmente, se toman decisiones, por mayoría. Eso es la democracia. Y una vez tomadas, se respetan. Eso es democracia. Se asumen compromisos orgánicos, y se llevan adelante.
En ese sentido, cuando un líder partidario sale por los diarios a denostar las decisiones del partido, está rompiendo la democracia. Para ganar popularidad personal y “posicionarse”, debilita la institucionalidad. Está denegando del paradigma socialdemócrata y está reflotando el paradigma populista.
Después de esta elección parlamentaria, lo importante es advertir que el pueblo argentino está cansado de lideres mesiánicos y providenciales; está harto de dirigentes que se creen superiores a los demás.
Se requiere un cambio de mentalidad, también, en la prensa. La prensa está inclinada a dar espacio, justamente, al rupturista, al que rompe acuerdos, asombra con ideas diferentes. De esta manara, la prensa se hace cómplice del país populista, en su degradación institucional.
Es tiempo de volver a la humildad; de reflexionar y reconocer errores. Es tiempo de redefinir el rol de cada actor en este proceso. La prensa no puede criticar al populismo, si en el fondo, actúa de la misma manera: dañando las instituciones.
Han pasado las elecciones. Se cierra una etapa. Fue muy duro y doloroso el camino recorrido. Ahora nos toca elegir el país que vamos a construir. Está en nuestras manos la decisión. De ello depende el futuro de nuestros hijos.