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Opinión

El zorro del desierto

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El desierto tiene sus secretos. Los mendocinos lo sabemos muy bien. Detrás de su aparente silencio y quietud, el desierto habla. Y habla porque tiene habitantes silenciosos. No tienen la cultura del discurso, pero piensan.

Lejos, muy lejos de esa combinacion de cultura del discurso y cultura de la renta, propia de nuestros primos tontos de Buenos Aires, el desierto tiene la cultura del trabajo y de la reflexión silenciosa y profunda.

En el desierto de Mendoza vive Juan, un pequeño ganadero. Con gran empeño, se negó a tirar la toalla, y trabajó duro para sacar adelante sus escasas vacas. Se vio alentado por el desplazamiento de la frontera ganadera hacia el oeste, por el boom de los cereales, y se la jugó entera por  la ganadería de zonas áridas, una de las pocas actividades que se pueden  realizar en el desierto que representa el 97% del total de la superficie de la Provincia de Mendoza. En el nuevo modelo, los grandes ganaderos de la pampa húmeda mandaban sus carnes al mercado externo, y los pequeños ganaderos del desierto occidental del país, quedaban para abastecer el mercado interno. Parecía una buena oportunidad. Don Juan se endeudó para impulsar  su emprendimiento. Confió en el modelo y en el futuro. Su actitd y su confianza, lo convirtieron en un zorro del desierto. Sus amigos, vecinos de Lavalle, La Paz, Santa Rosa y General Alvear, lo apoyaban y admiraban. Era su lider. Y en 2007 votó por Cristina y Cobos.

También se admiró, en su momento, a otro zorro del Desierto. Se llamaba Erwin Rommel. Era un oficial alemán, con grado de Mariscal de Campo. En la II Guerra Mundial, estaba al mando de las fuerzas de su patria en el norte de Africa: el famoso Afrika Korps. Con su inteligencia y audacia, logró enfrentar, con éxito, las fuerzas superiores de ingleses y norteamericanos. Era admirado por sus soldados. Y, arrastrado por la hola cultural de su momento, apoyó al gobierno de su país, liderado por el Fuhrer Adolfo Hitler.

Pero volvamos a las arenas desérticas de Mendoza. En esta provincia hubo un gobernador llamado Julio Cesar Cobos. Sorpresivamente se vio promovido a la gobernación, cuando su experiencia politica era muy poca. Ingenuo e inexperto, no logró comprender que sus impulsores pretendían manipularlo para mantenerse en el poder, mientras él estuviese en el gobierno. Se entusiasmó con la idea y aceptó, cándidamente. Una vez en el poder, advirtió que, a pesar de lo que dice la Constitución Nacional, la Argentina no es federal sino unitaria: los recursos de las provincias no se distribuyen con criterios racionales, sino que dependen de la autoridad del Presidente de la Nación; y éste suele aprovechar de esa facultad para administrarlos discresionalmente, según su capricho. Cobos tuvo la mala suerte de tener que convivir con un presidente particularmente mañoso y autoritario, megalómano y autócrata, que, para darle los recursos que le correspondían, lo obligaba a rendirle pleistesía. Cobos tuvo entonces un dilema de hierro: o se humillaba ante el caudillo, o desatendía las funciones básicas que el Estado debía prestar a los mendocinos. Prefirió sacrificarse él, para salvar a su provincia. Y aceptó el juego.

Posteriormente, Kirchner lo convenció que debía abandonar a los radicales e irse con él. Le aseguró que en la segunda presidencia K, venía el avance en la calidad institucional. Ese iba a ser el centro de la nueva gestión. Nuevamente, Perón convocaba a Sabattini; K le dijo que si Cleto aceptaba, se lograría una síntesis entre la justicia social del peronismo y la calidad institucional del radicalismo. Con esos dos elementos, por fin, la Argentina saldría adelante. Cleto se lo creyó y se la jugó el todo por el todo por el proyecto K.

Por este camino, Cobos llegó a la vicepresidencia. Igual que don Juan puso en marcha un emprendimiento ganadero del desierto, sumamente próspero; y Rommel deslumbró a los historiadores militares con sus maniobras. Pero los tres zorros (el alemán y los mendocinos) no tardarían en verse en apuros.

Don Juan se encontró conque, de la noche a la mañana, las decisiones de politica económica del gobierno nacional, con respecto a la ganadería, experimentaban cambios insólitos. El gobierno se enfrentó con los ganaderos: no solo con los grandes de la Pampa Humeda, sino con todos: imprevistamente, puso trabas a las exportaciones y probocó una situación de imprevisibilidad total en los precios. Para congraciarse con su bunker del segundo cordón del Gran Buenos Aires, el ex presidente en funciones prohibió exportar a los grandes ganaderos. Estos se vieron obligados a girar sus carnes hacia el mercado interno, con lo cual, don Juan -y los ganaderos del desierto de Mendoza- se quedaron sin mercado. Era un absurdo para todos, salvo para las aspiraciones políticas del Sr. K. Don Juan quedó endeudado, quebrado y humillado. Todas las esperanzas que había puesto en el modelo, se vieron frustadas. De Zorro se convirtió en ratón.

En su afán de convertir a los zorros en ratónes, Kirchner  trató de hacer lo mismo con Cobos. Éste creyó ingenuamente en las promesas K, y, abandonandolo todo, lo siguió. Muchos han criticado a Cobos por esta ingenuidad. Pero hay que ponerle en el margo de la historia universal para comprender que estos hechos ocurren con bastante frecuencia.

También Rommel creyó en su lider. El gobierno alemán cuestionó duramente la tradicion imperial inglesa; declaró que los britanicos habían expoliado al mundo durante 200 años, y que había llegado la hora de decir basta. Era el momento de ponerse de pie, para terminar con esa historia. Rommel lo creyó y se jugó el todo por el todo por su gobierno.

Pero, poco a poco, las cosas cambiaron. La megalomanía se lleva mal con la ley. Los caudillos no entienden que la republica implica ponerse debajo de la constitución y la ley, para hacer coincidir la ley interna del sujeto, con la ley general, construida socialmente por la comunidad. Los caudillos  sienten que están por encima de la ley. "Mi palabrfa es la ley", dice la canción "El Rey", la favorita de estos lideres. Primero atraen y seducen, luego, abandonan y humillan. Así hacen con todos. Pero algunos se sublevan.

Rommel, el Zorro del Desierto, se sublevó contra el Fuhrer. Se sumó a una rebelión. Como la democracia estaba clausurada, el movimiento tomó forma de conspiración. El público ha podido conocer estos movimientos recientemente, en la pelicula "Operación Walkiria". Rommel arriesgó todo, para oponerse a un lider que conducía a su país hacia el derrumbe. Reconoció su error, al haber creido originalmente en Hitler, y trató de repararlo, con una audaz movida. Finalmente, el proyecto abortó (20 de julio de 1944). Rommel pagó con su vida. Pero dejó a salvo su dignidad.

Igual que el zorro del Desierto alemán. Julio Cobos también se dio cuenta del error que había cometido adherir a un lider megalómano. Durante los meses en que fue parte del gobierno, vio que la promesa que le habían hecho, era falsa: no había ninguna voluntad real de hacer avanzar la calidad institucional del país. Cobos se sintió corresponsable de una estafa colosal. Su alma se sintió hundida en un abismo negro de desencanto y frustración. Hasta que, al final, se decidió. Igual que Rommel, consideró que era necesario admitir sus errores, y tratar de repararlos. La oportunidad se la dio el Senado, con el debate sobre el conflicto del campo.

¿Es justa la lucha de Kirchner contra la oligarquía latifundista de la Pampa Humeda y su cultura de la renta?

¿Era justa la lucha de Hitler contra el imperialismo británico?

Esas preguntas son tramposas. Porque, a pesar de tener algo de verdad, ocultan cosas mucho más profundas y negativas para la convivencia humana: sin calidad institucional, sin republicas, sin marcos constitucionales y legales que estén por encima de los caudillos, ningún proyecto puede ser éticamente viable. El autoritarismo es siempre repudiable al espiritu humano, más allá de cual sea su escala y capacidad destructiva, sea éste de una Gran Potencia (como la Alemania de Hitler) o de un país pobre y periferico (cualquier país latinoamericano). La actitud agresiva, la voluntad de destruir al que no piensa como el caudillo, es, en el fondo, la misma: el poder autócrata no reconoce al otro; perjura del  principio fundamental de igualdad ante la ley.

Los caudillos fascistas o populistas, rechazan los valores de la revolución francesa, y las conquistas del movimiento cultural de la Ilustración. En ese sentido, son reaccionarios, pues plantean una vuelta atrás, al consagrar el absolutismo. Y, naturalmente, no les faltan obsecuentes que tratan de justificar lo injustificable.

Esos caudillos, además, reniegan de los ideales de la Revolución de 1810, en el sentido de dejar de depender de los caprichos de un gobierno autocrata, para construir repúblicas, con el principio de igualdad ante la ley, comenzando por el primer mandatario, que tiene que ser el primero en cumplir la constitucion y las leyes.

Con estas ideas en la cabeza, el ex gobernador de Mendoza, el "Zorro del Desierto mendocino", Julio Cobos, decidió plantarse: y le dijo que no al autoritarismo K. Fue una madrugada historica, en el invierno de 2008.

Con su actitud, K representó a todos los zorros del desierto mendocino como don Juan, y sus amigos de ganadería de zonas áridas. Hizo un acto de dignidad.

Y la dignidad vale por sí misma, independiente de los resultados.

Si los K ganan y reconstruyen su poder, Cobos seguirá el camino de Rommel: se convertirá en un muerto político. Pero su acción habrá tenido sentido. Al menos, para los que sienten que la libertad, la republica y las instituciones, todavía valen algo.