Opinión
Nepotismo populista o meritocracia republicana
Los países que funcionan, despliegan una constante lucha por sustituir las tendencias tradicionales al privilegio y el nepotismo, por igualdad de oportunidades que promueven la meritocracia. El objetivo es lograr que, poco a poco, el acceso a los lugares más atractivos resulte del esfuerzo y no del privilegio arbitrario.
En el campo de la política, la meritocracia establece que el acceso a los cargos públicos y las candidaturas en los partidos politicos, sea el resultado de la trayectoria cívica. El dirigente adquiere experiencia en forma gradual, a medida que presta servicios en cargos municipales y provinciales, para después alcanzar responsabilidades nacionales. A lo largo de su carrera, el dirigente construye sus redes sociales, políticas y económicas de modo tal que, al llegar al poder, esas redes le garantizan la disponibilidad de verdaderas poleas de transmisión de los intereses sociales en las instancias de diseño de proyecto y toma de decisiones. Dentro de este proceso de trayectoria cívica como prerrequisito de fortalecimiento del alma de los candidatos, debe incluirse el periodo de militancia en el llano, sin ocupar cargos públicos.
Un buen ejemplo de este proceso lo representa Santiago Felipe Llaver: antes de ser gobernador de Mendoza, recorrió un largo camino de militancia cívica, a partir del cual, adquirió la experiencia que luego realizó en el ejercicio de su cargo.
En los países que funcionan, los partidos políticos reservan sus cargos electivos para sus militantes y dirigentes. Se reconocen y ponderan los méritos políticos y las trayectorias cívicas, en el momento de conformar las listas.
El populismo latinoamericano opera con la lógica exactamente inversa. Prisionero del corto plazo y la dictadura de las encuestas, el populismo rompe el principio de la meritocracia republicana, y lo sustituye por la voluntad caprichosa del lider. Este tiende a imponer sus candidatos usando criterios de nepotismo, sea este de sangre (familiares) o psicológico (amigos personales). A ello se añade la búsqueda de actores ajenos a la política, con buena imagen pero sin trayectoria.
Este es el perfil que ha asumido el gobierno nacional, al impulsar las candidaturas testimoniales de parientes de los intendentes del Gran Buenos Aires, y de personajes de la farándula, como Nacha Guevara. Es exactamente el mismo criterio que en los 90 usó el menemismo al impulsar figuras como Ramón Palito Ortega, y los familiares de Menem, Saadi y Rodriguez Saá que se reiteraron en las gobernaciones y bancas parlamentarias de esos años.
Al llenar listas con amigos, parientes y figuras ajenas a la trayectoria cívica, los hombres del poder causan dos efectos negativos en la gestión del Estado. Primero, los artistas y personas públicas ajenas al poder, que de golpe llegan a un cargo, son muy poco efectivos en la vida política. Esta requiere disponer de redes que operen como poleas de transmisión de las necesidades de la sociedad, en las instancias de decisión. Esas figuras, como Nacha Guevara hoy o Pinky hace poco tiempo, llegan totalmente desprovistas de esas redes y por lo tanto, su capacidad de aportar va a ser nula, a pesar de sus buenas intenciones.
Segundo, es notable el estímulo negativo de esta tendencia para la militancia y dirigencia política. Al no existir la meritocracia, se está desalentando la carrera política y la trayectoria cívica. Es como si a la selección argentina de fútbol llegaran los parientes del director técnico o del presidente de la AFA, en vez de convocarse a los jugadores que se destacan en sus respectivos equipos. El resultado sería quedar fuera de todos los mundiales.
Aunque no parezca, la Argentina como país, también compite con los demás países en el campo económico, social y político. Y claramente se ha quedado atrás. De haber estado como top ten en la primera mitad del siglo XX, ha quedado entre los países de tercero o cuarto orden. Con estas conductas, la Argentina persiste en su camino de tener malos partidos políticos y pésimos gobiernos, tal como exhibe desde hace 70 años. Y este es el fundamento decisivo para mantener al país en el estancamiento, el subdesarrollo y la pobreza.
Los pueblos son los que eligen. Y tienen que hacerse responsables de las consecuencias de sus actos. Nosotros elegimos tener esta baja calidad política, y estos pésimos gobiernos. El resultado es la perpetuación del fracaso. Pero la responsabilidad es nuestra. Basta tener un mínimo de dignidad para asumirlo como consecuencia de nuestra elección, y no echar la culpa a algún banquero fantasma, al demonio de Tasmania o a una conspiración galáctica contra la Argentina.
