Opinión
¿Maestros mediocres o ministros cínicos?
El autor se mete de lleno en el debate educativo del país, y carga contra un sistema que acorrala a los docentes en una realidad miserable.
Las declaraciones del ministro de Educación, Juan Carlos Tedesco, en el sentido de calificar de “mediocre” a las escuelas públicas y privadas de la Argentina, merecen un análisis detallado.
El ministro usa un concepto muy duro. Con ese calificativo, una persona de afuera puede pensar que las escuelas argentinas funcionan mal. Naturalmente, si los responsables son los docentes, ellos son los primeros en recibir el calificativo de “mediocres”. El observador puede imaginarse escuelas descuidadas y en mal estado. Docentes muy desmotivados y con escasa capacidad para motivar a los estudiantes. A su vez, si las escuelas son mediocres, los alumnos tienen que sentirse en un ambiente poco estimulante. Esos alumnos tendrían a su frente, maestros a los cuales no admiran. Los alumnos sienten que no vale la pena ser como sus profesores, porque les dan la sensación de ser fracasados. Perdedores. Entonces, los alumnos –o al menos, muchos de ellos- tienden a pensar que hay dos mundos: el mundo formal, mediocre y aburrido, sin horizonte, dado por la escuela; y el mundo real, atractivo y con oportunidades, dado en la calle. Por este camino, el alumno no admira al maestro y se pone en condiciones de admirar otro modelo, que sí va a encontrar fuera de la escuela y al cual va a percibir como exitoso.
Por este camino, se aflojan los lazos del alumno con la escuela, y se abre la posibilidad de estrecharlos con el líder que encuentra en la calle y posiblemente lo lleve al camino del delito.
Existe una conexión directa entre la pérdida de la imagen del maestro, como modelo basado en la cultura del trabajo y el esfuerzo, y el aumento de la criminalidad. Ese joven que no admira al maestro, sí admira al jefe de la banda del barrio, el cual sí es un ganador. Y es más motivador seguir la carrera del delito (como carrera, como oficio, como estilo de vida permanente) que transitar el camino largo de la aplicación, el estudio y el esfuerzo… para terminar como… ese maestro…
Supongamos que hay algo de cierto en este enfoque crítico. Entonces hacemos una pregunta más:
¿Por qué puede haber maestros con una imagen tan pobre? ¿Acaso tiene que trabajar 60 horas semanales, entre las que tiene al frente del aula y las que hace en casa para preparar clases y corregir exámenes, para hacer un sueldo mínimo de subsistencia?
Dicho en otras palabras, ¿Qué sueldo le paga el Estado, cuyo principal referente es el ministro de Educación de la Nación, a esos maestros?
Pensemos en la historia de vida de un maestro. En el idealismo de los 18 años, tomó la decisión de dedicar su vida a la educación. Eligió la carrera docente. Allí jugó las fichas gordas de su vida. Estudió la carrera y comenzó a trabajar. Con el correr de los años, ese muchachito entusiasta, se convierte en una especie distinta. El Estado, que tanto lo entusiasmó al principio para que construyera el país desde sus cimientos, lo traiciona al pagarle salarios miserables. Y cuando el maestro se casa y tiene hijos, no le alcanza el sueldo para vivir. Tiene que llenarse de horas frente al curso. Su vida es trabajar. Peor que los esclavos del convento de San Agustín, en la época colonial. El maestro queda desmotivado, degradado, marginado. Humanamente, su situación es para deprimirse.
Y en esas condiciones, son verdaderos héroes los que, a pesar de todo, logran estimular a sus alumnos, entrar todos los días al aula con una sonrisa en los labios, ser comprensivos y amables, tener paciencia y criterio para manejar las situaciones difíciles y mil responsabilidades más para orientar a los jóvenes hacia un mundo mejor.
Si analizamos la situación objetivamente, tenemos que reconocer algo muy evidente: en las actuales circunstancias, el sistema funciona de tal manera, que lo más lógico que puede ocurrir es que todos los docentes estén desmotivados y deprimidos. Aquellos que logren llevar adelante su oficio de educadores en forma brillante, actualizando sus conocimientos, comprando libros, asistiendo a conferencias y cursos, preparando a conciencia cada clase, y convirtiéndose en modelo para sus alumnos, son personas muy especiales, con talentos sobresalientes.
En este contexto, es asombrosa la posición del ministro: el Estado es el que oprime a los docentes, los acorrala y los pone en situaciones insostenibles. Los obliga a trabajar como esclavos, por salarios miserables. Y una vez que los tiene así de anonadados, les imputa ser mediocres. ¿Cómo vamos a calificar al ministro que dice eso?
¿Cómo se puede llamar esa actitud? ¿Hipocresía? ¿Cinismo?
Llegados a este punto, ahora hagamos una pregunta más: ¿puede el actual Estado, pagar sustancialmente más a los docentes? Y la respuesta, lamentablemente, es negativa. El presupuesto de educación es el más grande de toda la administración. Supera a todos los demás rubros en los cuales el Estado invierte sus recursos. En otras palabras, la porción no se puede agrandar, prácticamente, porque la torta es demasiado chica.
Si se plantea el problema desde la coyuntura actual, para agrandar la porción de la torta que le corresponde a Educación, habría que achicar otras porciones: salud, seguridad, justicia… Y tendríamos el problema de la frazada corta. Si tapo la cabeza, los pues quedan al aire…
Es tiempo de hablar claro: la única forma de solucionar el problema de la mediocridad de la escuela, es agrandando la torta. Hay que crear más riqueza.
No se trata de discursos, ni de ideologías, ni de elucubraciones filosóficas.
Se trata de riqueza.
Y aquí viene el problema de fondo. La Argentina tuvo el mejor sistema educativo de América Latina, cuando su clase dirigente estaba comprometida, a la vez, con la educación y con la generación de riqueza. El gobierno que más brillo dio a la educación, era a la vez, creador de buenos ambientes de negocios.
Después de leer los 53 tomos de las obras competas de Sarmiento, quedan claras dos cosas: en su proyecto de hacer de la Argentina un país desarrollado, el sanjuanino sabía que la educación era la herramienta principal; y junto con ello, era clave impulsar el progreso económico. Sarmiento jamás hubiera consentido en cobrar impuestos a la exportación de un producto industrial, como es el caso del vino.
Cuando los criterios de Sarmiento estuvieron vigentes, los gobiernos argentinos se hicieron responsables de las dos cosas y lograron garantizar los recursos necesarios para una educación digna y docentes reconocidos y prestigiados.
Posteriormente, la Argentina cayó en el pantano ideológico del populismo y se produjo el retroceso institucional y el enfriamiento de la capacidad económica de la Argentina.
La torta dejó de crecer, y cada vez había que repartirla entre más sectores. Las porciones se hicieron cada vez más pequeñas. Y los docentes, que antes eran valorados por la sociedad, cultural y materialmente, pasaron a ser degradados, excluidos y marginados. Perdieron su dinámica, juntamente con el retroceso de la economía nacional.
En resumidas cuentas: la solución del problema docente está atada, inexorablemente, al desarrollo económico del país. Solo a partir de un incremento sensible en la generación de riqueza nacional, habrá recursos para mejorar los salarios docentes y recuperar su dignidad, su prestigio profesional y su capacidad de orientar a los jóvenes hacia los valores constructivos de la sociedad.
Y el desarrollo económico exige crear un clima de generación de riqueza, en el cual se premie el esfuerzo; la palabra clave es la meritocracia.
Si no logramos realizar ese salto; si insistimos en el pantano populista, el país no se va a desarrollar nunca. (La prueba más evidente es que ningún país populista del mundo se ha desarrollado; solo se desarrollan los que tienen instituciones de alta calidad).
Al mantenernos en el populismo y en el subdesarrollo, la torta va a seguir siendo pequeña. Los salarios docentes van a ser bajos. Vamos a tener paros, huelgas y luchas gremiales. Se van a negociar unos pesos más o unos pesos menos. Habrá más o menos días de clase al año. Pero el sistema, en líneas generales, va a seguir igual.
No es un problema de ideología de derecha o izquierda. El populismo es el primer enemigo del desarrollo, tanto en sus formas de populismo conservador (Menem, Alvaro Uribe) o populismo izquierdista (Kirchner y Chávez). Es un problema de calidad institucional.
Con populismo, no habrá desarrollo económico y por lo tanto, no habría riqueza para repartir. El ambiente mediocre que Tudesco ha encontrado en la escuela, no va a cambiar.
Esto lo vamos a ver así en diez años, en veinte, en treinta. Va a ser siempre lo mismo.
Tendremos, señor ministro de Educación, escuelas mediocres, como usted dice. Pero el principal responsable es, precisamente, el estilo de gobierno que emplea, entre otros, la administración que usted comparte y respalda.
¿Por qué puede haber maestros con una imagen tan pobre? ¿Acaso tiene que trabajar 60 horas semanales, entre las que tiene al frente del aula y las que hace en casa para preparar clases y corregir exámenes, para hacer un sueldo mínimo de subsistencia?
Dicho en otras palabras, ¿Qué sueldo le paga el Estado, cuyo principal referente es el ministro de Educación de la Nación, a esos maestros?
Pensemos en la historia de vida de un maestro. En el idealismo de los 18 años, tomó la decisión de dedicar su vida a la educación. Eligió la carrera docente. Allí jugó las fichas gordas de su vida. Estudió la carrera y comenzó a trabajar. Con el correr de los años, ese muchachito entusiasta, se convierte en una especie distinta. El Estado, que tanto lo entusiasmó al principio para que construyera el país desde sus cimientos, lo traiciona al pagarle salarios miserables. Y cuando el maestro se casa y tiene hijos, no le alcanza el sueldo para vivir. Tiene que llenarse de horas frente al curso. Su vida es trabajar. Peor que los esclavos del convento de San Agustín, en la época colonial. El maestro queda desmotivado, degradado, marginado. Humanamente, su situación es para deprimirse.
Y en esas condiciones, son verdaderos héroes los que, a pesar de todo, logran estimular a sus alumnos, entrar todos los días al aula con una sonrisa en los labios, ser comprensivos y amables, tener paciencia y criterio para manejar las situaciones difíciles y mil responsabilidades más para orientar a los jóvenes hacia un mundo mejor.
Si analizamos la situación objetivamente, tenemos que reconocer algo muy evidente: en las actuales circunstancias, el sistema funciona de tal manera, que lo más lógico que puede ocurrir es que todos los docentes estén desmotivados y deprimidos. Aquellos que logren llevar adelante su oficio de educadores en forma brillante, actualizando sus conocimientos, comprando libros, asistiendo a conferencias y cursos, preparando a conciencia cada clase, y convirtiéndose en modelo para sus alumnos, son personas muy especiales, con talentos sobresalientes.
En este contexto, es asombrosa la posición del ministro: el Estado es el que oprime a los docentes, los acorrala y los pone en situaciones insostenibles. Los obliga a trabajar como esclavos, por salarios miserables. Y una vez que los tiene así de anonadados, les imputa ser mediocres. ¿Cómo vamos a calificar al ministro que dice eso?
¿Cómo se puede llamar esa actitud? ¿Hipocresía? ¿Cinismo?
Llegados a este punto, ahora hagamos una pregunta más: ¿puede el actual Estado, pagar sustancialmente más a los docentes? Y la respuesta, lamentablemente, es negativa. El presupuesto de educación es el más grande de toda la administración. Supera a todos los demás rubros en los cuales el Estado invierte sus recursos. En otras palabras, la porción no se puede agrandar, prácticamente, porque la torta es demasiado chica.
Si se plantea el problema desde la coyuntura actual, para agrandar la porción de la torta que le corresponde a Educación, habría que achicar otras porciones: salud, seguridad, justicia… Y tendríamos el problema de la frazada corta. Si tapo la cabeza, los pues quedan al aire…
Es tiempo de hablar claro: la única forma de solucionar el problema de la mediocridad de la escuela, es agrandando la torta. Hay que crear más riqueza.
No se trata de discursos, ni de ideologías, ni de elucubraciones filosóficas.
Se trata de riqueza.
Y aquí viene el problema de fondo. La Argentina tuvo el mejor sistema educativo de América Latina, cuando su clase dirigente estaba comprometida, a la vez, con la educación y con la generación de riqueza. El gobierno que más brillo dio a la educación, era a la vez, creador de buenos ambientes de negocios.
Después de leer los 53 tomos de las obras competas de Sarmiento, quedan claras dos cosas: en su proyecto de hacer de la Argentina un país desarrollado, el sanjuanino sabía que la educación era la herramienta principal; y junto con ello, era clave impulsar el progreso económico. Sarmiento jamás hubiera consentido en cobrar impuestos a la exportación de un producto industrial, como es el caso del vino.
Cuando los criterios de Sarmiento estuvieron vigentes, los gobiernos argentinos se hicieron responsables de las dos cosas y lograron garantizar los recursos necesarios para una educación digna y docentes reconocidos y prestigiados.
Posteriormente, la Argentina cayó en el pantano ideológico del populismo y se produjo el retroceso institucional y el enfriamiento de la capacidad económica de la Argentina.
La torta dejó de crecer, y cada vez había que repartirla entre más sectores. Las porciones se hicieron cada vez más pequeñas. Y los docentes, que antes eran valorados por la sociedad, cultural y materialmente, pasaron a ser degradados, excluidos y marginados. Perdieron su dinámica, juntamente con el retroceso de la economía nacional.
En resumidas cuentas: la solución del problema docente está atada, inexorablemente, al desarrollo económico del país. Solo a partir de un incremento sensible en la generación de riqueza nacional, habrá recursos para mejorar los salarios docentes y recuperar su dignidad, su prestigio profesional y su capacidad de orientar a los jóvenes hacia los valores constructivos de la sociedad.
Y el desarrollo económico exige crear un clima de generación de riqueza, en el cual se premie el esfuerzo; la palabra clave es la meritocracia.
Si no logramos realizar ese salto; si insistimos en el pantano populista, el país no se va a desarrollar nunca. (La prueba más evidente es que ningún país populista del mundo se ha desarrollado; solo se desarrollan los que tienen instituciones de alta calidad).
Al mantenernos en el populismo y en el subdesarrollo, la torta va a seguir siendo pequeña. Los salarios docentes van a ser bajos. Vamos a tener paros, huelgas y luchas gremiales. Se van a negociar unos pesos más o unos pesos menos. Habrá más o menos días de clase al año. Pero el sistema, en líneas generales, va a seguir igual.
No es un problema de ideología de derecha o izquierda. El populismo es el primer enemigo del desarrollo, tanto en sus formas de populismo conservador (Menem, Alvaro Uribe) o populismo izquierdista (Kirchner y Chávez). Es un problema de calidad institucional.
Con populismo, no habrá desarrollo económico y por lo tanto, no habría riqueza para repartir. El ambiente mediocre que Tudesco ha encontrado en la escuela, no va a cambiar.
Esto lo vamos a ver así en diez años, en veinte, en treinta. Va a ser siempre lo mismo.
Tendremos, señor ministro de Educación, escuelas mediocres, como usted dice. Pero el principal responsable es, precisamente, el estilo de gobierno que emplea, entre otros, la administración que usted comparte y respalda.
