Opinión
Raúl de la Mota, el gran maestro
Don Raúl me recibió en el living de su departamento de avenida España en el invierno pasado. A pesar del sol, hacía frío y se cubría con una manta en su sillón preferido. Ya había iniciado su tratamiento de diálisis y le molestaba tener que subordinar sus horarios a los turnos en la clínica. El siempre fue un hombre ocupado y libre.
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Su memoria intacta le permitió hilar una historia perfecta, sin baches y con detalles fascinantes. Yo tenía la intuición que era uno de los últimos reportajes que daba, y no quería perder detalle. El té que me sirvieron con tortitas raspadas, se enfrió sin que lo tocara.
“Soy mendocino, pero me fui a trabajar a San Juan en una bodega. Allí conocí a mi futura esposa y me enamoré, pero la familia, que tenía una condición social mas alta que la mía no veía con buenos ojos el romance. Sobre todo por mi juventud y porque ella era de origen judío. Eran otros tiempos. Pero el amor fue más fuerte y logramos casarnos. Fue la mejor elección de mi vida”, hablaba con emoción y lágrimas en los ojos.
Ese día me contó cómo había trabajado y estudiado para mejorar la calidad de los vinos argentinos. De su entrañable relación con el padre de la vitivinicultura moderna Emile Peinaud y de sus largas conversaciones en Burdeos. De cómo aprendió nuevas técnicas, que luego, generaciones de enólogos hoy aplican. Disfrutaba hablar el francés con obsesiva corrección y su cultura universal era un privilegio.
Hablamos de uno de las mas grandes vinos de Argentina el Malbec Estrella Weinert 1977, que el elaboró en cubas de roble y que aún hoy, las pocas botellas que subsisten, sorprenden por su calidad en el mundo. Un vino perfecto imposible de repetir.
Absolutamente actualizado, me contaba que leía de todo, pero en especial sobre vinos y que se sentía muy feliz con el camino que Mendoza estaba tomando por la calidad y la seriedad que se ponía en la elaboración. “Son nuevos tiempos y muy buenos”, se entusiasmaba con el futuro sin añorar el pasado. Era un joven en un cuerpo fatigado.
Cuando mi gran amigo y mejor enólogo, Roberto de la Mota me llamó para trasmitirme su fallecimiento -el alivio final de una larga y penosa enfermedad- recordé ese encuentro. Raúl de la Mota, Don Raúl, elegido como el Mejor Enólogo del Siglo XX, definitivamente marcó un antes y un después en la historia del vino: fue el más grande de los maestros.
No importa que los borradores de la charla se me hubieran extraviado en un lavadero de autos: sus palabras me quedaron grabadas sin necesidad de ayuda memoria.