Presenta:

Opinión

Proyección rusa a Sudamérica

Las archimillonarias compras de armamentos y los acuerdos estratégicos logrados por Hugo Chávez en Rusia, para crear “un contrapeso a la influencia de los Estados Unidos” en el mundo.Desde el fondo de la historia, una inspiración inconfesable.

En Oremburgo, al sur de los Urales, cerró los acuerdos que había comenzado a negociar en los salones amurallados del Kremlin. El mismo día que Moscú anunciaba fabulosas inversiones en la modernización de sus misiles y submarinos nucleares, también se comprometía a otorgar a Venezuela un crédito de mil millones de dólares para que Hugo Chávez compre helicópteros artillados, cazabombarderos, buques y blindados.

Entre 2005 y 2007 hubo doce contratos archimillonarios de venta de material bélico ruso al país sudamericano. A ellos se agregan estos  acuerdos a los que, a su vez, se suman promesas de ayuda para que Venezuela desarrolle energía nuclear y planes asociativos entre los gigantes Gazprom y PDVSA. Todo en los mismos días en que aviones rusos de vuelos estratégicos (los que llevan bombas atómicas) aterrizaron en Caracas, mientras se preparan maniobras navales conjuntas en las aguas del Caribe. Y a modo de moño, un comunicado del Kremlin anunciando el paquete como “un contrapeso a la influencia de los Estados Unidos”.

La importancia de recuperar el multilateralismo está fuera de duda. Tampoco hay dudas de que ese mundo multipolar se construye con contrapesos a la influencia norteamericana. Lo que deja dudas es que, con ese supuesto fin, se asocien militarmente gobiernos mayoritaristas, en lugar de hacerlo políticamente las democracias maduras (como Europa, Australia, Canadá, Nueva Zelanda etc) que,  en estos años de extremismo conservador, se asociaron a Bush en algunos casos, y fracasaron en contenerlo, en muchos otros.

Lo que hace Rusia, esta vez valiéndose de Venezuela, tiene una lógica irrefutable. En su área de influencia reacciona de manera implacable y bestial; lo prueba la devastación de Chechenia para aniquilar el separatismo musulmán caucásico, y la desmesurada respuesta militar al error estratégico del georgiano Mijail Saakashvili en Osetia del Sur. Eso justifica que países de la periferia rusa quieran ingresar a la OTAN. Pero esos ingresos, sumados al sistema antimisiles con base en tierras polacas y checas, constituyen un acoso geopolítico a Rusia.

Se puede entender el rechazo occidental a la propuesta de Dimitri Medvedev de disolver todas las entidades de la Guerra Fría. Pero Washington nunca pudo argumentar claramente su rechazo a la oferta de Vladimir Putin de que se utilice el radar ruso instalado en Azerbaiján, como parte de un sistema defensivo de Europa respecto a países del Oriente Medio, a cambio de que los misiles interceptores estén en Turquía, en Grecia, en Chipre, en Irak o en cualquier lado que no sea Europa Central.

Tal como está planteado, el escudo antimisiles norteamericano existe sobre todo respecto a Rusia, y por eso es parte del acoso geopolítico contra el gigante euro-asiático. Un proceso que comenzó con la desaparición de la Unión Soviética y la decisión occidental de no cumplir con los compromisos contraídos con Mijail Gorbachov y su canciller, Eduard Shevardnadze, cuando se puso fin a la confrontación Este-Oeste y se reunificó Alemania.

En aquellos acuerdos, forjados por el entonces secretario de Estado norteamericano James Baker y el entonces jefe del gobierno alemán Helmut Kohl, a cambio de que Moscú permitiera que la RDA desapareciera y sus tierras y habitantes se integren en la República Federal de Alemania, las potencias occidentales se comprometían a no incorporar en la Alianza Atlántica a ningún otro país que haya pertenecido al Pacto de Varsovia.

Si se consideró a Rusia heredera de la URSS en cuanto al asiento en el Consejo de Seguridad de la ONU y en materia de arsenales nucleares, por qué no se la consideró del mismo modo a la hora de los acuerdos alcanzados con el último gobierno soviético.

La OTAN borró con el codo lo que firmaron las manos de Baker y de Kohl, al incorporar en sus filas a ex satélites soviéticos como Hungría, Polonia y la República Checa. El acoso geopolítico se agudizó al sumar ex repúblicas soviéticas, como las bálticas Estonia, Lituania y Letonia. Mientras que el trago amargo resultó más humillante por la injerencia atlantista en las guerras que desintegraron Yugoslavia y redujeron el territorio serbio.

Todo eso explica por qué, valiéndose de Venezuela, Rusia está  enviando a Washington un mensaje que dice: si ustedes se entrometen en mi vecindario (léase Ucrania, Moldavia y Georgia) nosotros volveremos a lo que consideran su patio trasero, el Caribe.

Eso, visto desde los Urales; pero visto desde Los Andes, el panorama plantea otros interrogantes. Por caso el que inquieta tanto a Brasil: ¿por qué traer a Sudamérica esta nueva y desideologizada guerra fría?

Otra pregunta que Lula formula como severo reproche a su colega venezolano: ¿por qué tanto empeño en desatar una carrera armamentista en la región, mediante un fortalecimiento militar que hace naufragar desde su nacimiento al consejo de seguridad regional que Brasil está construyendo?

Las usinas chavistas responderán que la revolución bolivariana está amenazada por Estados Unidos, que planea invadir Venezuela para apropiarse de su petróleo y colocar en el palacio de Miraflores un títere del imperio, prueba de lo cual es la amenazante reactivación de la IV Flota.

Pero en el Planalto seguirá sedimentando la sensación de que Chávez hace un esfuerzo monumental por monopolizar la aversión norteamericana, incurriendo en sobreactuaciones y desmesuras. También seguirá sospechando Brasil que el verdadero objetivo del presidente venezolano, es generar en el sub-continente una polarización de tal magnitud, que reemplace el liderazgo “tibio” de Lula por el liderazgo fuertemente ideológico y confrontativo que él construye.

Un liderazgo cuya inspiración última anida en la tierra donde estuvo nuevamente comprando armamentos para convertir a su país en una potencia militar regionalmente desequilibrante.

En la lejana Rusia está la inspiración de los tiranos conservadores y también de los líderes mayoritaristas de izquierda y derecha que jalonaron la historia latinoamericana. Aunque esos caudillos no lo admitan, o ni siquiera lo sepan, uno de los moldes de la concepción hiper-personalista del poder que reina en la cultura política latinoamericana, está en el fundador del Estado ruso.

Lo sugieren miradas como la del ecuatoriano Jaime Durán Barba, quien  sostiene que las banderas de los países que integraron la “Gran Colombia”, creada y gobernada por Simón Bolivar, son copias en distintos colores de la bandera tricolor de Rusia.

Más que los monarcas españoles, los luises absolutistas de Francia y los presidentes vitalicios haitianos, quien inspiró el caudillismo de América Latina es Iván el Terrible.

El que no rinde tributos a nadie

Nació un día tan espantoso que, en sí mismo, parecía una premonición maligna, y murió en la fecha que había vaticinado un cónclave de brujas: un 18 de marzo. Tenía sólo tres años cuando murió su padre, Vasili III, a quien el monje Filotéo predijo erróneamente que Moscú sería “la tercera Roma” y que no habría una cuarta. Tres años después fue asesinada su madre y regenta del trono, Elena Glinski, en el marco de las intrigas y conspiraciones que carcomían a la nobleza del Gran Ducado de Moscovia.

Por cierto no fue fácil la infancia de Iván IV Vasilievich. Básicamente, consistió en sobrevivir a los complots para eliminarlo que tejían los boyardos (nobles moscovitas). Por eso cuentan que aquel niño áspero y taciturno se entretenía arrojando perros desde los muros del Kremlin, para ver como estallaban despanzurrados contra el suelo.

También cuentan que a los doce años empezó a ordenar ejecuciones de campesinos y que, al ocupar el trono, organizó una cena con toda la nobleza para darle una lección escalofriante. A mitad de la pantagruélica velada, ordenó a sus guardias sujetar al boyardo Andrei Shvinski y arrastrarlo hasta el patio más cercano. Hasta allí fueron empujados los demás comensales para que presenciaran el macabro espectáculo de una jauría de perros hambrientos y brutales despedazando a quien supuestamente urdía una conspiración para adueñarse de la corona. A renglón seguido, estupefactos, los nobles debieron volver al salón a degustar los postres que el monarca había hecho preparar para agasajarlos.

El mensaje era tan claro como espeluznante: esto ocurre a los boyardos que desafían mi poder; mientras que, para quienes sean sumisos, habrá riquezas y placeres bajo la robusta  sombra de la corona.

Con eso ya se había ganado que lo llamen “el terrible”, aunque en realidad esto es una deformación del adjetivo inicial: “grozny”, que significa el severo, o duro. El hecho es que Iván el Terrible creó el Estado ruso a partir del principado de Moscovia. También inició la gran expansión territorial a partir de la conquista de los kanatos de Kazán y Astrakán, dos importantes reinos mongoles. Después ocupó el valle del Volga y avanzó hacia Siberia y los Urales.

Los oprichnik, sus guardias personales, vestían uniformes negros,  cabalgaban en caballos negros y lucían escudos con un perro y una escoba, símbolo de que eran los “guardianes que limpiaban Rusia”. La limpiaban masacrando, empalando, torturando y quemando vivo a todos los que desafiaban el poder de Iván.

Las rebeliones ocurrían por el hartazgo que provocaban los conflictos bélicos. Sobre todo la letárgica guerra contra Dinamarca, Polonia, Suecia y Lituania que desató en su intento de conquistar Livonia (actualmente Estonia y Letonia) para que Rusia alcanzara el Mar Báltico.

Tanto la temible oprichnina como el otro cuerpo de elite que había creado el implacable monarca, la Streltsi, se dedicaron a  aplastar sublevaciones. Lo peor le tocó al pueblo de Novgorod, una ciudad cercana al frente de guerra, ergo desgastada por aquel conflicto que duró veinticinco años.

Todos los habitantes de Novgorod (unos sesenta mil), fueron aniquilados. Sucede que Iván el Terrible no podía entender que lo cuestionaran. Estaba convencido de que representaba la grandeza de Rusia, por tanto quien lo desafiase sólo podía pretender la perdición del gran Estado que él había creado. Incluso si se traba de un pueblo entero, como el de la rebelde Novgorod, a la que declaró “ciudad traidora” para lanzar sobre ella su designio exterminador.

Hay quienes dicen que su locura se desató al morir su esposa, Sofía Paleólogo. En todo caso está claro que tras matar a su hijo en un ataque de furia, Iván se hundió en la demencia y terminó sus días enclaustrado y arañando paredes.

Pero la locura y las crueldades del Iván IV Vasilievich son una parte, si se quiere el lado oscuro de su gran legado: el Estado de Rusia, o Rusia y su Estado. Nada menos. Y esto incluyó instituciones de participación popular y legislaciones como el Código Subiednik.

Fue todo un fundador, y creó el título que, de él en adelante, lucieron  los soberanos: Zar de Todas las Rusias. Algo más que significativo, porque la palabra zar significa “el que no tiene que rendir cuentas a nadie”.

Esa es la profunda marca que porta la cultura política rusa. Con monarcas, con soviets o con democracia, Rusia es gobernada por zares, y si no los tiene, sufre desgobierno.

Estuvo desgobernada con Mijail Sergeievich Gorbachov y con Boris Nicolaievich  Yeltsin, pero llegó Vladimir Vladimirovich Putin y reconstruyó el Estado y el poder “en todas las Rusias”.

Concientes o no, el grueso de los déspotas del mundo se inspiran en Iván el Terrible. También los líderes mayoritaristas, o sea aquellos cuyo poder se asienta en el respaldo de vastas mayorías, y por ello se sienten con derecho a ignorar y marginar a las minorías, erradicando toda influencia que quieran ejercer.

Por eso tales liderazgos siempre se proclaman fundacionales. Necesitan considerar que todo lo anterior a ellos fue baldío, o calamitoso, para declararse en fundación de lo nuevo, que es lo grande y lo digno.

Además, igual que Vladimir Putin, el líder mayoritarista latinoamericano premia a los nuevos boyardos (alto empresariado) con descomunales negocios bendecidos desde el Estado, si apoyan al gobierno; mientras que si son críticos los expulsa de la confortable sombra del poder. Y a veces los persigue y encarcela.

Muchos tiranos conservadores de América Latina también tuvieron la crueldad y criminalidad de aquel monarca tan creador y tan trágico. El dominicano Trujillo y el nicaragüense Somoza figuran entre los peores exponentes. Mientras que los líderes mayoritaristas del nacionalismo de izquierda y de derecha no son crueles ni asesinos, pero necesitan proclamarse fundacionales porque, en el fondo, como el zar de todas las Rusias, no quieren tener que rendir cuentas.