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Opinión

Bolivia como aquella España trágica

La diferencia entre el evidente y violento golpismo de la oposición boliviana, con la turbia denuncia de complot golpista en Venezuela en los días en que el caso Antonini Wilson proyecta su sombra sobre Caracas y Buenos Aires.

El levantamiento de la base que comandaba el general Francisco Franco en el protectorado de Marruecos, ocurrió a renglón seguido de una elección legislativa en la que el Frente Popular venció, con un respaldo incluso superior a la suma de los votos obtenidos por la derecha y el centro.

En ese punto hay una similitud entre la España republicana de 1936 y la Bolivia indigenista de estos días, en la que el presidente acaba de obtener la aprobación del 67 por ciento del electorado.

En lo que fue la antesala ibérica de la Segunda Guerra Mundial, la presidencia estaba en manos de Manuel Azaña, un hombre de ética intachable que ponía su liderazgo al servicio de la causa republicana.

También Evo Morales tiene la trayectoria de un luchador social coherente, que claramente ha puesto su liderazgo al servicio de las banderas sociales y étnicas que levantó siempre.

En esto se diferencia con otros presidentes radicalizados del área.  Tanto en el caso del venezolano Hugo Chávez como en el del matrimonio Kirchner, varios elementos permiten suponer que las banderas y proclamas están al servicio de sus liderazgos basados en altísimas concentraciones de poder.

El presidente boliviano no es así. Podrá cometer errores y estar equivocado en aspectos no menores de la realidad, pero su accionar gubernamental no está contaminado por las propias ambiciones ni por desvaríos megalómanos. Sencillamente, está convencido de que por ese rumbo debe marchar el país para que las mayorías eternamente postergadas sean protagonistas de su propia historia.

La Europa en la que estalló la guerra civil española se movía entre extremos. Hitler y Musolini reinaban en Alemania e Italia, mientras que en Francia el socialista Leon Blum conquistaba el gobierno al frente de una coalición izquierdista, meses después de haber sido agredido en el boulevard parisino de Saint-Germain, por jóvenes ultraderechistas.

La propia España mostraba los signos de la antinomia extrema. Los socialistas de Pablo Iglesias se unían a los comunistas de la Pasionaria  Dolores Ibarruri, a los anarquistas y a los nacionalistas vascos, poco después de que José Antonio Primo de Rivera encabezara, en el teatro madrileño de La Comedia, el acto fundacional de la Falange; ese cóctel ideológico a base de monarquismo y ultracatolicismo que constituyó la versión española del corporativismo fascista.

Había dos Españas irreconciliables, y terminaron batiéndose en uno de los duelos más bestiales del siglo 20, que hundió el país en décadas de autoritarismo oscurantista y divorcio interno.

El gobierno de Manuel Azaña tenía la virtud de estar bienintencionado y el defecto de su caos interno permanente, por las tendencias radicales que albergaba. Mientras que la España que se levantó junto al general Franco tenía el punto fuerte de estar bien organizada, y el defecto de ser autoritaria, violenta y reaccionaria.

No es muy distinta esta Bolivia, en cuyo gobierno conviven fuerzas radicalizadas que sólo acuerdan entre ellas alinearse tras un presidente moralmente incuestionable y sin ambiciones personales, que adoptó un rumbo que, por lo radical, alineó en la vereda del frente a las fuerzas decididamente reaccionarias y violentas, que lideran los prefectos de Santa Cruz, Beni, Pando y Tarija.

Las tensiones desatadas por la resistencia de las provincias orientales   a las políticas gubernamentales que respalda el Altiplano, están nuevamente rasgando el mapa del país y sumando muertos en este deambular por la cornisa de una guerra secesionista.

A diferencia de aquella España partida de los años treinta, la Bolivia de hoy encuentra a su alta oficialidad militar solidamente alineada con las instituciones; progreso increíble en un país que ha engendrado golpistas y dictadores como Bánzer Suárez y Luís García Meza.

También es un dato favorable el marco regional, que no duda en respaldar la institucionalidad que representa el presidente y la integridad territorial que no deben dañar los secesionistas.

Pero en ese marco regional, sólo Lula está en condiciones de tender puentes entre las partes enfrentadas, porque el presidente del Brasil es el único que influye sobre Evo Morales sin pertenecer al club chavista.

 Crisis paralelas

A las mismas horas en que Evo Morales expulsaba al embajador norteamericano, el exuberante líder caribeño denunciaba un complot golpista en Venezuela, aumentaba los decibeles de su retórica anti-norteamericana y echaba de Caracas al representante de los Estados Unidos en solidaridad con el gobierno boliviano.

La diferencia es clara: en el caso venezolano es posible sospechar que la denuncia de complot golpista y la expulsión del embajador son una cortina de humo para tapar las revelaciones que está produciendo el caso Antonini Wilson.

Por el contrario, en el caso boliviano está claro que la oposición autonomista ha asumido de lleno una actitud secesionista, violenta y golpista. En definitiva, no acatar al gobierno central y la autoridad presidencial constituye, en los hechos, un golpe de Estado.

En cuanto al embajador norteamericano, la expulsión bien puede justificarse por la reunión que el diplomático mantuvo con Rubén Costas. ¿Por qué? Porque tanto el gobernador cruceño como Marinkovic, el jefe del comité cívico de Santa Cruz, destilan violencia con sus discursos, en los que insultan al presidente y convocan a la ruptura con el Altiplano.

A la provocación violenta de los líderes regionales, el gobierno central respondió con una desmesura: lanzar a los campesinos partidarios del gobierno central contra las fuerzas de choque opositoras, como la Unión Juvenil Cruceña (UJC).

Paralelamente, se acentúan fisuras en el oficialismo, como el cada vez más cavilante apoyo del líder indigenista aymará Felipe Quispe, quien siempre se distanció del izquierdismo marxista del principal partido oficialista, el Movimiento Al Socialismo (MAS).

El apoyo de Quispe al gobierno de Evo Morales es vital, porque el enfrentamiento con las provincias ricas no sólo tiene un contenido clasista, sino también étnico. Y en este plano, el pueblo quechua y aymará del Altiplano (collas) no sólo está enfrentado a la minoría blanca de las provincias de los llanos, sino también a las comunidades indígenas amazónicas de esas regiones.

Posiblemente, como calcula un sector del gobierno central, en la continuidad de la actual fase violenta del conflicto se debilita más la oposición autonomista. Aún así, la crisis está dañando el frente oficialista y una prueba es Felipe Quispe, quien incluso ha restado relevancia al altísimo porcentaje de apoyo obtenido por Morales en el reciente referéndum revocatorio.

Pero más allá de los cálculos que se hagan en las trincheras enfrentadas, si de la actual fase violenta ya no hay retorno, las gestiones mediadoras que finalmente se hagan, por tardías, tendrán que conformarse con buscar fórmulas como la que el acuerdo de Dyton impuso en Bosnia Herzegovina, logrando apenas una apariencia de unidad en una realidad disgregada.

Mientras los cálculos de trinchera siguen demorando las imprescindibles mediaciones, Bolivia sigue mirándose en el espejo de aquella España trágica de la década del 30.