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Opinión

Amores que vienen, amores que van

El matrimonio por conveniencia entre Cristina Fernández y Julio Cobos está irremediablemente roto. A esta altura, cada uno camina por su lado y la visita de la presidenta esta semana confirmó que Mendoza ya no es tierra de triángulos amorosos. Por el contrario, se terminó de sellar una nueva relación que incluye, esta vez sí y plenamente, al gobernador Celso Jaque.
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Esta historia tormentosa, surgida en plena efervescencia electoral, tuvo vaivenes como los de cualquier pareja. Sin embargo fue en aquellos días de transversalidad y concertación en que Cobos pudo quedarse con la preferencia de la Casa Rosada y formar así parte de la fórmula nacional. A Jaque, al que tentaron incluso para que depusiera su candidatura, le quedó el mote de ser el representante del “pejotismo” que en aquel entonces no comprendía que lo que se estaba planteando era una instancia superadora. Era el tercero en discordia.

Con  habilidad, los Kirchner no hicieron más que jugar a dos puntas para quedarse con la provincia por cualquiera de las vías. Algo que ocurrió con el triunfo de Jaque, que una vez consumado, significó entonces un nuevo problema. “¿Qué hacemos ahora con Cobos y con Mendoza? ¿Cómo mantenemos el equilibrio?”, se preguntaron los K.

Al principio todo pareció más que fácil. Jaque convocó al Partido Demócrata y éste al comisario Carlos Rico para el ministerio de Seguridad. Los rayos no tardaron en caer desde Buenos Aires, incluso con el fogoneo de algunos cobistas con acceso a los despachos de la Rosada.

Tras una serie más que considerable de gestos desde la Nación, y pese a resistir y defender su decisión, Jaque entendió que su única manera de reestablecer el diálogo con Cristina era concluir su alianza con los demócratas. Así lo hizo y la luz de la ilusión pudo seguir brillando al final del camino. Sin embargo, la presencia de Cobos siguió inquietando a los jaquistas: el oficial era él, Jaque seguía siendo el otro.

Es más, hasta se construyó una relación que mucho tuvo de recelo y de complejo para con el vicepresidente, a quien se le echó la culpa del estado en que había dejado la provincia. Sin embargo, el alud que significó el rechazo del proyecto oficial de retenciones móviles en el Senado parece haber puesto las cosas en el lugar de un nuevo equilibrio.

Por esos días Jaque decidió apostar toda su suerte al gobierno nacional. Razonó que sus posibilidades de supervivencia, en medio de una gestión llena de problemas y en la que la interna estaba empezando a meter la cola, sólo podía salvarse convirtiéndose en un apéndice las decisiones presidenciales.

Lo hizo de esta manera y durante el conflicto con el campo cumplió al pie de la letra todas y cada una de las pautas de la liturgia kirchnerista. Asistió a los actos, condenó a justos y pecadores, y dio muestras de incondicionalidad en horas extremas.

Ante tal prueba de amor y con el desplante público de Cobos, la pareja se dio cuenta que ahora sí, y como en las novelas, ya no hay obstáculos entre los dos. Urgidos ambos por las necesidades, Cristina en su afán por recuperar el terreno y el carisma perdido; y Jaque, acorralado por las críticas que ya no son tanto de afuera sino también de adentro, se selló un nuevo pacto cuya escenificación se vivió el jueves en el Auditorio Bustelo.

Así lo vive el gobierno provincial, que exultante tras la visita de la presidenta, cree no con una cierta dosis de ingenuidad que lo sucedido es un “relanzamiento”. Algo que sin dudas es mucho más que unos cuantos discursos, halagos y anuncios. Relanzar significa una profunda reconversión de la gestión, modificando rumbos y objetivos (hasta personas), que no parece ser lo que aquí ha pasado.

Asimismo, el destierro civil al que se ha condenado a Cobos facilitará la relación con la Nación, pero también quitará del horizonte sus posibles excusas ante dilaciones o problemas. Ya que en esta carrera alocada cada cual atiende su juego y que el duda pierde. Los soldados caídos de Cobos bien pueden ser reemplazados por los de Jaque, como es caso de Guillermo García en el INV, y más tarde por otro, lo que demuestra que en realidad las justificaciones ideológicas son para la tribuna y que la lógica del poder no es más que pragmatismo absoluto.

Mientras este idilio se desarrolla, crece o se desvanece, nadie puede asegurar que esta vez sea la vencida. Por el contrario, todo parece indicar que la dinámica que ha asumido la puja política nacional tras el voto del Senado, no sólo ha adelantado los tiempos, sino que también ha producido justamente esto que marcamos: nuevos alineamientos en un mapa que todavía está incompleto.

Por ahora, el paraguas de Cristina alcanza para contener de manera más homogénea a legisladores e intendentes del PJ que siempre recelaron de Cobos, y por eso no se fueron con él a la Concertación. Sin embargo, esa coherencia al menos partidaria, no significa un escudo ante los ataques, ni un antídoto para las heridas. En especial, los agujeros que producen la cotidianeidad y sus dificultades, a veces inasibles para algunos funcionarios.

Mientras este cerrar filas peronista sigue demonizando a Cobos y poniendo los problemas en el afuera, se olvida de todos los de su misma condición que votaron igual que el vicepresidente, hundiendo así la nave insignia de un gobierno que se reacomoda e intenta dialogar pero cuyas chances con las mayorías de los sectores medios urbanos parece difícil de recuperar, al menos hoy.

De la suerte de este armado, que no deja de considerar una nueva Concertación sin Cobos, y el desenvolvimiento de muchos indicadores macroeconómicos que hoy preocupan más que las traiciones o las lealtades, será también la suerte del gobierno de Jaque, que sigue llenando el espacio de símbolos pero olvida que son los hechos de los hombres los que gobiernan y seducen. A una relación puede llegarse con piropos, pero difícilmente se la pueda mantener sólo con eso.

Ya sin menage a trois a la vista, el escenario parece ser distinto y sin rivales que disputen corazones contrariados. Habrá que ver entonces cómo evoluciona el romance: con la armonía de los nuevos novios, o con la imperecedera sensación de que los amores rara vez son para toda la vida.