Opinión
La caída del dictador paquistaní
Casi una década de poder total acaba de terminar en Pakistán, donde el general Pervez Musharraf ha renunciado para evitar un juicio político. La crisis y el futuro de país con arsenales nucleares y ultraislamistas en pie de guerra.
El vencido de hace nueve años es el vencedor de hoy. El derrotado es Pervez Musharraf, el general que durante casi una década encabezó una dictadura militar con maquillaje institucional. Una historia tan paradojal como el propio Pakistán. Al fin de cuentas, el dictador que acaba de renunciar para eludir un juicio político que de todos modos lo destituiría, se mantuvo en el poder en estos años porque contó con el respaldo de la mayoría de los paquistaníes, y su dimisión es la consecuencia de la pérdida de ese respaldo.

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Quien acorraló al general Musharraf hasta sacarlo del poder, fue Nawaz Sharif. La historia de ambos está ligada a un conflicto armado. En 1998, cubriendo la retaguardia de las guerrillas separatistas de Cachemira, el ejército paquistaní incursionó en Kargil, una región del Himalaya que India y Paquistaní disputan desde la partición de 1947, pero que siempre estuvo bajo soberanía india.
Sharif era el primer ministro y Musharraf era el jefe del ejército durante aquella ofensiva, la más grande sin contar las tres guerras indo-paquistaníes. Una ola de nacionalismo inundó al pueblo paquistaní, siempre convencido de que la Cachemira debe ser parte de Pakistán y no lo es porque, al finalizar el colonialismo británico, un marajá hindú de Srinagar gravitó sobre Londres logrando que el mapa dejara bajo el Estado indio esa región poblada de musulmanes.
La sensación general era que el ejército indio no estaba en condiciones de reconquistar Kargil. Por eso Nueva Delhi recurrió a la política y presionó a Washington para que presionara a Islamabad.
Así lo hizo Bill Clinton, y con tanta intensidad que el primer ministro decidió ordenar el repliegue del ejército; orden que a regañadientes Musharraf cumplió. Pero cuando Sharif intentó culparlo por el fracaso final de lo que era una exitosa ofensiva, el general lo derrocó con todo el apoyo de la oficialidad y de una mayoría de paquistaníes con el orgullo nacional herido.
De acuerdo con el origen de su dictadura, Musharraf debió ser un gobernante díscolo frente a los Estados Unidos. Sin embargo, fue exactamente lo contrario. Pero la popularidad que inicialmente le dio el nacionalismo herido, cambió de eje y se acrecentó por la decisión de Musharraf de combatir abiertamente el ultraislamismo y sus organizaciones terroristas.
El fundamentalismo se extendía velozmente, sobre todo en el mayoritario pueblo pashtún, una etnia que se extiende entre Pakistán y Afganistán y de la cual surgió el régimen talibán, que encabezó el emir Omar en Kandahar con Al-Qaeda como poder detrás del trono.
El dictador puso Pakistán al servicio de la OTAN en su ofensiva contra los talibanes, al tiempo que lanzaba su cruzada interna contra los ultraislamistas, pero el Waziristán se convertía en el bastión de Amir Baitulá Mehsud
En esa región del Oeste paquistaní, Mehsud legó a ser llamado “el comandante de los fieles” y puso su milicia, el Tehrik i Talibán, a proteger a Bin Laden y a Aymán al Zawahiri.
¿Musharraf combatió realmente al jeque terrorista de Waziristán, o lo utilizó para sus propios fines? Una de las tantas preguntas sin respuesta que deja la dictadura del general. Quizá tampoco quedará claro si el científico Abdel Khader Khan actuó por cuenta propia al vender secretos nucleares a los ayatolas iraníes y al lunático régimen norcoreano.
Otra pregunta sin respuesta tiene que ver con la muerte de Benazir Butho: ¿El ISI y la Mujabarát (servicios de inteligencia) fracasaron en la protección de la imprudente líder opositora? ¿O se confabularon con los fundamentalistas que la odiaban por ser ella visceralmente secular, dejando que se produzca el magnicidio?
Pakistán es y será un país de paradojas. Lo fundó Mohamed Jinnah y su Liga de los Musulmanes. A renglón seguido lo secularizó Zulficar Alí Butho y su Partido Popular del Pakistán (PPP). Entonces llegó la dictadura islamista de Mohamed Zia Ul Haq, que ejecutó a Butho en la horca e impulsó el fundamentalismo, pero se convirtió en aliado de los Estados Unidos.
Después vinieron los dos gobiernos de la hija del líder laicista ejecutado, las denuncias por corrupción y la caída del gobierno del PPP. Entonces volvió al poder la Liga Musulmana, liderada por Sharif, desembocando en el golpe por el conflicto militar en Kargil. Y esta larga dictadura que mandó al exilio a Benazir Butho y a Nawaz Sharif.
Fue la presión norteamericana, quizá motivada en una falta de confianza hacia el ambiguo dictador, lo que logró que Musharraf negociara con Sharif y Butho el fin del exilio de ambos y la democratización, a cambio de su posibilidad de ser ratificado por el parlamento en la presidencia.
Basándose en la constitución, Sharif y Butho exigieron que Musharraf abandone la jefatura del ejército para continuar el la presidencia, pero el general tiene demasiados enemigos internos y externos como para confiar en su suerte una vez que ya no controle el ejército y el ISI.
El titular de la Corte Suprema, Iftijar Chaudri, se pronunció en el mismo sentido que Butho y Sharif, entonces el dictador decapitó el Poder Judicial y nombró a Abdul Hamid Dogar, un incondicional suyo, haciendo estallar una rebelión de los abogados a la que sofocó con ley marcial, represión y masivas detenciones.
Era el comienzo del fin. Tanto Estados Unidos como sus opositores le habían dado la oportunidad de democratizar su régimen y su poder, pero Musharraf la derrochó en esa locura persecutoria que lanzó contra jueces y abogados. Y por aquel estropicio es que el parlamento estaba a punto de hacerle juicio político, razón por la cual decidió renunciar.
La pregunta es si la alianza entre el partido de Nawaz Sharif y el de Benazir Butho, cuyo liderazgo heredaron el viudo y el hijo mayor de la dirigente asesinada, se mantendrá ahora que el enemigo común ha sido derrotado.
De acuerdo con el origen de su dictadura, Musharraf debió ser un gobernante díscolo frente a los Estados Unidos. Sin embargo, fue exactamente lo contrario. Pero la popularidad que inicialmente le dio el nacionalismo herido, cambió de eje y se acrecentó por la decisión de Musharraf de combatir abiertamente el ultraislamismo y sus organizaciones terroristas.
El fundamentalismo se extendía velozmente, sobre todo en el mayoritario pueblo pashtún, una etnia que se extiende entre Pakistán y Afganistán y de la cual surgió el régimen talibán, que encabezó el emir Omar en Kandahar con Al-Qaeda como poder detrás del trono.
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Pakistán es y será un país de paradojas. Lo fundó Mohamed Jinnah y su Liga de los Musulmanes. A renglón seguido lo secularizó Zulficar Alí Butho y su Partido Popular del Pakistán (PPP). Entonces llegó la dictadura islamista de Mohamed Zia Ul Haq, que ejecutó a Butho en la horca e impulsó el fundamentalismo, pero se convirtió en aliado de los Estados Unidos.
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Basándose en la constitución, Sharif y Butho exigieron que Musharraf abandone la jefatura del ejército para continuar el la presidencia, pero el general tiene demasiados enemigos internos y externos como para confiar en su suerte una vez que ya no controle el ejército y el ISI.
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Era el comienzo del fin. Tanto Estados Unidos como sus opositores le habían dado la oportunidad de democratizar su régimen y su poder, pero Musharraf la derrochó en esa locura persecutoria que lanzó contra jueces y abogados. Y por aquel estropicio es que el parlamento estaba a punto de hacerle juicio político, razón por la cual decidió renunciar.
La pregunta es si la alianza entre el partido de Nawaz Sharif y el de Benazir Butho, cuyo liderazgo heredaron el viudo y el hijo mayor de la dirigente asesinada, se mantendrá ahora que el enemigo común ha sido derrotado.