Opinión
La aplastante e implacable victoria rusa
La brutalidad de la respuesta rusa no atempera la brutalidad que la provocó. Georgia atacó a Osetia del Sur con lanzaderas múltiples apuntadas a Tsjinvali, la capital de esa provincia separatista.

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Es cierto que las milicias sur-osetias llevaban meses provocando a Tiflis, pero la utilización de ese tipo de artillería no sirve para realizar ataques quirúrgicos sobre blancos específicamente militares, sino para provocar devastación en extensas áreas pobladas por civiles.
El gobierno georgiano debe al mundo dos explicaciones: la primera, por qué sepultó sin previo aviso el acuerdo de paz vigente desde que los por entonces presidentes de Rusia y Georgia, Boris Yeltsin y Eduard Shevardnadze, frenaron el conflicto en Abjasia y Osetia a mediados de los noventa. La segunda, por qué lanzó una “blitzkrieg” (lightning war o guerra relámpago) realizando un ataque que, inexorablemente, implicaría un aniquilamiento de civiles.
Al anunciar junto a Nicolás Sarkozy la aceptación de las duras condiciones rusas a un alto el fuego, el presidente georgiano Mijail Saakashvili, demostró alternando un perfecto francés con un perfectísimo inglés, la sólida de preparación que lo caracteriza.
Nacido en una familia de profesionales cultos y refinados, Saakashvili logró su título de abogado a los 24 años, con notas sobresalientes en la Universidad de Kiev, Ucrania, y luego se radicó en Estados Unidos donde juntó diplomas de universidades prestigiosas como Columbia y George Washington, adjuntando un doctorado en Estrasburgo antes de regresar a su país caucásico.
Fue el joven ministro estrella del gobierno de Eduard Shevardnadze, que volvió a la buena relación con Rusia que había deteriorado peligrosamente el presidente nacionalista Zviad Gamsajurdia.
Moscú odia visceralmente a Saakashvili desde que, en un salto acrobático, abandonó a Schevardnadze y se embanderó con la “revolución de las rosas”, ese movimiento democratizador y occidentalista (ergo anti-ruso) que terminó sacando de la presidencia a quien había sido el último canciller soviético.
Es cierto que, como ministro de Relaciones Exteriores de Mijail Gorbachov, Shevardnadze había sido un pilar de las reformas y aperturas que desmantelaron el totalitarismo, además del ideólogo de la “desidelogización de la política exterior soviética”, lo que desembocó en el final de la Confrontación Este-Oeste, o Guerra Fría.
Pero también es cierto que en Georgia se atornilló a la presidencia y actuó de manera exageradamente dócil con el Kremlin, volviéndose autoritario en la medida en que crecía el descontento popular y el nacionalismo anti-ruso que desembocaron en la “revolución de las rosas”.
Saakashvili se convirtió entonces en el joven presidente que llevaría la nave georgiana hacia Europa, convirtiéndola en parte de la flota de la OTAN. Planificó ese viraje con el liderazgo de la “revolución naranja” en Ucrania, el otro país donde el mayoritario sentimiento anti-ruso genera tensiones graves con Moscú.
El rostro del presidente ucraniano Víctor Yuschenko, deformado por venenos elaborados en secretos laboratorios rusos, prueba de lo que es capaz Moscú a la hora de sacarse líderes díscolos de su vecindario.
Por eso Saakashvili se abrazó a los Estados Unidos, enviando a Irak el tercer contingente más numeroso de soldados, después del norteamericano y el británico. Y también por eso suplicó, a coro con el gobierno de Ucrania, el ingreso a la Organización del Tratado del Atlántico Norte.
Esa tensión con el Kremlin es también la razón por la cual, en pocos años, Saakashvili reformó al ejército georgiano, convirtiéndolo en una fuerza pequeña (29 mil efectivos), pero moderna y dotada de sofisticados armamentos.
Los dos puntos vulnerables del territorio georgiano son Abjasia y Osetia del Sur, regiones que se extienden dentro de Rusia y que, tras las guerras separatistas que libraron con armas y bendición rusa a principios de los noventa, constituían enclaves que, en los hechos, estaban independizados de Georgia.
Joseph Stalin, el único georgiano que gobernó la Unión Soviética, favoreció territorialmente a su patria chica dejando bajo su soberanía la mitad de Abjasia y de Osetia, aunque concediéndoles autonomía.
Gamsajurdia encendió el conflicto al abolir esas autonomías en el primer año de la Georgia pos-soviética.
Hay un claro paralelo con Yugoslavia. El mariscal Tito, que venció a los ustachas pro-nazis del fascista Ante Pavelic con partisanos en su mayoría serbios, a la hora de armar la Yugoslavia comunista dejó el eje del poder en Serbia, pero en los mapas internos de la federación puso territorios serbios dentro de Croacia (la Krajina) y de Bosnia (Pale), dejando en manos serbias Kosovo y Vojvodina, pero con amplísimas autonomías.
La guerra de desintegración de Yugoslavia comenzó cuando Slobodan Milosevic suprimió la autonomía de los kosovares. Y Zviad Gamsajurdia fue el Milosevic de Georgia, cuya tarea procuró cumplir Saakashvili, desatando esta guerra en la que Rusia aplastó al ejército georgiano en sólo cinco días, robando a los israelíes el record conquistado en la guerra de 1967.
En los últimos meses, los gigantescos aviones Antonov descargaron incesantemente divisiones blindadas en el Cáucaso. Sin embargo, a Georgia lo tomó por sorpresa la inmediata y abrumadora respuesta militar rusa a su ataque contra Tsjinvali.
¿Cómo pudo calcular tan mal un gobernante tan preparado y brillante como Saakashvili? ¿Por qué esperaba una victoria fácil en lo que finalmente resultó una abrumadora y humillante derrota?
Hipótesis uno: Estados Unidos usó a Saakashvili para probar la reactividad de Rusia en su periferia inmediata, de un modo similar al de quienes envían niños a caminar por un campo minado para los estallidos le indiquen por donde no deben cruzarlo.
En esta hipótesis, el error de Saakashvili fue pensar que realmente la OTAN entraría en guerra con la gigantesca Rusia para salvar a Georgia, o que Europa no se inclinaría ante Moscú a la hora de preservar los oleoductos y gasoductos que salen de Azerbaiján y atraviesan Osetia en su camino a las capitales europeas.
Hipótesis dos: fue Rusia la que engañó con señales falsas al presidente georgiano. Un doble juego de provocaciones de los separatistas sur-osetios y gestos de distracción de Moscú, sumados a la estúpida idea de que los rusos estarían demasiado concentrados en el desempeño de sus atletas olímpicos en Beijing y la tradición (muy vulnerada) de las treguas por Olimpíadas, convenció a Saakashvili de que era el momento de emprender la reconquista del control georgiano sobre Osetia del Sur.
A favor de esta segunda hipótesis juega un hecho contundente: las fuerzas rusas reaccionaron demasiado rápido, con demasiada eficacia y fueron demasiado aplastante en un tiempo demasiado breve como para no desmentir que hayan sido tomadas por sorpresa.