Opinión
Salto olímpico en la historia china
Mostraron una credencial impactante. Querían anonadar y lo lograron. Pero no de cualquier modo. La ceremonia inaugural, lujosa portada del pasaporte para ingresar de lleno en el mundo y, a la vez, para abrir sus propias puertas para que ingrese el mundo, contuvo las letras que componen un mensaje de grandezas. China exhibió los signos de su historia y de sus rasgos que la acreditan como una potencia imprescindible en el mundo del siglo 21.
La cantidad en dimensiones oceánicas, la sincronía de alta precisión, la mitología y las leyendas ancestrales, acompañaron al protagonista principal: el fuego.
No en todas las latitudes del planeta los fuegos artificiales significan lo que significa en China. Cuando los chinos colman el cielo de luces y colores con la excelencia con que lo hicieron en Beijing, le están recordando al resto de la humanidad que ellos inventaron la pólvora. Lo que equivale a decir que, mientras grandes imperios como el de Roma diseminaban por el mapa sus imponentes centuriones, los ejércitos de los antiguos emperadores y mandarines ya usaban armas de fuego que, en la otra mitad del mundo, fueron inventadas muchos siglos después.
El alto impacto, al que colaboran también las postales de Beijing y Shangai con sus modernos rascacielos, completa un mensaje que porta una exigencia: ahora que puso fin a un siglo de convulsiones y ensimismamiento, y frente a los logros que exhibe como carta de presentación, el mundo debe aceptar a China tal como es.
¿Y cómo es? Una economía que combina apertura y dirigismo, alimentada a capitalismo y orientada desde un Estado estratega con gobierno fuerte. ¿La contraindicación de esta fórmula tan vigorosa y efectiva? Una notable debilidad de las libertades públicas e individuales y la total ausencia de pluralismo político y religioso.
¿Alguna contraindicación más? La persecución religiosa que padecen los adherentes al Falung Gong, la ocupación represiva del Tíbet con la licuación de su cultura y su budismo theravada, y la persecución del islamismo de los uigures, el pueblo de raza indoeuropea y lengua turcomana que habita Xingiang y que denuncia la discriminación de los han, la etnia mayoritaria en China.
Pero el llamado chino a ser comprendida desde su historia es atendible. A la política de la última centuria la moldeó el humillante final del siglo 19 y la convulsiva primera década del 20. Cómo no iba a marcar traumáticamente a los hijos del Imperio Celeste, de las dinastías Qing, Yuang y Ming, y de los vastos y victoriosos ejércitos ching, esos años de dominación extranjera y de gobiernos títeres de las capitales europeas.
Ante la ineficacia y pasividad de la emperatriz Tse-Hi, los japoneses se apoderaron de Manchuria convirtiéndola en la provincia ultramarina del Manchuqúo y, a renglón seguido, Alemania anexionó Chingtao y Gran Bretaña Weihai.
Por eso el siglo 20 amaneció con la rebelión bóxer, el levantamiento armado de la organización nacionalista nacida en Chantung con su milicia Yi He Luang (puños de justicia y concordia), cuyos combatientes estaban adiestrados en un arte marcial sagrado, se habían lanzado a eliminar diplomáticos asesinando al embajador alemán, sitiando las embajadas y atacando las empresas extranjeras.
La venganza del káiser Guillermo II por la muerte del embajador Von Kettler, implicó la creación de un ejército multinacional de ocupación al que aportaron efectivos los ingleses, los rusos, los franceses y los japoneses, además por cierto de Alemania.
Pocas cosas duelen tanto en la historia del gigante asiático como la entrada en Pekín del mariscal Von Waldersee y la firma del acuerdo de Yang-tsé, por el cual las potencias extranjeras triunfantes manearon la economía china. Aquellos acontecimientos iniciaron el declive de la monarquía, finalmente abolida por la revolución republicana que triunfó en 1912 bajo el liderazgo del nacionalista Sun Yat-sen.
El camino de la república seguiría bordeando el centro del mundo, en lugar de lanzarse hacia él. Esa sociedad campesina y feudal agudizó hasta tal punto sus contradicciones de clase, que la fractura y la guerra civil serían inevitables. Pero la demoró la humillación que implicaba la ocupación japonesa de Manchuria. Hasta echar al último soldado del ejército nipón, los comunistas de Mao Tse-tung y Chou En-lai pelearon codo a codo contra el ejército del gobierno liderado por Chiang Kai-shek y el partido nacionalista surgido de la revolución de Sun Yat-sen en 1912.
Finalmente vino la confrontación interna, el triunfo comunista en el continente y el atrincheramiento del Kuomingtan en Taiwán; la guerra fría entre las dos chinas y el endurecimiento de un régimen que con la “revolución cultural” se zambulló en el totalitarismo.
Deng Xiaoping y Zaho Ziyang, dirigentes que habían sido víctimas de aquella purga con cacería de brujas, iniciaron tras la muerte de Mao y la caída del llamado Grupo de los Cuatro, que encabezaba la viuda del líder comunista, el proceso de apertura económica y política.
Pero en la rebelión de los estudiantes de fines de los ochenta, el viejo líder reformista optó por mantener la economía abierta cerrando brutalmente la política. Por eso ordenó al duro y ortodoxo Li Peng que enviará los tanques a Tiananmen (la plaza de la Paz Celestial), iniciando una masacre cuyo número de víctimas quedará por siempre en el misterio.
Al menos así será si el gobierno chino logra lo que pretende del mundo: la aceptación de su vigoroso capitalismo heterodoxo guiado por un sistema autoritario y cerrado, en manos de la nomenclatura del partido de Mao y Chou En-lai.
Y también una política exterior controvertida por apoyar personajes como Omar Ahmed al Bashir, el líder sudanés que está exterminando a los pueblos bantúes de Darfur. Aunque en este tema ninguna potencia occidental puede tirar la primera piedra.