El martirio de elegir un vino
Llega un etapa de la vida en la que uno anda por ahí con la curiosidad a cuestas y dos o tres preceptitos en los que se refugia para pasarla mejor. En mi caso, uno de ellos, es la valoración de lo genuino, de lo que aparece sin dobleces, eso que si me apuran podría llamar coherencia. Ojo, esto nada tiene que ver con el lujo, con lo estructurado, o con preceptos que se buscan obsesivamente. La coherencia tiene la simple expresión de una mirada franca acompañando a una sonrisa llena de ternura. Sin darme cuenta, esta valoración de congruencias se ha filtrado en mi forma de ver la vida hasta en las cosas mas cotidianas.
Ya se, muchos dueños de restaurantes me van a decir: con lo que cuesta imprimir, con lo que cuesta un stock de vinos, y ¿qué hacemos con los que se discontinúan? La respuesta es una sola, apuesten, sorprendan, jueguen, vivan, alegren, allanen, todo lo que un comensal espera de un lugar al que va para ser "restaurado" de su día de trabajo, de su discusión familiar, del desengaño, de lo amargo que significa el desamor (a mi me sabe a semilla de limón).
Como comensales debemos exigir que una carta responda muchas de las preguntas que podríamos hacernos (recordemos que la gran mayoría de los restaurantes no tienen sommelier), que el momento de la selección de un vino sea una fiesta y no el embole intergaláctico que es habitualmente.
La coherencia, ese reducto cálido y magnético, esa sensación de que todo fluye como el río de Heráclito, que nada es lo mismo siempre, esa mirada tierna que acompaña a una sonrisa franca, eso espero de la carta de vinos de un restaurante...
Abrazos a Federica que inspiró este disléxico discurso, Salú!
Posdatas:
- Mi desprecio a los restaurantes que marcan fuerte los vinos y no entienden que mientras más vino tome una mesa más felices se van los restaurados.
- Mi maldición a los restaurantes que cobran "tarifa" por usar una copa mejor.
- Mi simple enojo a los restaurantes que no mantienen los vinos a temperatura y cuando pedís una frapera te miran con mala cara.
- Mis bendiciones a los sommeliers que luchan día a día con dueños de restaurantes poco sensibles.
Tuve un sueño: llegaba a un buen lugar en el que los camareros sonreían, me decían estás en Mendoza donde el vino es una fiesta y me encontraba de frente con una pizarra que decía: "hoy es un día perfecto para empezar tu cena con una copa de rosé bien frío". Chau
