Notas
Nebraska
Si hay algo que Alexander Payne sabe bien es captar las miserias y las bondades de sus personajes, como así también los matices de las relaciones humanas, siempre logrando el justo equilibrio entre cinismo y humanismo. En Election (1999) nos mostó a todo lo que estaba dispuesta una rubiecita trepadora (Reese Witherspoon en el mejor papel de su carrera, lejos) con tal de llegar a dirigir el centro de estudiantes de su secundario y, sobre todo, cómo tenía que sobrevivir a esta situación Matthew Broderick, su enemigo y profesor. Con Las confesiones del Sr. Schmidt (2002) se ocupó de las complicaciones de la vejez y la decadencia del estadounidense promedio a través del retrato de Warren Schmidt (Jack Nicholson), un jubilado que emprendía un viaje a Colorado para impedir la boda de su hija. El nivel de cinismo bajó un poco en sus películas siguientes ( Entre Copas, 2004 y Los descendientes, 2011), concentradas en narrar, cada una a su modo, la crisis de la mediana edad.
Ya sean sobre adolescentes trepadoras, cuarentones en crisis, o viejos tratando de entender lo que es la vejez, todas sus películas tienen en común que se tratan, más que nada, de“momentos”. Momentos cruciales en los que sus protagonistas llegan a un punto de inflexión en su vida y tienen que cuestionarse tanto por su identidad como por la de aquellos que los rodean. Aunque podríamos decir casi todas. O todas hasta Nebraska. En Nebraska el “momento” ( si es que alguna vez hubo alguno) ya pasó. Ahí está el blanco y negro para comprobarlo. Y lo que queda es la nostalgia. Una nostalgia profunda que ocupa cada plano y línea de diálogo del film.
El viejo Woody (Bruce Dern, padre de Laura y actor frustrado de films psicodélicos de los 60s, nominado al Oscar por este papel) tiene demencia senil, es alcohólico, veterano de Corea y cree al pie de la letra todo lo que la gente le dice. Cuando recibe una carta (material publicitario de una revista ) que asegura que ganó un millón de dólares, no duda en ir a cobrarlos, aunque eso implique llegar hasta Nebraska (Lincoln), y atravesar 1.500 km . Su hijo menor, David (Will Forte) es el único dispuesto a acompañarlo. Y lo hace porque es más difícil explicarle que lo que pretende es imposible que otra cosa. Pero camino a Nebraska hacen una parada por el fin de semana en Hawthorne, pueblo donde nació y se crió Woody.
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Su esposa Kate (June Squibbs, otro hallazgo de Payne) y su hijo mayor Ross (Bob Odenkirk) -ambos muy partidarios de internar a Woody en un geriátrico- también terminan el fin de semana ahí, dando lugar a un evento familiar bastante fuera de lo común, en el que los enfrentamientos por dinero y viejas deudas con la familia pueblerina de Woody no tardarán en salir a la luz.
La gente de Hawthorne es bastante despreciable y lo único que quiere es ver si consigue una tajada del supuesto premio. En este sentido, a pesar de que a veces sea desagradable, Kate es la única que dice las palabras duras que todos necesitan oír.
Con todos estos componentes (familiares que no se ven hace mucho, recordatorio de viejos amores y viejas deudas pendientes) es imposible que esta película no sea pura y exclusivamente sobre la nostalgia. En una escena reveladora, en la que Woody y sus hijos visitan la casa de su infancia, David le pregunta: “¿Alguna vez quisiste tener una granja como tu papá?” La respuesta de Woody es demoledora: “No lo recuerdo. Y no importa”. Porque a esa altura de la vida, lo que importa es otra cosa. Lo que importa es “dejar algo”. Y Woody, a pesar de su demencia senil y su estado de ebriedad constante, lo sabe. Es ese el motivo por el cual quiere cobrar esa plata inexistente: quiere dejarles “algo” a sus hijos. Y, gracias a esa confesión, toda la simpática indiferencia con la que mirábamos a ese viejo extraño y medio loco se convierte en ternura y entendimiento. Es ahí, en esos pequeños momentos donde el cine de Payne brilla.
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Si bien este guión no es suyo, el director admitió que parece escrito por él. Y es que además de ser humanista y cínico a la vez (lujo que no muchos se pueden dar) transcurre en el pueblo donde Payne se crió. No es de extrañar entonces que hasta el bar más decadente (karaoke incluido) obtenga un nuevo matiz bajo la lente de este director. Es lo que también pasa con sus personajes: parecen simples y hasta un poco oxidados, pero solo hay que mirar un poco mejor para darse cuenta que son como nosotros. Mejor dicho: son mejores que nosotros. Y Nebraska lo deja claro.

