Notas
Los acreditados, reflexiones en torno a la BAFW
¿Qué lugar ocupa Buenos Aires respecto al mundo Fashion Week, mejor dicho respecto a la marca global FW?
“Acreditado”, aquí, tiene dos sentidos. Uno literal: tener una credencial habilitante que indica una posición, un rango y delimita nuestras posibilidades y atribuciones; otro simbólico, basada en la anterior y fundamentándola, que nos dota de “crédito” para poner en marcha enunciados que afectan en menor o mayor medida, la producción de sentido al interior del sistema de la moda.
La fantasía destructiva
Podríamos haber incendiado todo al terminar, esperar que ardiera y recién festejar. El fin de la BAFW, el fin del verano en la moda, el inicio de la nueva temporada, de la nueva belleza. Fundamentalmente tuvo el carácter melancólico de una despedida; despedimos el verano, dimos por cerrado su ciclo por unos meses y lo invitamos a irse por la puerta del olvido –directamente vinculado con sensaciones físicas. Nos adelantamos a recibir un otoño/invierno que no se avecina del todo, aunque se acerca. Durante estos días intentamos abrazar la novedad. Pero todo lo nuevo parecía un “ya visto”, una trampa. ¿Donde posicionarse, entonces? ¿Entregarnos a disfrutar de una feria, con desfiles, chicos y chicas lindas, un pequeño mundo de fantasía y licencia, o invitarnos a reflexionar sobre los modos de producir moda en nuestro país? ¿Qué lugar ocupa nuestra BAFW respecto al mundo Fashion Week, mejor dicho respecto a la marca global FW?
En la moda tenemos un instinto gregario que levemente supera al gregarismo primitivo; nos reímos, nos experimentamos, nos coqueteamos; sentimos vivir algo que todos ansiamos y nos gusta estar ahí. Los bloggers moviéndose la cola entre ellos; las editoras paleozoicas gastando la fortuna de su prestigio. Algunos bloggers compartían las ventajas de ambos mundos, hay que reconocer. De todos modos en algún punto todos disfrutamos el juego de hacernos los apurados y correr a devorar las tendencias que anticipaban los desfiles. Algunos con más altivez y divismo que otros. Pero esas tendencias no son sino una sola, o las imágenes que al sucederse convergen en un solo y simple recuerdo de lo conocido –lo cual parece más un rememorar. La tendencia que se pretendía no era sino una emboscada de lo existente. Todo lo visto en la BAFW resulta un pasado anterior al evento. Las marcas pudieron mostrar lo que tienen, que tenían antes de que llegáramos y que también conocíamos, motivados por nuestra curiosidad, por nuestra necesidad de saber. “La voluntad de saber” como un título de Foucault. Si acaso todo es fantasía, o una vil mentira, quememos lo que queda de nosotros con los espejos de colores.
BAFW ¿para qué?
Lo caótico, lo verdaderamente fugaz, un circo de belleza pegajosa, un encadenamiento de estímulos eróticos, un hedonismo fatal. La BAFW nos consumía las energías para revivir al día siguiente con las mismas mañas y colores; esperando más de lo mismo, sonriendo, hablando por lo bajo e intentando consumir nuevamente nuestra vitalidad para volver a nacer cada día. Así durante cuatro jornadas, para finalmente llamarse a silencio seis meses. Entonces, sin saber qué nos hubo ocurrido en el lapso de “latencia”, nos arrastrará la misma fraternidad y cambiaremos fotos, videos, palabras y comentarios, enunciados, sentencias, críticas, o nos iremos en elogios. ¿Pero qué es una FW? ¿Una reunión “nuestra”? Digo de seres con cierta pasión organizada como conocimiento. ¿Una reunión de los “popes” de la industria? ¿Un sistema de publicidad gigante, un evento maldito, una canallada más de la industria para estimular el consumo, una tontería? ¿La muestra del pobre espíritu de la industria argentina? Vivimos al día. La moda argentina vive al día. Y nosotros, los accesorios, los descartables, los opinólogos, los fanáticos que podemos decir qué nos gusta y qué no, con la magia de ser escuchados, nos apropiamos de un evento que debería ser motor de una industria millonaria. Nosotros, los accesorios, nos adueñamos de la BAFW para sentir que venimos a poner voz a lo que los diseñadores “dicen” y el cuerpo a lo que los diseñadores “hacen”. Al mismo tiempo es una reunión para que el público minorista, del menudeo, se sienta parte de una industria que no los contempla como sujetos autónomos sino en tanto consumidores. Pero lo paradójico es que el público que consume la BAFW, probablemente no coincide exactamente con los consumidores de las marcas que se presentan o presentan colecciones. ¿La BAFW será, entonces, un evento en sí mismo? ¿Una invitación a apropiarse de una porción del mundo de los flashes y la belleza? ¿Se habrá elevado sobre la moda como la reunión por excelencia? ¿Será un pan y circo de la moda en Argentina? ¿Será el coqueteo y la función integradora de un sistema exclusivo y excluyente que funciona segregando? ¿Alimentará la fantasía de, por unos días, formar parte del diálogo de una industria de “frivolidad” que genera divinas ansiedades y que finalmente, en la vida cotidiana nos olvida? No nos quedan espejos para mirarnos en los retratos de la BAFW, y no nos queda más que un evento social, una luz al final del túnel que lleva a los sanitarios, un rincón para sentir la libertad de experimentar el lindo gesto de adornar el mundo. El impulso para soñar seis meses.
La teoría del derrame publicitario
Algunos nenes protestaron contra el uso de pieles y no sé qué más. Linda protesta, lindo animarse, valiente actitud. Pero pobres niños torpes, se metieron en un desfile cuyos tejidos eran, o bien sintéticos, o bien un recurso renovable. Estoy de acuerdo y protesto con ellos. Mas pensar que esquilar por lana es crueldad, equivale a salir a denunciar madres por obligar a bañarse a sus hijos. Entonces reflexionamos por el poder publicitario que tiene la BAFW. Porque vale más entrar a un desfile “natural” –con sus lincencias- que pararse en la puerta del mercado de Liniers, en las góndolas de supermercados, en la carnicería del barrio, en los carritos de la costanera y cantar sus demandas. Pero pobres niños “trasgresores”, pobres nenes que terminan siendo unos caprichosos que no saben siquiera dónde entran. Porque si esperaban unos minutos, sobraba el cuero para justificar sus pancartas, cánticos pegadizos y sus slogans “militantes”. Pero pobres nenes, quizás tenían permiso de volver hasta las diez de la noche o quizás se irían a cenar para salir más tarde. Y también hablamos de eso, los “acreditados”. Este es un poco el motivo de mi reflexión -porque lo cotidiano ya lo mostró la amiga Gaba con sus crónicas maravillosas- hablar del sentido social, producido y vehiculizado a instancias de la BAFW, para acercarnos, hacernos converger y conversar, gestar estrategias conjuntas, colaboraciones o simplemente juntarse; la fantasía de inclusión alrededor de un evento; y mostrar cómo se maneja la industria de la moda copada por la virtualidad y en negociación constante con los grandes productores de verdad, al interior del sistema. Las celebridades, su estatus y hermetismo; los fashion 2.0 y su sentido de comunidad, el clan.
Lo caótico, lo verdaderamente fugaz, un circo de belleza pegajosa, un encadenamiento de estímulos eróticos, un hedonismo fatal. La BAFW nos consumía las energías para revivir al día siguiente con las mismas mañas y colores; esperando más de lo mismo, sonriendo, hablando por lo bajo e intentando consumir nuevamente nuestra vitalidad para volver a nacer cada día. Así durante cuatro jornadas, para finalmente llamarse a silencio seis meses. Entonces, sin saber qué nos hubo ocurrido en el lapso de “latencia”, nos arrastrará la misma fraternidad y cambiaremos fotos, videos, palabras y comentarios, enunciados, sentencias, críticas, o nos iremos en elogios. ¿Pero qué es una FW? ¿Una reunión “nuestra”? Digo de seres con cierta pasión organizada como conocimiento. ¿Una reunión de los “popes” de la industria? ¿Un sistema de publicidad gigante, un evento maldito, una canallada más de la industria para estimular el consumo, una tontería? ¿La muestra del pobre espíritu de la industria argentina? Vivimos al día. La moda argentina vive al día. Y nosotros, los accesorios, los descartables, los opinólogos, los fanáticos que podemos decir qué nos gusta y qué no, con la magia de ser escuchados, nos apropiamos de un evento que debería ser motor de una industria millonaria. Nosotros, los accesorios, nos adueñamos de la BAFW para sentir que venimos a poner voz a lo que los diseñadores “dicen” y el cuerpo a lo que los diseñadores “hacen”. Al mismo tiempo es una reunión para que el público minorista, del menudeo, se sienta parte de una industria que no los contempla como sujetos autónomos sino en tanto consumidores. Pero lo paradójico es que el público que consume la BAFW, probablemente no coincide exactamente con los consumidores de las marcas que se presentan o presentan colecciones. ¿La BAFW será, entonces, un evento en sí mismo? ¿Una invitación a apropiarse de una porción del mundo de los flashes y la belleza? ¿Se habrá elevado sobre la moda como la reunión por excelencia? ¿Será un pan y circo de la moda en Argentina? ¿Será el coqueteo y la función integradora de un sistema exclusivo y excluyente que funciona segregando? ¿Alimentará la fantasía de, por unos días, formar parte del diálogo de una industria de “frivolidad” que genera divinas ansiedades y que finalmente, en la vida cotidiana nos olvida? No nos quedan espejos para mirarnos en los retratos de la BAFW, y no nos queda más que un evento social, una luz al final del túnel que lleva a los sanitarios, un rincón para sentir la libertad de experimentar el lindo gesto de adornar el mundo. El impulso para soñar seis meses.
La teoría del derrame publicitario
Algunos nenes protestaron contra el uso de pieles y no sé qué más. Linda protesta, lindo animarse, valiente actitud. Pero pobres niños torpes, se metieron en un desfile cuyos tejidos eran, o bien sintéticos, o bien un recurso renovable. Estoy de acuerdo y protesto con ellos. Mas pensar que esquilar por lana es crueldad, equivale a salir a denunciar madres por obligar a bañarse a sus hijos. Entonces reflexionamos por el poder publicitario que tiene la BAFW. Porque vale más entrar a un desfile “natural” –con sus lincencias- que pararse en la puerta del mercado de Liniers, en las góndolas de supermercados, en la carnicería del barrio, en los carritos de la costanera y cantar sus demandas. Pero pobres niños “trasgresores”, pobres nenes que terminan siendo unos caprichosos que no saben siquiera dónde entran. Porque si esperaban unos minutos, sobraba el cuero para justificar sus pancartas, cánticos pegadizos y sus slogans “militantes”. Pero pobres nenes, quizás tenían permiso de volver hasta las diez de la noche o quizás se irían a cenar para salir más tarde. Y también hablamos de eso, los “acreditados”. Este es un poco el motivo de mi reflexión -porque lo cotidiano ya lo mostró la amiga Gaba con sus crónicas maravillosas- hablar del sentido social, producido y vehiculizado a instancias de la BAFW, para acercarnos, hacernos converger y conversar, gestar estrategias conjuntas, colaboraciones o simplemente juntarse; la fantasía de inclusión alrededor de un evento; y mostrar cómo se maneja la industria de la moda copada por la virtualidad y en negociación constante con los grandes productores de verdad, al interior del sistema. Las celebridades, su estatus y hermetismo; los fashion 2.0 y su sentido de comunidad, el clan.