Notas
Un canario para Don Ramón
En la reivindicación latinoamericana, o la latinoamericanización del discurso latinoamericano, la recuperación de la figura de Don Ramón es una de las mayores justicas históricas. Es la imagen que sintetiza un espíritu latinoamericano, que más que espíritu es una emotividad; la posibilidad de sentirse clandestino o vivir la clandestinidad desde la superficie o la visibilización. Imagen burlona, satírica, infantil, inocente, inofensiva, hasta inocua, de un tipo de desviado particular, marginal del mercado laboral, padre soltero y vivamente fracasado.
Don Ramón nos enternece. Nos identificamos con la decadencia. Aprendimos a vivir en la alegría y en la sombra, peregrinos de las bondades de la teoría del derrame. Nos enternece su triste evasión a la ley, nos enternece que coquetee con la oscuridad, el oscurantismo y la brujería; con lo mítico y la ridiculez. Nos entusiasma verlo perder ante la imagen santificada, idealizada de la madre, aunque igualmente caricaturesca. Verlo girar sobre su eje por caer en el momento inoportuno, por ser de otro tiempo y otro lugar. Por recoger las migas del progreso en el nacimiento de la aldea global.
Nos enternece y nos divierte porque nos permite perdemos en nuestro afán, o necesidad, de no conectar con los sujetos reales, que son él sin serlo, que luego nos interpelan en las aceras; nos enseña sus trucos y la indolencia de la vida urbana nos permite olvidar sin haber mirado, omitir sin borrar con el codo. "Ya dimos" al dar a Don Ramón todo el amor y sonrisas que podíamos dar al mundo. Heroico Don Ramón que aprende a surfear la cornisa, a vivir siempre al día, en la fuga perfecta, la fuga en persona, la maldita fuga de esconderse del deber y la corrección, de poner cara de otro, de dar la mano, mirar a los ojos. La hipocresía la inventaron los otros, Don Ramón la asusta con su fracaso cotidiano en todo lo que exista a su alcance o cuidado.
Todo lo que intenta se rompe, como a muchos nos ocurre. Porque todos fracasamos con él, porque sobrevivimos, porque reducimos la complejidad del mundo para soportar con la televisión prendida y copiar su foto en el cuaderno, en el poster, la revista y el "muro". ¿Y si solo se propuso entretener?, pero al escapar, es recuperable por una posmodernidad que actúa a través de los filtros de humanidad. Donde el contrato social lockeano se vence, los Don Ramones dan batalla, y surgen santificados por la tristeza colectiva, por la euforia.
El profeta de la miseria cotidiana de la clase que nos abraza y existe en todos los sitios donde somos "lo otro". Los gays, las tortas, las travas, lxs trans, lxs intergénero, lxs queer, lxs negrxs, lxs chinxs, lxs latinxs, lxs petisxs, lxs gordxs, las putas, lxs drogadictxs, lxs borrachxs, lxs genixs. Todos escapan –escapamos- como Don Ramón: todxs, todas, todos, todes. Y todxs quedamos afuera. Todxs somos indignos de la belleza del mundo, pero en la estela de nuestra supervivencia cotidiana somos Don Ramón vestido de gala sonriendo para vivir eternamente. Y los malditos dueños del mundo nos roban la imagen de nuestro héroe desviado y la pegan en su cuarto después de un viaje transformador al culo del mundo. Los migrantes del centro que se aventuran a la perifera en busca de la "experiencia" nos roban nuestros santos paganos, nuestros gauchitos giles de pantalla matutina; las roban, las apropias, las colonizan, las tergiversan, las neutralizan y se sienten felices en su desvío desde las capitales del imperio escuchando a Lucho Gatica llorando boleros. Nosotros seguimos escapando, y encontramos los escondites en sus ciudades –o los inventamos- si se nos pasa el tiempo permitido para pasear por el centro, si se nos vence la visa y su sistemas expulsivos nos ilegalizan, nos estigmatizan. Entonces nuestra familia se enternece con Don Ramón porque nos recuerdan con esa amargura de la distancia. Porque a igual distancia que la imagen epistolar que se marea en barcos o se estrella con aviones, mueren los Don Ramón agotados por cargar el peso de los ladrillos de los pisos en París convocando los espíritus chocarreros o aventando su sombrero al piso.