Notas
"El cuerpo ya no" un Sartre autorreferencial
El torpe existencialismo de un Sartre literario a través de Mateo, protagonista en La edad de la razón.
Existe un personaje, en la trilogía Los Caminos de la Libertad de Sartre, que me desespera especialmente: Mateo. Protagonista y antagonista, torpemente existencial, ofrece en el tomo I –la edad de la razón- indicios para desconfiar de una forma de vida que intentará devenir en filosofía.
Mateo es profesor, por momentos lo llaman funcionario. Uno de esos personajes sartreanos odiosos, autorreferenciales, o que generan la impresión de ser autorreferenciales, imaginando cómo debía ser el propio Sartre un día de lluvia. Precisamente deformados por el dicho “sobre llovido, sartreano” y lo dice un existencialista. Porque cada vez que llueve pienso en París, pienso en los ’60, pienso en pipas, puentes y en “la” Sena –porque aunque en Buenos Aires sea el río, en París es “la” rivera. Pienso en ir a escupir sobre la tumba de Hemingway; maldito suicida y su vocación de “clochard” en los años ’20. Tomaría un vuelo directo al East Side neoyorquino para contemplar el retrato de Gertude Stain, por Picasso, que descansa en un pasillo del MET. Despotricaría contra esa vieja torta, por supuesto, y su capacidad de comprar el arte que no podía producir, pero sí acumular. Pero quiero volver rápido a París. Ese París de posguerra que fuma en los cafés y se queda hasta tarde en las tertulias, en plena reconfiguración identitaria y reconstrucción de su memoria colectiva; en plena gestación de los mitos que la harán sobrevivir y educar su futuro; la ciudad que soñaba Audrey Hepburn en Funny Face; la ciudad previa al mayo, efervescente. Aunque la novela a la que me refiero, Los caminos de la libertad I La edad de la razón, se sitúa un par de décadas antes, a finales de los años ’30. París, entonces, se derrumbaba con Europa. Una burguesía desgastada, decadente con la crisis, que sin capital no funciona, es una caricatura de la miseria; una dictadura al Sur y otra al Este. La sangre avanzaba con las máquinas y los trenes, el consumo y el deseo.
El narrador no parece existencialista, no se entrega, describe todo aquello a lo que puede acceder. En la lectura descriptiva de aquel narrador, si lo confundiéramos con el autor, hasta Sartre parecería desconfiar de sus propios valores, ideas o filosofía entera –que todavía estaba en gestación, aún era un pequeño, literal, lector de Husserl. Ese narrador de estilo omnisciente, todopoderoso, que puede, al describir un gesto, descubrir su intención o motivo y penetrar en la última confesión, en la primera línea de fuego, en cada palabra, en cada cambio de ritmo o de paso al caminar; mil aceras que enervan a Mateo, que desnudan su fragilidad, un protagonista cuyo egoísmo, en nombre de la libertad, lo proclama el más caprichoso de los Sartres. Mateo, es el autor con la distancia del que desconfía, es el ridículo del autor que desconfía sobre los límites que la mirada del otro, por el sólo hecho de nombrar o confirmar mi presencia en el mundo, me guioniza y arrebata la posibilidad de existir en el ejercicio de la libertad. Concepto que aquí se debate y pisa la cola. Porque hay dos visiones, la conflictiva de Mateo, y la distante del narrador inconmovible, quizás único ser que alcanza la libertad; lejos está Mateo, que en existir parece conformista y el mundo le quema entre las manos; el mundo es un peligro para mi libertad –paradójica libertad, entonces.
Aquel profesor que hoy inspira esta declaración de guerra, probablemente se hubiera conmovido con la teoría King Kong. Ni academia, ni novela, revelación desde los márgenes. El Mateo de Sartre es un pobre tipo que carga con la idea de producirse como intelectual, pero se trata de un outsider sin elección. Su mundo es más vivido que autoconciencia, en realidad es la toma de conciencia de ser vivido por el mundo y la circunstancia. La pregunta es hasta cuándo. ¿Alguna vez, por fin, podrá decidir sobre su mundo? El mundo se derrumba a su alrededor, en su escape constante a la mirada de los otros; y no puede comprender que la libertad también es relacional, más que un capricho, y la edad de la razón es fracasar en el capricho de tomar por asalto el goce del otro, y en tanto formo parte del lenguaje como otro y soy objeto del goce ajeno. Pero es Mateo es producto de la promesa final del mundo moderno, y cuando las promesas buscan realizarse en la ansiedad de la noche, su generación y madurez se hicieron fuego, fusil, volar; trenes, radios, cines, charlestón, destino; una sola pipa y una sola boca. Con la imaginación llegábamos a cualquier sitio, el cuerpo ya no.